9. Dímelo de una vez
Sus labios se acercaban a los míos.
Su mano libre sostenía mi barbilla, posicionando mis labios en un punto del que no podía escapar.
Todo era una vorágine de emociones que me derretían por dentro, pero sus pasos bastaron para hacerme saber que no escaparía de nada.
Unas manos firmes taparon mis labios.
—¿Ya dejarás de intentar hacer tu baile del Lago de los Cisnes? —Su mirada era visceral, fija, sostenida—. Creo que sería mejor que te alejaras un poco. No me gustaría tener que recordarte que e