El balcón de piedra estaba suspendido sobre el abismo del bosque, una plataforma de roca fría que parecía el borde del mundo. Astraea se apoyó en la barandilla, dejando que el viento de la montaña enfriara su piel, que aún ardía por el contacto con el Rey. El vestido plateado, tan hermoso y extraño, ondeaba a su alrededor como una bandera de rendición.
—¿Qué me está pasando? —susurró al aire nocturno.
La visión del Rey llorando sobre una mujer de cabellos blancos seguía grabada en sus pupilas. Había sentido su dolor, una angustia tan vasta y profunda que la había dejado sin aliento. No era normal. Un omega no podía sentir el pasado de un Rey. Un "error" no debería ser capaz de sintonizar con la frecuencia de un Lycan puro.
Un crujido de botas sobre la piedra la sacó de sus pensamientos. Astraea no necesitó girarse; el aroma a bosque y tormenta, ahora cargado de una agresividad tóxica, le advirtió quiénes eran.
—Vaya, la rata tiene visiones de grandeza —dijo la voz de Killian, arrastra