La Furia del Norte

Ingrid salió del restaurante con una sonrisa de triunfo en los labios, ajustándose los guantes de piel. Había logrado su objetivo: la humana olía a miedo puro. Era débil. Se iría antes del anochecer.

Pero su sonrisa murió en el instante en que puso un pie fuera del edificio.

No hubo advertencia. Una mano grande y brutal se cerró alrededor de su garganta y la estampó contra los troncos macizos de la fachada del restaurante. El impacto le sacó el aire de los pulmones.

Mikael estaba frente a ella. Sus ojos ya no eran grises; eran dos pozos de oro líquido ardiendo en fuego puro. Sus caninos se habían alargado, rozando su labio inferior. El gruñido que salía de su pecho hacía vibrar el esternón de Ingrid.

—¿Qué le has dicho? —rugió él. No era una pregunta; era una sentencia.

Ingrid intentó apartar la mano de su Alfa, pero era como intentar mover una montaña. Sus propios instintos de loba la obligaron a bajar la mirada, mostrando el cuello en sumisión, pero su orgullo la hizo hablar.

—Solo
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