Ingrid salió del restaurante con una sonrisa de triunfo en los labios, ajustándose los guantes de piel. Había logrado su objetivo: la humana olía a miedo puro. Era débil. Se iría antes del anochecer.
Pero su sonrisa murió en el instante en que puso un pie fuera del edificio.
No hubo advertencia. Una mano grande y brutal se cerró alrededor de su garganta y la estampó contra los troncos macizos de la fachada del restaurante. El impacto le sacó el aire de los pulmones.
Mikael estaba frente a ella.