El movimiento del viento, sumado al olor salino, me dejaba entender que estábamos en ese mar azulado. Edward estaba a nuestro lado construyendo, según él, una fortaleza para proteger a su superhéroe preferido… sí… él había cambiado. Ya no era ese pequeño que amaba dinosaurios y tiburones; ahora adoraba a los superhéroes, principalmente a Ironman y Pokémon. Lo típico para un niño de nueve años.
Por otro lado, nuestra hija Nadia, de apenas cuatro años, dibujaba minúsculos círculos imitando las bu