Habían pasado dos semanas desde la llegada de Elena, y la Mansión del Bosque Oscuro ya no era la misma.
Donde antes había guardias haciendo rondas a ciegas en la nieve, ahora había ojos invisibles que lo veían todo.
Elena caminaba por el nuevo "Centro de Operaciones" que había improvisado en la antigua biblioteca del sótano. El lugar zumbaba con el sonido de servidores de última generación y el tecleo frenético de cuatro manos jóvenes.
—¡Leo, Sven! —llamó Elena con autoridad, señalando la pantalla principal—. Tengo una caída de tensión en el sector 4, cerca del río. Ajustad los sensores térmicos. Si un conejo estornuda allí, quiero saberlo.
—¡Enseguida, Luna! —respondieron al unísono dos chicos desgarbados de apenas veinte años.
Leo y Sven eran lobos jóvenes, "omegas" en la jerarquía, que hasta hace dos semanas eran ignorados por los guerreros mayores. Se pasaban el día patrullando los límites aburridos o limpiando las perreras. Pero Elena había visto en sus expedientes que eran fanát