El resto de la tarde fue un torbellino de ansiedad para Astraea. Tras lavarse el barro del foso en el arroyo helado —ya que Martha le prohibió usar el agua caliente de la cocina como castigo por "provocar" al Rey—, se recluyó en su rincón del sótano. Sus dedos estaban entumecidos, pero su mente ardía.
La orden del Rey era clara: mañana patrullaría con él. Para cualquier otro lobo de la manada, eso sería un honor supremo, una oportunidad para ascender en la jerarquía. Para ella, era caminar dire