—¡Suéltame! ¡Esto es un secuestro! —gritó Elena, golpeando los hombros de Mikael mientras él la cargaba hacia su camioneta blindada aparcada en el arcén.
Mikael ni se inmutó. Abrió la puerta del copiloto y la depositó en el asiento de cuero con firmeza, aunque con cuidado de no golpearle la cabeza. —No es un secuestro, Elena. Es un rescate —gruñó, abrochándole el cinturón de seguridad él mismo. Sus rostros quedaron a centímetros. Elena pudo ver el pulso acelerado en el cuello de él—. Ingrid te