Mundo ficciónIniciar sesiónEl camino hacia el instituto de la manada no era un alivio; era simplemente un cambio de escenario para el mismo teatro de sombras. Mientras que en la casa comunal Astraea era la sirvienta invisible, en los pasillos de la academia era el blanco móvil, el ejemplo viviente de lo que le sucede a los "sin sangre" y a los débiles.
El sol de la mañana era una burla brillante contra el pavimento gris. Astraea caminaba por el arcén de la carretera, con su mochila vieja y remendada colgada de un solo hombro. La mayoría de los jóvenes de la manada iban en coches deportivos caros, regalos de sus padres Alphas y Betas, o corrían por el bosque en sus formas lobunas, disfrutando de la velocidad y la conexión con la naturaleza. Astraea no tenía ninguna de esas opciones. Sus pies, calzados con unas zapatillas gastadas que filtraban la humedad del rocío, eran su único medio de transporte.
Cada vez que un coche pasaba a toda velocidad, levantando una nube de polvo o agua, los ocupantes gritaban insultos o lanzaban latas vacías hacia ella. Astraea ni siquiera se inmutaba. Había desarrollado una especie de caparazón mental, un lugar profundo dentro de sí misma donde se escondía mientras su cuerpo seguía adelante.
Al llegar a las puertas de la academia, el aroma a feromonas de adolescentes lobos era casi asfixiante. Los licántropos tenían sentidos hiperdesarrollados, y para alguien como ella, cuya nariz parecía captar matices que los demás ignoraban, el ambiente era un cóctel de agresividad, deseo y jerarquía.
—¡Vaya, miren quién decidió arrastrarse hasta aquí hoy! —La voz de Sasha resonó en el estacionamiento. Estaba apoyada contra el flamante todoterreno negro de Kaelen.
Astraea intentó rodear el grupo, manteniendo la vista fija en la entrada de ladrillo rojo, pero no fue lo suficientemente rápida. Killian apareció de la nada, bloqueando su camino con esa agilidad sobrenatural que todos los lobos poseían y que a ella le faltaba.
—¿A dónde vas con tanta prisa, espectro? —Killian sonrió, pero sus ojos estaban llenos de una malevolencia fría—. Aún no nos has saludado adecuadamente.
Kaelen se acercó lentamente, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero. La multitud de estudiantes comenzó a formar un círculo, sabiendo que el espectáculo de la mañana estaba por comenzar. En la jerarquía de la manada, ver a los Alphas humillar a la "rata" era una forma de reafirmar el orden natural de las cosas.
—Huele a ceniza —comentó Kaelen, deteniéndose a una distancia que invadía cruelmente el espacio personal de Astraea—. Has estado en la cocina otra vez, ¿verdad? Es el único lugar donde encajas, entre los desperdicios.
—Tengo que ir a clase, Alpha —susurró Astraea, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. Podía sentir el pulso en su nuca, ese latido rítmico que parecía responder a la cercanía de los gemelos.
—¿Clase? —Sasha soltó una carcajada estridente, acercándose para quedar cara a cara con Astraea. Sasha era hermosa de una manera convencional y agresiva: cabello rubio platino, ojos azules eléctricos y un cuerpo que ya gritaba su posición como futura Luna—. ¿Para qué necesita una muerta de hambre como tú ir a clase? No es como si fueras a ser algo más que una fregona con patas.
Sasha extendió una mano y, con un movimiento rápido, arrebató la mochila de los hombros de Astraea.
—¡Dame eso! —Astraea se olvidó por un segundo de su regla de oro y trató de recuperarla.
Fue un error. Killian la empujó del hombro con la fuerza suficiente para hacerla tambalear, mientras Sasha abría la mochila y volcaba su contenido en el suelo. Sus libros usados, sus cuadernos con las esquinas dobladas y un pequeño trozo de pan envuelto en una servilleta —su único almuerzo— cayeron sobre el asfalto sucio.
—¿Esto es lo que comes? —Miriam, la novia de Killian, se unió al círculo, pisoteando deliberadamente el trozo de pan con su bota—. Patético. Igual de seco y miserable que tú.
Astraea se arrodilló para recoger sus pertenencias, sintiendo las miradas de desprecio y las risas sofocadas de los demás estudiantes. Sus dedos rozaron el asfalto frío, y por un momento, una oleada de una ira oscura y líquida recorrió sus venas. No era la ira de una loba; era algo más denso, algo que la hacía querer mostrar los colmillos, aunque nunca los había sentido.
—Mírenla —dijo Kaelen, bajando la voz hasta que solo ella pudo oírlo—. Ni siquiera se defiende. Ni siquiera tiene el orgullo de gruñir. ¿Estás segura de que eres una loba, Astraea? A veces pienso que eres simplemente un error de la naturaleza que se olvidaron de enterrar.
Astraea no respondió. Recogió su cuaderno, el cual ahora tenía la huella de la bota de Miriam marcada en la portada. En ese cuaderno, en las últimas páginas, ella escribía los días que faltaban. 89.
El timbre sonó, dispersando a la multitud. Los gemelos y sus novias se marcharon con aires de triunfo, dejándola sola en el suelo. Astraea se tomó un momento para respirar, obligando a su ritmo cardíaco a estabilizarse. Sabía que no debía reaccionar. Reaccionar solo alimentaba su sed de crueldad.
Las clases no eran mejores. Los profesores, también miembros de la manada, la ignoraban sistemáticamente. No le hacían preguntas, no corregían sus trabajos con interés y la sentaban siempre al final, en las sombras. Para ellos, ella era una carga administrativa, una obligación impuesta por el Consejo que establecía que todos los jóvenes debían recibir educación hasta los dieciocho años.
Durante la clase de Historia de las Manadas, el profesor hablaba sobre el Gran Consejo Supremo y la pureza de la sangre.
—...y por eso, la mezcla de linajes es el mayor tabú de nuestra sociedad —explicaba el profesor, moviéndose frente a la pizarra—. La Diosa de la Luna nos dio el don del cambio para protegernos, para ser una unidad. Aquellos que nacen sin el vínculo, o aquellos que portan sangre impura, son un peligro para la estabilidad de la manada. Son eslabones débiles que invitan a la extinción.
Astraea sintió que cada palabra era un dardo dirigido a ella. Se encogió en su asiento, tratando de hacerse pequeña. Sabía que su sangre era extraña. Recordaba las noches de luna llena, cuando todos los demás salían a correr, aullando de alegría mientras sus huesos se rompían y se reformaban en sus formas lobunas. Ella se quedaba encerrada en el sótano, sintiendo una fiebre abrasadora, una presión en sus encías y un hambre que la carne cruda no lograba satisfacer del todo. Pero nunca hubo una transformación. Solo dolor.
Al terminar las clases, el ciclo se repetía. Debía regresar a la casa principal para empezar con las tareas de la cena. El camino de vuelta era cuesta arriba, lo que hacía que sus piernas, debilitadas por la mala alimentación, ardieran de cansancio.
A mitad de camino por el sendero del bosque que servía de atajo, escuchó el crujido de ramas. Sus sentidos se tensaron. No era el movimiento casual de un animal pequeño. Era el paso rítmico y pesado de depredadores.
De entre los árboles surgieron Kaelen y Killian. Esta vez no estaban en su forma humana completa. Sus ojos brillaban con el fulgor dorado de sus lobos y sus caninos estaban ligeramente extendidos. Estaban practicando su transición parcial, una muestra de poder que los adolescentes Alphas solían hacer para intimidar.
—Nos aburrimos en el entrenamiento, Astraea —dijo Killian, bloqueando el sendero—. El instructor dice que necesitamos practicar nuestro rastreo de presas que no quieren ser encontradas.
—No soy una presa —dijo ella, tratando de mantener la voz firme, aunque sus rodillas temblaban.
—Aquí fuera, en el bosque, eres lo que nosotros digamos que eres —sentenció Kaelen.
Se lanzaron hacia ella. No fue un ataque para matar, sino para jugar. La empujaron de un lado a otro, usándola como un balón de entrenamiento. Astraea cayó sobre las raíces de un roble viejo, raspándose los brazos y las mejillas. Sentía el vaho caliente de sus respiraciones sobre su cuello, el roce de sus garras en su ropa, desgarrándola.
—¡Corre! —le gritó Killian al oído—. Vamos, haznos el favor de correr. Danos una cacería de verdad.
Astraea se puso en pie, con la respiración entrecortada. Podía ver el bosque a su alrededor, las sombras alargándose con el atardecer. Por un instante, el miedo fue reemplazado por una lucidez fría. Miró a los gemelos a los ojos. Por primera vez, no bajó la mirada.
—No voy a correr —dijo, con una calma que pareció desconcertarlos por un segundo—. Porque sé que lo que más odian no es que yo sea débil. Lo que más odian es que sigo aquí, respirando, a pesar de todo lo que me hacen.
El rostro de Kaelen se transformó en una máscara de furia pura. El orgullo de un Alpha no toleraba la resistencia, especialmente de alguien a quien consideraba inferior a un gusano. La agarró por el cuello de la camisa y la levantó del suelo, estrellándola contra el tronco del árbol.
—Tu arrogancia te va a costar cara, huérfana —siseó Kaelen—. Disfruta de tus últimos días de paz. Cuando cumplas dieciocho y el consejo te quite la protección de "huérfana protegida", serás propiedad de la manada. Y nosotros nos encargaremos de que aprendas cuál es tu lugar.
La soltó y ella cayó al suelo, tosiendo y frotándose el cuello. Los gemelos se alejaron, internándose en la espesura del bosque con una velocidad que ella nunca podría alcanzar.
Astraea se quedó allí, sola en la oscuridad creciente. Se limpió la sangre de la mejilla con el dorso de la mano. Lo que los gemelos no sabían era que ella no planeaba quedarse ni un segundo más después de que el reloj marcara la medianoche de su cumpleaños.
Lo que tampoco sabía Astraea era que alguien más la estaba observando. Desde una colina cercana, una figura envuelta en una capa oscura observaba la escena. El Rey Valerius Dragomir había llegado antes de lo previsto a las tierras del norte. No venía para una visita oficial, sino siguiendo un rastro de energía que solo él, con su sangre Lycan pura y antigua, podía detectar.
Había visto el maltrato. Había sentido la oleada de poder oscuro que emanó de la chica por un breve segundo. Y, sobre todo, había sentido el aroma. Era tenue, oculto bajo capas de miedo y suciedad, pero estaba ahí: una mezcla de flores nocturnas, ozono y... algo metálico. Algo que no debería existir en una loba.
—Pronto, pequeña —susurró el Rey para sí mismo, su voz perdiéndose en el viento—. Pronto sabrás lo que es ser protegida por alguien que realmente sabe lo que vales.
Astraea se levantó, recogió su mochila destrozada y caminó hacia la casa de la manada. Tenía que preparar la cena. Tenía que sobrevivir un día más.







