Elena retrocedió hasta que sus piernas chocaron contra el borde del colchón. Su respiración era irregular, sus ojos saltaban de las garras de Mikael a su rostro humano.
—No... —susurró, negando con la cabeza frenéticamente—. Esto es un truco. Me has drogado. Hay algo en el agua del hotel. ¡Estás loco!
Mikael dio un paso hacia ella, pero Elena levantó una mano temblorosa. —¡No te acerques! Si eres... si eres lo que dices... demuéstralo.
Mikael se detuvo. —¿Qué?
—Quiero verlo —desafió Elena, con la voz quebrada por el pánico pero impulsada por una necesidad científica de ver la verdad—. Dices que eres un lobo. Pues hazlo. Transfórmate. Aquí y ahora.
Mikael la miró fijamente. Sabía lo arriesgado que era. La transformación era violenta, aterradora para los humanos. Podría traumatizarla. Pero vio la determinación en sus ojos avellana. Ella necesitaba ver al monstruo para aceptar al hombre.
—No tengas miedo —dijo él, su voz grave—. Fenrir jamás te haría daño.
Mikael cerró los ojos y dejó de