Mundo ficciónIniciar sesiónSussan es una chica que solo quiere pasar desapercibida durante su último semestre en la secundaria Marie Curie, a la que ha llegado después de que su madre, Lia, quedara a cargo de ella y la trasladara a otra ciudad para vivir con el alcohólico de su novio, pero si Sussan creyó que le bastaría con mirar hacia el suelo para no llamar la atención de nadie, se equivocó, porque su llegada ha llamado la atención de dos poderosos gemelos del clan local que no tardarán en hacerla partícipe de los desafíos que afrontan como Alfas pero, por encima de todo, de la atracción irrefrenable que los dos sienten por ella.
Leer másSiempre he sido una chica común, con una vida algo desastrosa y complicada por las decisiones que mis padres tomaron, pero siempre común, y creo que ese ha sido mi mejor medio para pasar desapercibida y evitarme así los problemas propios de la adolescencia.
Llegué a esta pequeña ciudad, cuyo nombre en realidad no importa, proveniente de otra mucho más grande y lejana y después de haber quedado bajo la tutela legal de mi madre, a quien comencé a conocer hace unos meses, luego de la muerte de mi abuela paterna y quien se había hecho cargo de mí desde que tenía cinco años. Ahora estoy solo a unos meses de cumplir la mayoría de edad y liberarme, de una buena vez, de la vida con mi mamá, que no puede ser más caótica porque vive con un hombre que no vale más que el sofá desvencijado en el que pasa su existencia recostado y bebiendo, con los ojos clavados en la pantalla de un televisor que creo que ni siquiera es capaz de observar.
—¿Vas a salir? —me preguntó Dub, el novio de mamá, que solo parece reaccionar o bien cuando yo paso por su lado o escucha que alguien está por salir y siempre es por lo mismo— Tráeme una cervezas, que las que hay en el refrigerador están por acabarse.
Le dije que sí, aunque sé que no las voy a traer y no solo porque aún soy menor. No he estado ahorrando para pagarle su trago, sino para, tan pronto cumpla los dieciocho, largarme.
La sensación del viento frío en mi cara era todo lo que necesitaba en ese momento y me provoca a caminar. Al día siguiente comenzaban las clases, el último semestre de la preparatoria, y ni siquiera sabía dónde quedaba la escuela.
—¿Conoces la Escuela Marie Curie? —pregunté a la cajera de la tienda a la que entré a comprarme unas barras de cereal, una joven que no debía llevarme más que unos años y que, al parecer, también debió tomar decisiones similares a las mías.
—¿Ya inician las clases? —dijo, con una sonrisa que parecía llevarla a tiempos en los que quizá fue más feliz— ¿Eres nueva por aquí, cierto?
Asentí, algo avergonzada por haber sido descubierta tan fácilmente.
—La Curie está a dos calles de aquí, bajando por esa estación de gasolina que ves a tu derecha.
Comprendí qué me había delatado y cuando estaba por irme con mi compra, me sentí tentada a probar suerte.
—Sabes de… no sé, ¿un trabajo…? —pregunté a la cajera con quien sentía que podía congeniar, pese a solo haber intercambiado un par de palabras.
—Pregunta en los restaurantes de la Calle Evans —dijo con la actitud de una auténtica veterana en la consecución de trabajos a medio tiempo—. Siempre están solicitando meseras.
Le agradecí el dato con una sonrisa que pretendió ser cómplice, pero me debió salir fatal porque me miró con algo de condescendencia, como diciéndome “Yo ya pasé por lo mismo que tú estás por descubrir, novata”.
Decidí pasar por la escuela con la única intención de verla y asegurarme de que sí estuviera en donde me había dicho la chica de la caja. Cuando la tuve enfrente, me di cuenta de que era como cualquier otra escuela, solo que algo más pequeña y entonces comprendí que, al estar en una población más reducida mis posibilidades de seguir siendo solo una chica común, que pasa desapercibida, se reducían considerablemente. Este debía ser uno de esos pueblos en donde todos se conocen por su nombre. De pronto se me habían ido las ganas de comer.
Al regresar a casa escuché a mi madre peleando con Dub, encerrados en su habitación, como si eso evitara salir el ruido que estaban haciendo y que, estaba segura, hasta los vecinos debían estar oyendo. No me entrometí, ni siquiera presté atención a lo que se decían o cuál era el motivo de la discusión, aunque ni queriendo no oír pude deducir que se trataba, una vez más, sobre el dinero que nunca alcanzaba porque Dub se lo bebía todo sin aportar nada.
El aire dentro de la casa estaba viciado y hacía calor, así que me quedé en el porche, con los audífonos conectados al máximo volumen para no oír los gritos que llegaban desde el fondo de la casa. Eran casi las nueve, de una noche de domingo como cualquier otra, en la que nada ni nadie pasaba por las calles de una población pequeña, en la que quizá ya no tendría la misma oportunidad que sí había tenido en la gran ciudad de la que venía, la de pasar desapercibida, como una chica común que no se quiere meter con nadie, para que nadie, no deseado, se meta con ella.
—Sussan —exclamó mi madre cuando me vio. Supe, por su mirada, que no esperaba encontrarme ahí. La situación se tornó tensa rápidamente. Ni siquiera era consciente de qué canción estaba sonando en ese momento -creo que algo de Bon Jovi- y tampoco sabía cuándo había dejado de escuchar los gritos de su pelea con Dub.
—Eli —contesté, levantando la mirada.
—Mañana al cole, ¿eh? —dijo mi madre mientras sacaba un cigarrillo y solo después de varios segundos en silencio.
Me levanté.
—No tienes que irte —dijo Eli.
—Pero es lo que quiero hacer —contesté y la respuesta valía tanto para ese momento como para cualquier otro.
Eli no hizo ningún esfuerzo por detenerme y entré a la casa, al aire viciado de esa casa a la que nunca debí haber llegado. Suspiré al entrar a mi habitación, una alcoba en donde solo había una cama sencilla y un espejo de cuerpo completo, roto en la esquina inferior izquierda. Me eché sobre la cama, todavía con los audífonos en mis oídos, está vez consciente de que sonaba It´s My Life, para intentar dormir. ¿Seguiría teniendo la misma suerte de antes, o la Escuela Marie Curie cambiaría mi vida para siempre? Solo lo comenzaría a saber hasta el día siguiente.
—Vendrás a vivir con nosotros —repitió Axel ante mi silencio, uno que, como él pudo deducir con solo un vistazo, solo antecedía la explosión, que no demoré más.—De ninguna manera me iré a vivir contigo —dije cuando noté que Axel había deducido que mi silencio no era para nada una callada aceptación de lo que me decía.—Es que no te lo estoy preguntando, Sussan —dijo Axel con ese aire nuevo de padre amenazante que ahora había adoptado y que estaba muy lejos del dulce y conciliador hombre que había entrado a mi habitación, pidiendo permiso para hacerlo.No sé qué me daba más ira. Si su hipocresía al hacerse pasar por padre preocupado o esa nueva actitud suya de hombre superior y mandón, que podía hacer conmigo lo que se le diera en gana pese a que había al bache de diecisiete años en que estuvo ausente—. Eso debe quedarte claro.—Yo no soy tu familia y no puede venir así no más, después de tanto tiempo, a creer que me puedes dar órdenes sobre dónde y con quién debo vivir —dije pese a s
La presencia de los gemelos y de Axel fue demasiado para mí.—Ahora debo irme —dije recobrando algo de la ira que se había apoderado de mí cuando vi a quien se hacía llamar mi padre.—Sussan, espera. —Escuché que dijo Axel a mis espaldas, pero su voz ya era un susurro. En ese momento estaba decidida a irme a mi habitación y encerrarme.Caminé de vuelta a mi cuarto con prisa, no queriendo ver u oír a nadie, ni a Axel, ni Lia ni a los gemelos. A nadie.Y lo habría logrado de no ser porque esa voz en mi interior comenzó a taladrarme la cabeza.—Oye, escucha, sé que me puedes oír.Cerré la puerta de mi habitación y me arrojé a la cama.—No, no puedo oírte. Hacerlo es de locos.—Vamos, sé que puedes hacerlo por mucho que te niegues. Escúchame.—que te vayas te digo. No voy a caer en esta trampa tuya porque no estoy dispuesta a admitir que estoy loca. Oír voces es de locos.Me cubrí con las cobijas y recé por poder dormir de nuevo. La aparición de Axel, seguida de la de los gemelos, en la p
—Tu padre ha venido —repicaron las palabras de Lia en mi mente.Tuve que procesarlas como si vinieran de un cuento fantástico que intentaran hacerme creer que era real.La palabras “padre” me resultaba más fantasiosa que “dragón”, “duende” o “hada”. Solo no la encontraba en mi repertorio de cosas reales, existentes.—Vamos, baja —insistió Lia y percibí algo de celos en el tono de su voz¿Celos? ¿Por qué habría Lia de estar celosa?—¿Dices que está aquí? —pregunté sin saber qué otra cosa decir.—No sé cómo, pero la trabajadora social ha podido contactarlo —respondió Lia antes de darse vuelta.No encontraba una explicación para los repentinos celos que había detectado en Lia, pero de momento no importaba porque mi mente se encontraba atribulada con lo que fuera que hubiese llegado a casa esa mañana.Salí de mi habitación sin importarme que estuviera en pijama y sin siquiera haberme percatado del estado en que se encontraba mi rostro, todavía con los signos de la golpiza que había propin
Al girar hacia atrás, casi me caigo al ver lo que había producido el sonido que llamó mi atención.Frente a mí, apoyados en sus cuatro patas, había dos enormes lobos negros.Nunca en mi vida había estado frente a un lobo, ni siquiera los había visto en algún zoológico. Solo los había visto en televisión o fotografías por internet, pero ahora, en medio de ese bosque, tenía a dos, de gran tamaño, frente a mí, observándome como si yo fuese su almuerzo.Desde luego que estaba asustada, pero la situación me pareció tan irónica y extraña, que por algún motivo mi reacción no fue la de salir corriendo; además, qué caso tenía. Si lo hacía, era evidente que en tres zancadas los lobos me alcanzarían. Si iba a morir, al menos pensaba hacerlo de frente, sin darle la espalda a esas criaturas.Aguardé, petrificada, a que los lobos se abalanzaran encima mío, con sus enormes bocas abiertas, de grandes dientes amarillos que me clavarían en la carne para desgarrarla. Sería doloroso, pero quizá en solo u
Para el momento en que salí del baño, Jeniffer se acercó.—Los gemelos ya se han ido —dijo—. ¿Acaso fue alguno de ellos el que te hizo eso?—No, nada de eso.—Porque odio a los hombres que golpean a las mujeres.—Sí, yo también, pero te aseguro que no ninguno de ellos.—Está bien. Mira, te dejaron esto.Jeniffer me extendió una nota. Esperé a que se hubiera alejado para leerla.“No te escondas de nosotros”.Suspiré.Lo que más deseaba en ese momento era justo lo que me pedían que no hiciera.Ya estaba cansada de ese tema de los gemelos, de sus juegos y de las consecuencias que eso tenía. No iba a entrar en esa trama de peleas por celos, mucho menos contra una mujer como Chloe, que parecía estar dispuesta a lo que fuera por quedarse con Ethan. Aunque Amelia parecía no ser tan arriesgada, a veces los secuaces pueden también sorprenderte y me bastaba con saber que Chloe era una psicótica que podía llegar a matarme. No iba a arriesgar mi vida por esto.Guardé la nota en mi pantalón y espe
Pude dormir lo suficiente para sentirme descansada al día siguiente. Fue un sueño tan profundo, que ni siquiera recordaba haber pensado en nada de lo que sucedió la noche anterior, de la que no me acordé sino hasta que vi la luz del día filtrándose por la ventana de mi cuarto. El dolor en mi cara también regresó, lo mismo que en mi tobillo, que me revisé, por encima. Era un milagro que, después de como lo había esforzado y hasta maltratado, no estuviera más hinchado sino que, al contrario, parecía estar sanando.De todas formas, ya había decidido que me iría del pueblo el próximo viernes.Tenía unos ahorros considerables, todavía insuficientes para mantenerme de por vida, pero al menos me darían para marcharme a otra ciudad, alquilar algo y conseguir un trabajo. Ya sacaría el grado con el examen GED.En el transcurso de esa semana ultimaría los detalles del viaje.Pasé al baño a hurtadillas y después de escuchar los ronquidos de Dub, provenientes de la habitación en la que dormía con
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