—¡Suéltame! ¡Esto es un secuestro! —gritó Elena, golpeando los hombros de Mikael mientras él la cargaba hacia su camioneta blindada aparcada en el arcén.
Mikael ni se inmutó. Abrió la puerta del copiloto y la depositó en el asiento de cuero con firmeza, aunque con cuidado de no golpearle la cabeza. —No es un secuestro, Elena. Es un rescate —gruñó, abrochándole el cinturón de seguridad él mismo. Sus rostros quedaron a centímetros. Elena pudo ver el pulso acelerado en el cuello de él—. Ingrid te quiere muerta. El hotel es su territorio de caza. No estás segura allí.
—¿Y contigo sí? —escupió ella, temblando de frío y rabia.
—Conmigo nadie te tocará. Jamás.
Mikael cerró la puerta, bloqueó los seguros y dio la vuelta al vehículo. Arrancó el motor y la camioneta salió disparada, adentrándose en un camino privado que nadie más conocía.
El trayecto fue corto pero tenso. Elena intentó abrir la puerta dos veces, pero el bloqueo infantil estaba activado. Finalmente, los árboles se abrieron y rev