La noche antes de la boda no hubo despedidas de soltero ni alcohol. Hubo silencio y ayuno. Según la tradición de la Dinastía Berg, antes de unirse legalmente ante el mundo, las parejas debían presentarse ante aquellos que ya no estaban.
Elena despertó a Emma y a Stella dos horas antes del amanecer. —Es la hora —dijo la Reina Madre, llevando dos túnicas de lino blanco sencillas, sin costuras ni adornos.
—¿Hace falta ir así? —preguntó Stella, mirando la tela fina y luego la ventana, donde la nieve cubría el suelo—. Es una congelación garantizada, Elena. Biológicamente imprudente.
—La tierra os mantendrá calientes si vuestro corazón es puro —respondió Elena con una sonrisa enigmática—. Y si no lo es... bueno, el frío será el menor de vuestros problemas.
Las llevaron al linde del Bosque de los Susurros, una sección de la propiedad que Thorsten nunca monitoreada con cámaras porque la electrónica fallaba allí. Era tierra sagrada, saturada de magia antigua.
Mikael, Eirik, Thorsten y Bjorn e