Mundo ficciónIniciar sesiónElena pasó los siguientes veinte minutos revisando cada centímetro de la suite como si fuera una escena del crimen.
Revisó las ventanas: selladas. Revisó la puerta: el registro digital indicaba que nadie había entrado ni salido desde las 9:00 PM de la noche anterior. Revisó debajo de la cama, el armario, incluso el baño.
Nada. Nadie.
—Es imposible —se dijo a sí misma, con la voz temblorosa, mirándose en el espejo del baño.
Se tocó la marca en el cuello. No dolía, pero pulsaba con un calor extraño. ¿Una reacción alérgica? ¿Se había rascado ella misma mientras dormía? Pero la forma... era inconfundiblemente una mordedura. Y la rosa negra sobre la mesa no era una alucinación; sus pétalos congelados goteaban agua sobre la madera.
—Me estoy volviendo loca. El aislamiento, el frío... mi cerebro está colapsando.
Necesitaba salir. Necesitaba ver gente, escuchar ruido, oler café. Necesitaba anclarse a la realidad antes de que el pánico le provocara un ataque de ansiedad. Se vistió con prisa, eligiendo un jersey de cuello alto grueso para ocultar la marca rojiza, se puso sus botas y salió casi corriendo de la cúpula de cristal.
El restaurante principal del complejo, El Fuego del Norte, era un edificio impresionante de troncos y piedra. Al entrar, el olor a pan recién horneado y café tostado la golpeó, calmando un poco sus nervios. Había turistas desayunando, risas, el sonido de cubiertos contra la porcelana. Normalidad. Justo lo que necesitaba.
Elena se sirvió un café negro y unas frutas, y buscó una mesa en una esquina, lejos de las ventanas, queriendo sentirse protegida por las paredes.
No se dio cuenta de que, al entrar, había cruzado una línea invisible.
En el centro del restaurante, sentada en una mesa reservada con la mejor vista, estaba Ingrid. La "Loba de Hielo", como la llamaban en la manada, era la definición de perfección nórdica: alta, rubia, con ojos azules tan pálidos que parecían transparentes. Era la Beta de la manada del Este y, hasta ayer, la futura reina consorte de Mikael.
Ingrid estaba bebiendo un té de hierbas, aburrida, cuando el aire cambió.
Sus fosas nasales se dilataron.
Primero le llegó el olor: Vainilla. Miedo. Y debajo de eso... algo más. Algo que hizo que la taza de porcelana se agrietara en su mano bajo la presión repentina de sus dedos.
Olor a bosque. Olor a almizcle. Olor a Rey.
El aroma de Mikael. Y no era un olor superficial, como un roce casual. Era el olor profundo y pegajoso del sexo y el reclamo.
Ingrid se levantó lentamente. Su silla rasgó el suelo de madera con un chirrido que hizo que varios comensales se giraran, pero ella los ignoró. Sus ojos de depredadora escanearon el salón hasta que se detuvieron en la figura pequeña y morena acurrucada en la esquina.
La humana.
Elena estaba soplando su café, intentando que sus manos dejaran de temblar, cuando una sombra cayó sobre su mesa. Levantó la vista y se encontró con una mujer despampanante que la miraba con una expresión que helaba la sangre.
—¿Está ocupado? —preguntó Elena, confundida por la hostilidad que irradiaba la desconocida.
Ingrid no respondió. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo el espacio personal de Elena. Aspiró profundamente, confirmando su peor pesadilla. La humana apestaba a Mikael. Apestaba a su macho.
—Hueles a él —susurró Ingrid en un inglés con acento cortante.
Elena parpadeó, desconcertada. —¿Perdón? ¿Nos conocemos?
Ingrid ignoró la pregunta. Sus ojos bajaron al cuello de Elena. A pesar del jersey de lana grueso, la loba podía oler la sangre seca y la saliva curativa bajo la tela. Podía sentir la marca pulsando, gritando al mundo que esa mujer era propiedad del Alfa.
Una risa fría y amarga escapó de los labios de Ingrid. —¿Tú? —dijo con desprecio, mirando a Elena de arriba abajo—. ¿Mikael ha esperado ciento ochenta años para... esto?
Elena se sintió pequeña, insultada y asustada a la vez. Dejó la taza en la mesa con fuerza. —Mire, no sé quién es usted, ni de quién me habla, pero le voy a pedir que se aleje.
—No tienes ni idea de en dónde te has metido, ratoncita —siseó Ingrid, apoyando las manos en la mesa. Sus uñas, perfectamente manicuradas, parecieron alargarse por un segundo, arañando el mantel—. Crees que has tenido una noche de suerte en el hotel de lujo. Crees que eres especial.
Ingrid se acercó al oído de Elena. Nadie más en el restaurante podía oírla, pero para Elena, la voz sonó como una sentencia de muerte. —Esa marca en tu cuello no es un regalo. Es una diana. Y yo nunca fallo el tiro.
Elena se llevó la mano instintivamente al cuello, cubriendo la zona bajo el jersey. El corazón le latía tan fuerte que le dolía. «¿Cómo sabe lo de la marca? Nadie la ha visto».
—¿Quién es usted? —preguntó Elena, con un hilo de voz.
Ingrid se enderezó, recuperando su máscara de frialdad aristocrática. —Soy la mujer que va a convertir tu estancia aquí en un infierno, a menos que tomes el próximo vuelo de vuelta a tu patético país.
Antes de que Elena pudiera responder, Ingrid se dio la vuelta, su cabello rubio ondeando como una capa, y salió del restaurante. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo y miró a Elena una última vez. Sus ojos brillaron momentáneamente en un amarillo antinatural.
Elena se quedó paralizada, con el café enfriándose frente a ella.
Su mente lógica intentaba buscar una explicación: "Es una ex novia loca", "Es una acosadora". Pero su instinto, ese que había estado dormido toda su vida bajo capas de tecnología y civilización, le gritaba una verdad diferente:
«Corre. Eres la presa».







