Mundo ficciónIniciar sesiónLaurent estaba convencida de que tenía el peor trabajo del mundo hasta que conoció a Brian, su jefe. Arrogante, elegante, perfeccionista y eternamente con un tono pasivo-agresivo, Brian era la definición de insoportable. A pesar de formar un dúo envidiable en la oficina, Laurent no tenía dudas de algo: odiaba a su jefe. Durante tres años, su único escape fue sus quejas a la máquina de café, hasta que un giro del destino lo cambió todo: ganó el premio mayor de mil millones de dólares. ¿Renunciar al instante? Por supuesto que lo intentó. ¿El problema? Brian rechazó su renuncia, exigiendo la carta con treinta días de anticipación. Así que Laurent ideó un nuevo plan: convertirse en la peor pesadilla de su jefe. Si él no la quería fuera, ella haría que se arrepintiera. Ella estaba decidida de hacerle perder esa compostura impenetrable. Lo que no esperaba era que, mientras trata de desestabilizar la vida de Brian, él empiece a interesarse por la suya. ¿Logrará que finalmente la despida? ¿O caerá en la trampa más inesperada de todas: enamorarse de su jefe?
Leer másEl movimiento del viento, sumado al olor salino, me dejaba entender que estábamos en ese mar azulado. Edward estaba a nuestro lado construyendo, según él, una fortaleza para proteger a su superhéroe preferido… sí… él había cambiado. Ya no era ese pequeño que amaba dinosaurios y tiburones; ahora adoraba a los superhéroes, principalmente a Ironman y Pokémon. Lo típico para un niño de nueve años. Por otro lado, nuestra hija Nadia, de apenas cuatro años, dibujaba minúsculos círculos imitando las burbujas que flotaban en la máquina que habíamos traído. Su sonrisa era tan encantadora que parecía un canto de sirena hecho para relajarnos. Edward se levantó solo para comenzar a correr, siendo perseguido por nuestro perrito Caramelo, un golden retriever que habíamos adoptado hace unos dos años. —¿Ves que no tenías que preocuparte? —dijo Brian con calma mientras abría la hielera para tomar una bebida—. Te dije que podía encontrar la mejor playa para ti. Perfecta para los niños y cero tiburones
Me daba una ligera vuelta, emocionada, mientras lo hacía frente a mi reflejo en el espejo del vestidor. Mi vestido de estilo sirena bailaba conmigo; se pegaba a mi cuerpo como un guante. Me hacía sentir más hermosa de lo que ya era. Las pequeñas perlas que lo adornaban brillaban en el espejo como nunca. Era un vestido mandado a hacer con el único requisito de que las perlas formaran el diseño de flores. Mi cabello rojo, como el mismo fuego, estaba suelto con ondas naturales que caían sobre mi cintura, y una pequeña corona de perlas hacía juego a la perfección.Todo esto lo había buscado con tanta antelación que me recordó cómo hacía todo cuando trabajaba para Brian.Mi madre estaba detrás de mí, con una enorme sonrisa que nadie podría quitarle aunque quisiera. Sus manos temblaban un poco, pero aun así pudo acomodarme el velo con una delicadeza que solo una madre puede tener. Me senté en el taburete de maquillaje que instalaron para nosotras y, desde el espejo, observé su reflejo. Tenía
La luz se filtraba por la ventana. El sonido de los pajaritos afuera era un delirio que parecía ajeno al mundo. El viento frío de junio se coló por la rendija, acariciando el mechón rebelde de mi cabello que bailaba fuera de su lugar. Habían pasado unos cuatro meses desde que regresamos, y muchas cosas habían cambiado.Los tres hermanos Spencer, a pesar de haber sido declarados inocentes de colaborar con su abuelo, perdieron gran parte de sus fortunas. Varias propiedades fueron incautadas y solo unas cuantas se salvaron. Su apellido que había sido ensuciado poco a poco se estaba limpiando.Brian mantuvo su aerolínea y la cadena hotelera. Su sonrisa había vuelto a ser la de antes, aunque aún se notaba el cansancio en su mirada cuando creía que no lo veía. Intentaba ser el timón emocional de todos ellos. Richard conservó su pequeña compañía financiera, la cual comenzaba a florecer, y además, se casó con Christine en cuanto regresamos a Australia. Leonard, en cambio, lo dejó todo y se sum
Ese día había salido con Edward al supermercado. Brian estaba con sus hermanos y su padre intentando hundir a su abuelo. Habían colaborado con el fiscal, entregando pruebas para asegurarse de que ese hombre no volviera a ver la luz del sol.¿Podría?El día iba tan lento que parecía que alguien manipulaba el tiempo con el único objetivo de estresarnos. Caminaba entre los pasillos mientras mi hijo, emocionado, tomaba una caja de cereales de colores que parecían creados para atrapar la atención de los niños.—Mami, ¿los dinosaurios comían estos cereales para ser grandes y fuertes? —preguntó, sosteniendo la caja roja entre sus manos.—Cariño, no creo que los dinosaurios comieran estos cereales, sino sus vegetales.Mi respuesta provocó automáticamente una ligera mueca en él. No se podía negar quién era su padre; era la misma que Brian hacía cuando algo le desagradaba. Continuamos caminando junto al guardaespaldas, quien me ayudó a cargar las compras mientras nos dirigíamos al auto alquilado
POV Brian SpencerCada paso me acercaba más a lo que pensé que no volvería a ver después de tanto tiempo. Una casa que había albergado nuestras risas de infancia, donde habíamos tomado clases obligadas por orden de nuestro abuelo. Entramos en su despacho, donde nos había citado “para hablar”. Solo a su sangre, sin periodistas listos para devorarnos.Leonard estaba pálido. Por consejo de nuestro padre, había escondido a su novia y a su hija mientras todo terminaba. Richard también estaba decaído por Christine y por llevar días sin dormir. A pesar de que todo parecía desmoronarse, sabía que estaríamos juntos, aunque el suelo se resquebrajara bajo nosotros.Richard entró después con el mentón levantado y los ojos fijos por el insomnio. Se detuvo un segundo frente al marco del salón principal, como si el umbral mismo exigiera un tributo antiguo. Me abrazó sin palabras. Laurent se quedó a mi lado, con la mano en mi espalda, anclándome al presente, a ese lugar donde el aire pesaba como si el
Los días parecieron semanas, donde todo comenzó a correr a una velocidad impresionante. Brian y yo habíamos preparado un viaje, pues, según me contó, todos debíamos enfrentarnos a Jonathan. No solo nos enfrentaríamos a él, estábamos a punto de abrir la caja de Pandora. Tomamos uno de los aviones privados de las aerolíneas de Brian con destino a Nueva York; estábamos a punto de entrar al ojo de la tormenta, en la pesadilla que persiguió a todos los Spencer por años. Durante todo el vuelo mantuve los ojos cerrados, acurrucándome junto a mi pequeño. Poco a poco el sonido del motor me recordaba que estábamos viajando no solo hacia una batalla… no… íbamos al destino que podía acabar con nosotros o con Jonathan.Nos habíamos acomodado en casa de mi madre para no llamar la atención, así que ese día dejamos a Edward con ella. Antes de despedirnos lo abracé con toda la fuerza que tenía. Ese abrazo que solo una madre podía dar, para entregarle todo el amor guardado. Me preguntó por qué parecía





Último capítulo