—¡Izquierda! ¡Gira a la izquierda!
Emma y Stella derraparon sobre el suelo húmedo de la caverna, girando justo a tiempo para evitar una masa de dientes y garras que se estrelló contra la pared de roca donde ellas habían estado un segundo antes. Las Varguillas eran ciegas, pero rápidas. El sonido de sus chillidos rebotaba en las paredes, haciendo imposible saber cuántas eran. Cientos.
—¡Stella, el escudo! —gritó Emma, viendo que el túnel se terminaba en un callejón sin salida.
Stella agarró el rubí de su collar. Sus manos temblaban, pero su mente funcionaba. —Thorsten dijo que dura 30 segundos. ¡Tenemos que sincronizarlo!
Esperaron. Las criaturas se agolparon en el túnel, oliendo la sangre del rasguño de Stella. Saltaron como una ola negra. —¡AHORA! —gritó Stella.
Pulsó el rubí. Una cúpula de energía azul translúcida se expandió desde su pecho, golpeando a las criaturas en el aire y lanzándolas hacia atrás con una descarga eléctrica brutal. El olor a ozono y carne quemada llenó la cuev