El jardín de la Mansión Berg ya no parecía un jardín finlandés. Parecía un fragmento del Edén transplantado al norte de Europa. Gracias a la colaboración entre los paisajistas de Emma, la tecnología de terraformación de Thorsten y un "pequeño favor" climático de los Antiguos, el clima era de una primavera perpetua, a pesar de que fuera del perímetro de seguridad la nieve cubría Helsinki.
No había sillas de plástico ni carpas blancas genéricas. Había bancos de madera viva, cultivados directamente del suelo por la magia de la Reina Ximena (quien había insistido en decorar como regalo de bodas). Había arcos de flores que brillaban con luz propia al atardecer. Y en el aire flotaban pequeñas esferas de luz dorada, invento de Thorsten, que grababan el evento desde todos los ángulos posibles sin el zumbido molesto de los drones.
Pero lo más impresionante no era la decoración. Eran los invitados.
Por el pasillo central, Arthur Olsen (padre de Stella) conversaba animadamente con el Alfa de la