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Suya por Decreto Lunar
Suya por Decreto Lunar
Por: J.R. Rocha
Ciento ochenta años de soledad

El aire de Laponia no era simplemente frío; era una advertencia.

Elena Moore bajó del taxi y sintió cómo los -20 grados centígrados atravesaban su abrigo térmico como si fuera papel de arroz. Ajustó su bufanda, protegiendo su piel almendrada del viento cortante, y levantó la vista. El aliento se le congeló en la garganta, pero no por el frío.

Frente a ella se extendía el Aurora Glass Resort. No era un hotel común; era una obra de arte esparcida sobre la nieve virgen. Dozenas de iglús de cristal reforzado brillaban bajo la luz crepuscular del invierno nórdico, prometiendo una visión directa al cielo y a las famosas auroras boreales.

—Perfecto para sanar —susurró para sí misma, intentando convencerse. Arrastró su maleta por el sendero calefactado, sintiéndose pequeña y exótica en aquel paisaje monocromático. Una mancha de café en un lienzo blanco.

A pocos metros de distancia, un SUV negro blindado, con el motor rugiendo suavemente como una bestia dormida, se detuvo frente a la recepción principal.

Mikael Berg apagó el motor, pero no se movió de inmediato. Apoyó la frente contra el volante, cerrando los ojos. Su lobo, Fenrir, estaba inquieto, rasguñando las paredes de su mente con un gruñido sordo de insatisfacción.

—Cállate —gruñó Mikael en voz baja.

Había construido este imperio hotelero, esta red de "trampas de lujo" a lo largo de Escandinavia, con una sola esperanza estúpida: que algún día, su mate, su compañera predestinada, se registrará en uno de ellos. Había revisado listas de huéspedes durante décadas. Había olfateado el aire en vestíbulos de cinco países.

Nada.

Ciento ochenta años de soledad. Ahora, la resignación se sentía más pesada que el hielo. Estaba a punto de ceder a la presión del Consejo y oficializar su unión con Ingrid, la loba guerrera que calentaba su cama pero congelaba su alma. Ingrid era letal, posesiva y celosa hasta la demencia. Fenrir la odiaba, pero un Rey necesitaba una reina, aunque fuera una de conveniencia.

Mikael abrió la puerta del coche y puso una bota pesada sobre la nieve. Se irguió cuan alto era, sus casi dos metros de músculo y furia contenida desplegándose bajo un abrigo de piel oscura. Su cabello largo, castaño y salvaje, se movió con el viento.

Fue entonces cuando sucedió.

El viento cambió de dirección. No traía olor a pino ni a nieve. Traía algo dulce. Algo devastador. Olor a flores tropicales, a lluvia cálida y a... mía.

«MATE».

El aullido de Fenrir en su cabeza fue tan fuerte que Mikael casi cae de rodillas. Su corazón, que había latido a un ritmo lento y aburrido durante un siglo, dio un vuelco violento contra sus costillas.

Giró la cabeza bruscamente, sus ojos, normalmente de un gris tormentoso, destellaron con un dorado momentáneo antes de que lograra controlarlos.

Y la vio.

Ella estaba allí, luchando con una maleta en la entrada. Una humana. Pequeña, curvilínea, con una piel que parecía hecha de sol y miel.

Elena sintió la mirada antes de ver al hombre. Una sensación de electricidad estática le recorrió la nuca, erizándole el vello de los brazos. Se giró instintivamente y se quedó paralizada.

El hombre que acababa de bajar del vehículo negro era... irreal. Parecía un vikingo sacado de una película, pero más grande, más denso. Tenía una barba poblada y una mandíbula tensa, y la estaba mirando con una intensidad que casi dolía. No era una mirada de cortesía; era una mirada de depredador.

Elena sintió que las piernas le flaqueaban. «Dios mío, qué hombre», pensó, sintiendo un calor súbito en el bajo vientre que no tenía nada que ver con la calefacción del suelo. Por un segundo, el mundo desapareció. Sólo existían esos ojos grises clavados en los suyos avellana.

Mikael tuvo que clavar las uñas en las palmas de sus manos hasta hacerse sangre para no correr hacia ella. Su instinto le gritaba: Cógela. Muerdela. Reclamala. Llévatela a la casa.

Pero el rostro de Ingrid cruzó su mente. La loba guerrera estaba en la manada, a pocos kilómetros. Si Mikael reclamaba a esta frágil humana ahora, sin protección, sin preparación, Ingrid la despedazaría antes del amanecer. Los celos de una loba rechazada eran mortales.

Tenía que ser astuto. Tenía que ser el estratega, no el animal.

Con un esfuerzo sobrehumano, Mikael endureció su expresión. Transformó el deseo devorador en una máscara de indiferencia fría. Rompió el contacto visual y se giró hacia el maletero de su coche, fingiendo buscar algo, aunque sus manos temblaban.

Elena parpadeó, sintiéndose repentinamente tonta. «Claro, Elena. El dios nórdico no te está mirando a ti, solo estabas en medio», se regañó mentalmente, sacudiendo la cabeza para despejar la fantasía. Recuperó el aire que no sabía que estaba conteniendo, agarró su maleta con más fuerza y se dirigió a la puerta giratoria del hotel, ignorando el latido desbocado de su corazón.

—Solo es un hombre guapo —susurró, entrando al calor del lobby.

Afuera, Mikael se apoyó contra el metal helado de su coche, respirando el aroma que ella había dejado tras de sí como un drogadicto.

—No es solo una mujer —gruñó al viento, mientras sus ojos seguían la figura de Elena desapareciendo tras el cristal—. Es mi Reina.

Y por primera vez en 180 años, el Rey Lobo sintió miedo. Miedo de perderla, y miedo de lo que tendría que destruir para mantenerla a salvo.

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