Mundo ficciónIniciar sesiónAstraea ha vivido dieciocho años en las sombras de la Manada de la Luna Plateada. Huérfana, sin rango y considerada menos que una omega, sobrevive cocinando y limpiando para quienes la desprecian. Pero su verdadero infierno tiene nombre propio: Kaelen y Killian, los herederos Alpha. Gemelos idénticos, ricos y crueles, que han hecho de su vida un desfile de humillaciones, golpes y cicatrices. Astraea solo tiene un deseo: que su decimoctavo cumpleaños llegue para huir de la manada que nunca la reclamó. No le importa encontrar a su pareja destinada; solo quiere libertad. Sin embargo, la Diosa de la Luna tiene un sentido del humor retorcido. En el momento en que el reloj marca su mayoría de edad, el aroma de Astraea cambia y la verdad estalla: sus acosadores, los hombres que más odia en la tierra, son sus compañeros de vida. El rechazo de los gemelos es inmediato y despiadado. La consideran una vergüenza para su futura posición como Alphas. Pero se niegan a dejarla ir, decididos a mantenerla como su juguete roto para siempre. Lo que nadie sospecha es que Astraea no es la loba débil que todos creen. Mientras su origen híbrido comienza a despertar en sus venas, una figura legendaria llega a las tierras de la manada. Valerius Dragomir, el temido Rey Lycan, busca algo... o a alguien. Cuando sus ojos se posan en la joven pálida y maltratada, el mundo sobrenatural tiembla. Él ha encontrado a su compañera de segunda oportunidad, y no permitirá que dos cachorros Alpha sigan tocando lo que ahora le pertenece. En una lucha de celos, poder y secretos de sangre, Astraea deberá decidir si sanar sus heridas en los brazos de un Rey o dejar que su naturaleza prohibida consuma a quienes intentaron destruirla.
Leer másEl frío en las tierras del norte no era simplemente una cuestión climática; era una entidad viviente que se alimentaba de la esperanza. Para la mayoría de los miembros de la Manada de la Luna Plateada, el invierno era una excusa para reunirse frente a grandes chimeneas en la casa comunal, beber hidromiel y celebrar la fuerza de su linaje. Pero para la criatura que dormía en un rincón del sótano de la cocina, el frío era su único compañero constante, el único que no le pedía nada a cambio de su presencia.
Astraea se despertó antes de que el primer rayo de sol rozara las copas de los pinos milenarios que rodeaban el territorio. No necesitaba un reloj; su cuerpo había aprendido a reaccionar al dolor sordo de sus articulaciones sobre el suelo de piedra. Tenía diecisiete años, aunque su complexión delgada y su rostro demacrado sugerían a alguien mucho más joven, una sombra de lo que debería ser una mujer loba en la plenitud de su juventud.
Se levantó con cuidado, evitando hacer ruido. El silencio era su mejor armadura. Si nadie la escuchaba, nadie la recordaba. Y si nadie la recordaba, quizás —solo quizás— podría pasar la mañana sin un nuevo moratón que añadir a su colección.
Sus manos, pequeñas y agrietadas por el agua helada y los productos de limpieza, comenzaron mecánicamente a avivar las brasas del gran horno de piedra. Su vida se medía en tareas: encender el fuego, amasar el pan para los guerreros, fregar el suelo manchado de barro y sangre de la última cacería, y mantenerse fuera de la vista de los Alphas.
—¿Sigue viva la rata de cocina? —Una voz familiar y cargada de veneno cortó el aire estancado del sótano.
Astraea no necesitó darse la vuelta para saber quién era. El aroma a bosque después de la tormenta y sándalo la golpeó antes que las palabras. Era un olor que para cualquier otra loba habría sido embriagador, el perfume de un líder, de un depredador dominante. Para ella, era el olor del terror.
Kaelen, el primero de los gemelos Alpha, estaba apoyado contra el marco de la puerta. Su uniforme de entrenamiento se ajustaba a sus hombros anchos y su mandíbula cuadrada estaba afeitada a la perfección. A sus dieciocho años recién cumplidos, ya irradiaba la autoridad de quien sabe que el mundo le pertenece por derecho de nacimiento.
Astraea mantuvo la cabeza baja, sus ojos fijos en las cenizas. Había aprendido hacía mucho tiempo que el contacto visual con los hijos del Alpha era una invitación al desastre.
—Buenos días, joven Alpha —susurró ella. Su voz era áspera por el desuso, un sonido frágil que parecía romperse en el aire.
—No te di permiso para hablar —respondió Kaelen, caminando hacia ella con una elegancia depredadora. Se detuvo a centímetros de ella, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra la mesa de madera rugosa—. Mírate. Eres una vergüenza para esta manada. Mi padre debería haberte dejado en la frontera para que los coyotes terminaran el trabajo.
Astraea cerró los puños bajo el delantal sucio. Esa era la historia de su vida, repetida como un mantra por cada miembro de la manada desde que tenía uso de razón. Dieciocho años atrás, una patrulla la había encontrado envuelta en una manta vieja en los límites de su territorio. No hubo rastro de sus padres, ni notas, ni olor que pudieran seguir más allá de un rastro de sangre que se perdía en las tierras de nadie. El Alpha la trajo a la aldea, pero nunca la integró. No hubo ceremonia de bienvenida, no hubo link mental. Ella era una paria, una loba que ni siquiera podía sentir a su propia especie.
—Lo siento, joven Alpha —murmuró de nuevo, bajando aún más la cabeza.
Kaelen soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor. Con un movimiento rápido, agarró su trenza y tiró de ella hacia atrás, obligándola a mirarlo. Astraea reprimió un gemido de dolor. Los ojos de Kaelen eran de un azul gélido, hermosos y mortales a la vez.
—Miriam dice que la comida de ayer estaba fría —dijo él, acercando su rostro al de ella. Astraea podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la vitalidad de un lobo puro que contrastaba con su propia debilidad—. Y si mi novia no está contenta, yo no estoy contento. ¿Entiendes eso, huérfana?
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de nuevo y entró Killian. Si Kaelen era el hielo, Killian era el fuego. Tenían el mismo rostro, la misma estructura perfecta, pero Killian llevaba una sonrisa cruel que siempre precedía a algo peor que las palabras.
—Vaya, Kaelen, ¿ya te estás divirtiendo con el juguete de la manada? —Killian se acercó, lanzando una bolsa de cuero pesada sobre la mesa. El ruido hizo que Astraea se sobresaltara—. Deja que respire un poco, todavía tiene que limpiar mis botas. Están llenas de m****a de la patrulla nocturna.
Kaelen soltó su cabello con un desprecio evidente, empujándola ligeramente. Astraea tropezó, sus dedos rozando la superficie caliente del horno.
—Límpialas, Astraea —ordenó Killian, usando su nombre como si fuera un insulto—. Y asegúrate de que brillen. Si encuentro una sola mota de polvo, te haré comer el barro que traen.
Los gemelos se quedaron allí, observándola con una mezcla de asco y fascinación sádica. Era una rutina que se repetía casi a diario. Ellos eran los reyes del instituto y de la manada; ella era el objeto donde descargaban sus frustraciones y su arrogancia. Eran ricos, admirados y poderosos, protegidos por un padre que ignoraba activamente los abusos que ocurrían en su propio patio trasero.
Astraea se arrodilló frente a las botas de Killian. Sus dedos temblaban, pero se obligó a concentrarse en la tarea. En su mente, comenzó la cuenta regresiva que la mantenía cuerda. Faltan tres meses. Solo tres meses para los dieciocho.
En el mundo de los licántropos, los dieciocho años eran el umbral. Era el momento en que el lobo interior terminaba de madurar, cuando el vínculo con la Diosa de la Luna se sellaba y, lo más importante, cuando las parejas destinadas se revelaban. Pero para Astraea, los dieciocho significaban algo más simple: la mayoría de edad legal según el Consejo Supremo. Una vez cumplidos, ya no estaría bajo la "tutela" del Alpha. Podría marcharse. Podría cruzar la frontera y desaparecer en el mundo humano, donde nadie sabría que era una loba sin manada, una loba que nunca había podido transformarse.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Kaelen, notando la chispa momentánea en sus ojos plateados—. ¿Crees que hay un lugar para ti fuera de aquí? No eres nada, Astraea. Sin el nombre de esta manada, los otros te cazarían por deporte. Eres débil, incluso para ser una omega. Eres... defectuosa.
Esas palabras dolieron más que el tirón de pelo. Porque, en parte, ella también lo creía. Astraea siempre se había sentido diferente. No solo era la falta de transformación o el link mental inexistente. Era algo más profundo, una sed que el agua no calmaba, una sensación de que sus sentidos percibían cosas que los demás lobos ignoraban. A veces, cuando se cortaba, la sangre le parecía demasiado roja, y sus heridas sanaban con una lentitud exasperante comparada con la regeneración instantánea de los de su especie.
—No pienso en nada, Alpha —mintió, frotando con fuerza el cuero de la bota.
—Mientes tan mal como cocinas —escupió Killian, dándole un empujón con el pie que la mandó al suelo—. Termina eso. Sasha y Miriam vendrán en un rato para desayunar. Quieren sus tortillas especiales, y si te equivocas de nuevo, personalmente te llevaré al campo de entrenamiento para que los cachorros practiquen sus placajes contigo.
Los gemelos salieron del sótano, dejando tras de sí una estela de arrogancia y el eco de sus risas. Astraea se quedó en el suelo un momento, respirando el aire polvoriento. Se tocó la nuca, donde la marca de nacimiento siempre parecía latir cuando ellos estaban cerca. Era una sensación extraña, como un hormigueo eléctrico que recorría su columna vertebral.
No sabía que, en ese mismo momento, a miles de kilómetros de distancia, en el palacio de obsidiana de la capital Lycan, un hombre de ojos dorados y presencia ancestral se despertaba de un sueño inquieto. Valerius Dragomir, el Rey de todos los de su especie, había sentido un susurro en su alma, un eco de una frecuencia que creía perdida para siempre.
Astraea volvió a levantarse. Tenía mucho trabajo que hacer y poco tiempo para lamentarse. No sabía que el destino, ese que los gemelos despreciaban y que ella tanto temía, ya estaba tejiendo una red que los atraparía a todos. No sabía que su dolor estaba siendo observado por ojos más antiguos que la propia manada. Y, sobre todo, no sabía que el secreto que guardaba su sangre —esa mezcla prohibida que la hacía "defectuosa"— era en realidad la llave para poner de rodillas a todo el Consejo Supremo.
Por ahora, solo era una chica con las manos sucias de hollín, limpiando las botas de sus verdugos, contando los segundos para que el sol se pusiera y le regalara un día menos de tortura.
El desayuno comenzó a servirse, y con él, llegaron Sasha y Miriam. Las "reinas" de la manada, vestidas con ropa de diseñador y sonrisas de superioridad.
—¡Rata! —gritó Sasha desde el comedor superior—. ¿Dónde está mi zumo natural?
Astraea subió las escaleras cargando una bandeja pesada. Sabía lo que vendría. El acoso de los gemelos era físico y brutal; el de las chicas era psicológico y humillante.
Mientras servía la mesa, Sasha "accidentalmente" estiró el pie. Astraea tropezó y el zumo cayó directamente sobre el vestido de seda de Miriam. El silencio que siguió fue sepulcral. Los gemelos, sentados a la cabecera, observaron la escena con interés, como si estuvieran viendo una obra de teatro.
—¡Mira lo que has hecho, estúpida! —chilló Miriam, poniéndose en pie y golpeando la cara de Astraea con el revés de la mano.
El golpe fue tan fuerte que Astraea cayó contra el aparador, rompiendo varios platos de porcelana. Sintió el sabor metálico de la sangre en su boca.
—Límpialo —ordenó Kaelen, su voz era un susurro peligroso—. Límpialo con tu lengua si es necesario.
Astraea miró a su alrededor. Nadie en el comedor movió un dedo. Los guerreros continuaron comiendo, los omegas bajaron la vista y el Alpha de la manada, sentado al fondo, ni siquiera levantó la mirada de su periódico. Era invisible en su sufrimiento.
Se arrodilló, recogiendo los pedazos de porcelana con las manos desnudas, dejando que los bordes afilados le cortaran los dedos. No lloró. Había agotado sus lágrimas años atrás. Mientras recogía los restos, sintió la mirada de Kaelen clavada en su nuca. Por un segundo, un microsegundo, el Alpha sintió un tirón extraño en su pecho, una punzada de algo que no era odio, pero lo descartó de inmediato, reemplazándolo con una dosis extra de crueldad para castigar ese sentimiento desconocido.
Ochenta y nueve días, pensó Astraea mientras sentía el líquido frío en sus manos. Solo ochenta y nueve días más para morir o renacer.
El día cincuenta y siete comenzó con un revuelo inusual en el patio de armas de la fortaleza. Un jinete solitario, portando el estandarte negro y oro de la corona, había sido detenido en la puerta principal. Bajo la estricta mirada de los arqueros del norte, el mensajero entregó un pequeño cofre de madera de sándalo y un sobre lacrado con el sello personal del Rey Lycan.Astraea fue convocada al gran salón, donde el Alpha Thomas y sus hijos la esperaban con una hostilidad que se podía palpar en el aire. Silas permanecía a un lado, con los ojos entrecerrados, analizando cada detalle de la escena.El cofre descansaba sobre la mesa de piedra, rodeado por la frialdad de los guerreros de la Luna Plateada. Thomas hizo una seña con la cabeza para que Astraea se acercara.—Ábrelo —ordenó el Alpha—. Veamos qué clase de baratijas te envía tu protector para intentar mantener su presencia en mis tierras.Astraea dio un paso adelante. Sus dedos, que todavía olían al heno de los establos, rozaron e
El día cincuenta y ocho trajo consigo una calma engañosa. La nieve caía en copos pesados y silenciosos, cubriendo la Fortaleza de la Luna Plateada con un manto que ocultaba las manchas de sangre y el barro de los patios. Astraea se encontraba en el sótano de las cocinas, clasificando raíces de invierno. Sus manos, antes delicadas por los aceites de la capital, ahora estaban curtidas, pero su mente se sentía más afilada que el cuchillo de Valerius que mantenía oculto.La conexión mental con el Rey se había desvanecido con la primera luz del alba, dejando un eco de calidez en su pecho que la ayudaba a ignorar el tirón gélido de los gemelos.El ambiente en la fortaleza cambió drásticamente hacia el mediodía. No fue un sonido lo que lo anunció, sino una presión en el aire, un cambio en la jerarquía del olor. El Alpha Thomas había bajado de sus aposentos privados.Astraea estaba arrodillada frente al gran hogar de la cocina, limpiando las cenizas, cuando las botas pesadas del Alpha se detu
El día cincuenta y nueve se manifestó como una costra de hielo sobre los campos de entrenamiento. El ambiente en la manada era de una expectación contenida; el regreso de la "paria" no había sido el acto de humillación absoluta que los gemelos esperaban. Astraea se movía por la fortaleza como un fantasma de plata, silenciosa, eficiente y, lo más irritante para ellos, imperturbable.Kaelen observaba desde el balcón del segundo piso cómo Astraea cargaba cubos de agua desde el pozo congelado hacia las caballerizas. Su loba interna seguía sin dar señales de vida, pero había algo en su forma de caminar, una ligereza que desafiaba el peso que llevaba, que hacía que el Alpha apretara la barandilla de piedra hasta que sus nudillos crujían.—No se ha quejado ni una sola vez —dijo Killian, apareciendo a su espalda. Sus ojos estaban inyectados en sangre; el vínculo latente lo mantenía despierto por las noches, una picazón bajo la piel que no lograba calmar—. Silas dice que el Rey le dio leccione
El día sesenta amaneció con un cielo de color plomo y un viento que arrastraba el olor de la resina quemada. En la Fortaleza de la Luna Plateada, el tiempo no se medía por horas, sino por el esfuerzo físico. Astraea llevaba despierta desde antes del alba, sus manos entumecidas por el agua helada de los fregaderos, pero su mente se mantenía en un estado de alerta cristalina.La sensación de "presión" en su espalda ya no era solo un síntoma físico; era una brújula. Podía sentir la posición de Kaelen y Killian en el castillo sin necesidad de verlos, como dos focos de calor oscuro que se movían por los pasillos superiores.El trabajo en las cocinas era una forma de tortura diseñada para humillar. Martha, la jefa de cocina, se aseguraba de que Astraea tuviera las tareas más pesadas: cargar sacos de harina de cincuenta kilos, fregar los calderos de hierro donde la grasa se pegaba como el odio, y soportar las zancadillas de los guerreros que pasaban por allí para burlarse.Sin embargo, lo qu
El despertar en la Fortaleza de la Luna Plateada fue como emerger de un sueño profundo hacia una pesadilla de escarcha y piedra. El aire de las montañas del norte era una bofetada constante; no tenía la elegancia del frío de Draconis, que se sentía como seda fría. Aquí, el aire era un depredador que mordía los pulmones y recordaba a cada segundo que la vida era una concesión del Alpha.Astraea permaneció encadenada a la pared de su celda subterránea durante las primeras horas de la madrugada. El frío del suelo de piedra subía por sus pies, pero el fuego en su interior, aquel que Valerius había ayudado a reconocer, no se apagaba. Las venas de plata en su nuca vibraban con una intensidad sorda, una señal de advertencia que solo ella podía interpretar.La puerta de hierro se abrió con un estruendo que hizo eco en las profundidades del sótano. Kaelen entró primero, su figura recortada por la luz de una antorcha que sostenía un guardia. Tras él, Killian caminaba con esa elegancia perezosa
El día sesenta y dos no trajo un sol claro, sino un resplandor mortecino que apenas lograba perforar la bruma de azufre del Valle de los Lamentos. El aire pesaba como el plomo, y cada vuelta de las ruedas del carruaje sobre la grava suelta sonaba como una cuenta atrás. El destino ya no era una posibilidad lejana; era una mole de granito gris que se alzaba en el horizonte: la Piedra Fronteriza de los Lamentos.Astraea vestía la túnica de lana más gruesa que poseía, pero no era el frío lo que la hacía temblar. Era la estática. El aire alrededor del carruaje vibraba con una energía hostil, una frecuencia que solo ella parecía captar. Sus omóplatos ardían, y las líneas plateadas de su nuca palpitaban con tal fuerza que sentía que el latido le llegaba a los dientes.El carruaje se detuvo con un chirrido final. Valerius ya estaba fuera, flanqueado por Mikhail y Soren, quienes mantenían sus manos sobre las empuñaduras de sus espadas. Frente a ellos, a menos de cincuenta metros, se alzaba la
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