Las habitaciones de invitados en el ala este de la casa principal eran un mundo aparte de la humedad y el moho del sótano. Aquí, las alfombras eran gruesas, de lana tejida a mano que amortiguaba cada paso, y las paredes estaban adornadas con tapices que narraban las antiguas guerras entre licántropos y humanos. Pero para Astraea, este lujo se sentía como una trampa.
Se sentó en una silla de madera tallada cerca de la ventana, temerosa de ensuciar las sábanas de lino de la cama con su ropa gasta