Astraea permaneció en la penumbra del sótano durante lo que parecieron horas, escuchando el eco de las risas y los brindis que subían desde el Gran Salón. El aire allí abajo era rancio y olía a humedad, pero era el único lugar donde no tenía que esconder su dolor. Sin embargo, esta noche el dolor era distinto. La marca en su nuca, ese pequeño cuarto de luna que todos ignoraban, palpitaba con un calor rítmico, como si tuviera un corazón propio que intentara sincronizarse con el del Rey que estaba unos metros por encima de ella.
—No puede ser —susurró, tocándose la piel ardiente—. No tengo lobo. No tengo pareja. Soy nada.
Pero su cuerpo decía lo contrario. Sentía una vitalidad extraña recorriendo sus venas, una fuerza que la hacía querer correr, no para huir, sino para cazar. Era una sensación aterradora y embriagadora a la vez.
—¡Astraea! —La voz de Martha, la jefa de cocina, rompió su trance—. ¡Sube ahora mismo! El Rey ha pedido más fruta y vino, y los gemelos quieren que tú seas la que limpie el desastre que hizo Sasha en la mesa.
Astraea cerró los ojos un segundo, buscando esa máscara de indiferencia que la había protegido durante años. Se alisó la túnica, trató de ocultar sus manos cortadas por la porcelana y subió los escalones de piedra.
Al entrar de nuevo en el salón, la atmósfera había cambiado. La presencia de Valerius Dragomir había transformado la estancia. Los guerreros ya no gritaban; hablaban en susurros. Los gemelos, Kaelen y Killian, estaban sentados rígidos, tratando de impresionar al Rey con historias de sus cacerías, pero Valerius apenas les prestaba atención. Sus ojos dorados estaban fijos en la entrada de la cocina.
Cuando Astraea apareció con la bandeja de plata, el silencio se hizo más denso. Ella caminó con la cabeza baja, esquivando las miradas. Se acercó a la mesa presidencial, donde Sasha acababa de volcar, a propósito, un cuenco de sopa sobre el mantel bordado.
—Límpialo, rata —dijo Sasha con una sonrisa cruel, mirando de reojo al Rey para ver si su "superioridad" lo impresionaba—. Parece que hoy estás más lenta de lo habitual. ¿Acaso la presencia de su Majestad te ha dejado más tonta?
Astraea se arrodilló sobre el suelo de madera, sacando un paño de su delantal. Mientras fregaba la mancha cerca de las botas de Kaelen, sintió la mirada de Valerius sobre ella. No era una mirada de asco. Era una mirada analítica, intensa, casi hambrienta.
—Es curioso —dijo de pronto la voz profunda del Rey, cortando el aire como una espada—. En mi corte, los Alphas se enorgullecen de la fuerza de sus omegas y sirvientes. Dicen que una manada es tan fuerte como su eslabón más débil.
El Alpha Thomas carraspeó, visiblemente incómodo.
—Esta joven es un caso especial, Majestad. Como le dije, es una huérfana de origen desconocido. No tiene el espíritu de un lobo.
—¿Ah, sí? —Valerius se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Estaba tan cerca de Astraea que ella podía olerlo: cuero, nieve y algo oscuro, como sangre antigua y poder—. Yo no veo debilidad. Veo resistencia. Se necesita mucha fuerza para no romperse cuando tantos intentan doblarte.
Kaelen apretó el puño sobre la mesa, sus nudillos volviéndose blancos. El hecho de que el Rey Lycan estuviera defendiendo, aunque fuera sutilmente, a su juguete preferido, encendió una chispa de celos territoriales que no comprendía.
—Solo es una terca, Majestad —intervino Kaelen, su voz cargada de un veneno que intentó disfrazar de respeto—. No confunda su silencio con fuerza. Ella sabe que no tiene lugar aquí. De hecho, estamos contando los días para que se marche.
—¿Y a dónde iría? —preguntó Valerius, sin apartar la vista de la nuca de Astraea, donde el cabello negro se había desplazado un poco, revelando la piel pálida.
—A los humanos, supongo —dijo Killian con un encogimiento de hombros—. O a morir en el bosque. A nadie le importa realmente.
Astraea sintió una punzada de dolor en el pecho. Aunque sabía que era cierto, escucharlo frente al Rey fue como una bofetada. Terminó de limpiar y se dispuso a levantarse, pero Sasha, molesta por la atención que el Rey le daba a la sirvienta, decidió intervenir.
—¡Ay! —exclamó Sasha, "tropezando" con el brazo de Astraea mientras esta se levantaba.
La bandeja de plata cayó al suelo con un estrépito metálico que resonó en todo el salón. Las frutas rodaron por el suelo y el vino manchó las botas de Kaelen.
—¡Inútil! —gritó Kaelen, reaccionando por puro instinto de Alpha—. ¡Mira lo que has hecho!
Se puso en pie de un salto y, antes de que Astraea pudiera disculparse, la agarró del brazo con una fuerza brutal. Su mano se cerró sobre el bíceps de la chica, donde los moretones de la tarde aún estaban sanando. Astraea soltó un grito ahogado de dolor.
—¡Suéltala, Kaelen! —La orden no vino de su padre, el Alpha Thomas. Vino de Valerius.
La voz del Rey no fue un grito; fue un rugido contenido que hizo que las copas de cristal de la mesa vibraran. La presión del aura de Valerius se expandió por el salón como una onda de choque. Los guerreros en las mesas lejanas bajaron la cabeza por puro instinto de sumisión.
Kaelen se quedó helado. Sus dedos se aflojaron, pero no soltó a Astraea de inmediato. Su lobo interno estaba erizado, reconociendo el desafío, pero el miedo al Rey era mayor.
—Es mi sirvienta, Majestad —balbuceó Kaelen, tratando de recuperar su dignidad—. Solo estoy enseñándole...
—No estás enseñando nada —dijo Valerius, levantándose lentamente. Su estatura era imponente, y la luz de las antorchas hacía que sus ojos dorados parecieran fuego real—. Estás abusando de tu posición. Un verdadero Alpha protege a los que están bajo su techo, no los marca como si fueran ganado.
Valerius rodeó la mesa. Cada paso que daba parecía hacer temblar los cimientos de la casa. Se detuvo frente a Astraea y Kaelen. Con una elegancia letal, puso su mano sobre la de Kaelen, obligándolo a soltar el brazo de la chica.
El contacto entre los dos hombres fue eléctrico. Kaelen retrocedió un paso, sintiendo el frío gélido de la autoridad del Rey.
Valerius miró a Astraea. Por un segundo, ella vio algo en sus ojos que la dejó sin aliento: una protección feroz, una promesa de destrucción para cualquiera que la tocara. Pero luego, el Rey ocultó esa emoción tras una máscara de cortesía gélida.
—Vete a tus habitaciones, pequeña —dijo Valerius suavemente, aunque su voz seguía teniendo ese filo de acero—. Creo que ya has trabajado suficiente por hoy.
Astraea no esperó a que se lo dijeran dos veces. Recogió la bandeja con manos temblorosas y huyó hacia la cocina, sintiendo las miradas de odio de Sasha, Miriam y los gemelos clavadas en su espalda como puñales.
En el salón, el Rey Valerius se volvió hacia el Alpha Thomas, quien parecía querer desaparecer bajo la mesa.
—Thomas, mañana quiero ver los registros de esta joven —dijo Valerius, su tono no admitía réplica—. Su origen me resulta... intrigante. Y me gustaría saber por qué una "huérfana protegida" por las leyes del Consejo Supremo tiene marcas de dedos en sus brazos que no parecen de un accidente.
Kaelen y Killian se miraron. El miedo empezaba a filtrarse por las grietas de su arrogancia. El Rey no solo la había defendido; la había notado. Y en su mundo, cuando un depredador como Valerius Dragomir notaba algo, se lo quedaba.
—Ella no es nada para usted, Majestad —susurró Killian, su voz cargada de una envidia que empezaba a transformarse en algo más oscuro.
Valerius sonrió, pero fue la sonrisa de un lobo antes de morder.
—Eso está por verse, cachorro. Eso está por verse.
En el sótano, Astraea se encerró en su pequeño cuarto. Se quitó la túnica y miró su brazo. Donde Kaelen la había apretado, la piel estaba roja, pero mientras observaba, el color empezó a desvanecerse. Sintió un cosquilleo, un frío repentino en su sangre.
No era solo sanación de loba. Era algo más. Sus sentidos estaban alerta; podía escuchar el latido del corazón del Rey en el piso de arriba, podía oler el miedo de los gemelos y el perfume floral de las chicas. Pero sobre todo, sentía un hambre nueva. Un hambre de algo que no era comida.
Miró el calendario rayado en la pared.
87 días.
Pero por primera vez, Astraea no se preguntó si llegaría al día de su cumpleaños. Se preguntó si la manada sobreviviría a lo que estaba despertando dentro de ella... y al hombre que acababa de reclamar su protección frente a todos.