El sol de la mañana se filtraba entre los árboles del Bosque de los Susurros. El grupo caminaba de regreso a la mansión, todavía en un estado de euforia mística. Emma miraba sus manos, sintiendo el hormigueo residual de la magia de los ancestros. Stella y Thorsten caminaban cogidos de la mano, debatiendo si la aparición de los espectros podía explicarse mediante física cuántica o si debían aceptar la metafísica.
—Ha sido... intenso —admitió Bjorn, rompiendo una ramita con los dedos—. El abuelo Konrad siempre me dio miedo, incluso muerto.
Eirik sonreía, abrazando a Emma por la cintura. —Ya está hecho. Nada se interpone en nuestro camino.
En ese preciso instante, el viento cambió. No fue un cambio gradual. Fue un golpe. El aire cálido y primaveral que rodeaba la mansión desapareció, reemplazado por un viento helado que olía a azufre y sangre vieja. Los pájaros cayeron muertos de los árboles, golpeando la nieve con sonidos secos.
—¿Qué demonios...? —Mikael se detuvo, sus ojos dorados esc