Entre el Sueño y la Piel

La noche ártica se cerró sobre la cúpula de cristal como un manto de terciopelo negro, pero Elena no podía encontrar la paz. Se revolvió entre las sábanas de seda, su piel ardiendo. Cada vez que cerraba los ojos, veía el destello dorado en la mirada de Mikael Berg. Sentía el roce fantasma de sus dedos callosos acomodando su cabello detrás de la oreja.

Finalmente, el cansancio la venció, pero no le trajo descanso. Le trajo a él.

En su sueño, ella estaba de pie en medio del bosque nevado, pero no sentía frío. Estaba desnuda. La nieve bajo sus pies se derretía al contacto con su calor. De entre las sombras de los árboles, surgió él. No vestía franela ni trajes caros. Iba con el torso desnudo, su piel bronceada brillando bajo la luz verde de la aurora boreal, sus músculos tensos como cuerdas de acero.

Elena... —su voz no llegó a sus oídos, sino que retumbó directamente dentro de su cráneo. Una vibración oscura y posesiva.

—Estás en mi cabeza —susurró ella en el sueño.

—Estoy en tu sangre —respondió él, acercándose.

Pero entonces, el sueño cambió. Hubo un sonido real. El bip electrónico de la cerradura de la suite. El susurro hidráulico de la puerta abriéndose.

Elena, atrapada en la parálisis del sueño profundo inducido por el vínculo de mate, no despertó. Pero su cuerpo reaccionó. Sintió una corriente de aire helado entrar en la habitación, seguida inmediatamente por una presencia abrasadora.

Mikael cerró la puerta de la suite. Sabía que estaba mal. Sabía que debía esperar. Pero su lobo había tomado el control. Había sentido la llamada de Elena a través del vínculo onírico, su deseo inconsciente actuando como un faro. «Ven. Te necesito».

Caminó hacia la cama redonda. Elena dormía, pero su respiración era agitada. Sus labios estaban entreabiertos, sus pezones duros contra la fina tela de su sexi pijama.

Mikael se deshizo de su ropa en silencio. La bestia en su interior ronroneó. Se deslizó bajo las sábanas, su cuerpo grande y pesado cubriendo el de ella como una manta de plomo y fuego.

En el sueño de Elena, Mikael la atrapó contra un árbol. En la realidad, Mikael presionó su cuerpo contra la espalda de ella, cuchareándola, envolviéndola con sus brazos de hierro.

—Mikael... —gimió ella, sin saber si hablaba al hombre del sueño o al que la abrazaba en la cama.

Shhh. Déjame adorarte, mea luna —susurró él contra su nuca.

Mikael no pudo contenerse más. Olió el aroma de su cuello, embriagándose, y comenzó a besar la piel sensible bajo su oreja, bajando hacia su hombro. Sus manos, grandes y ásperas, se deslizaron bajo el sujetador  de ella, buscando la suavidad de sus pechos.

Elena arqueó la espalda, ofreciéndose. En su mente, el sueño se volvía vívido, explosivo. Sentía las manos de él por todas partes. No había miedo, solo una necesidad voraz, antigua.

Cuando la mano de Mikael bajó por su vientre y se deslizó entre sus muslos, y frotó su clítoris encontró que ella ya estaba húmeda, preparada para él, esperándolo incluso en la inconsciencia.

—Tan perfecta... tan mía —gruñó él.

Lo que siguió fue una danza de sombras y sensaciones. Mikael bajó hasta su centro de placer y la saboreo con ternura salvaje. No fue rápido; fue lento, profundo, reclamando cada centímetro de ella mientras Elena gemía en un estado de semi-conciencia, atrapada en el placer más intenso que había sentido en su vida.

– Dejame probarte y así fue hasta que el enorme miembro de Mikael entró con desesperación en la húmeda vagina de Elena. 

El sueño y la realidad se fusionaron cuando él se unió a ella. Elena sintió el peso real, la fricción real, el calor sofocante de la piel de un hombre lobo contra la suya. Sus uñas se clavaron en los antebrazos de él, y Mikael mordió suavemente el punto de unión entre su cuello y su hombro, marcándola, dejando su esencia grabada en ella para que cualquier otro macho supiera que esa hembra tenía dueño.

—Eres mía, Elena. Mía en el sueño, mía en la vigilia —jadeó él en el clímax, vertiendo su semilla y su magia en ella, atando sus destinos irrevocablemente.

Elena se desvaneció en la oscuridad, saciada, exhausta, sintiéndose completa por primera vez.

El sol del ártico, pálido y distante, golpeó los párpados de Elena horas después.

Despertó de golpe, con el corazón acelerado. Se sentó en la cama, desorientada. Las sábanas estaban revueltas. El aire en la habitación todavía se sentía cargado, eléctrico.

—Dios mío, qué sueño... —susurró, llevándose las manos a la cara. Sus mejillas ardían. Podía recordar cada detalle. El peso de él. El olor a bosque y almizcle. El placer devastador.

Se sintió extraña entre las piernas. Dolorida, pero de una manera dulce.

«Fue solo un sueño. Un sueño muy vívido por la abstinencia», se dijo a sí misma, tratando de racionalizarlo.

Se levantó para ir al baño y, al pasar frente al espejo de cuerpo entero, se detuvo en seco. El aliento se le escapó en un grito ahogado.

Allí, en la curva de su cuello, justo donde se une con el hombro, había una marca. No era un simple chupetón. Era una marca de mordida tenue, que ya estaba sanando, pero que brillaba ligeramente con un tono rojizo.

Y sobre la mesita de noche, donde la noche anterior no había nada, descansaba una sola rosa negra de invierno, congelada y perfecta.

Elena se tocó la marca en el cuello. Su piel vibró.

No había sido un sueño.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP