El balcón de piedra estaba suspendido sobre el abismo del bosque, una plataforma de roca fría que parecía el borde del mundo. Astraea se apoyó en la barandilla, dejando que el viento de la montaña enfriara su piel, que aún ardía por el contacto con el Rey. El vestido plateado, tan hermoso y extraño, ondeaba a su alrededor como una bandera de rendición.
—¿Qué me está pasando? —susurró al aire nocturno.
La visión del Rey llorando sobre una mujer de cabellos blancos seguía grabada en sus pupilas.