El resto de la tarde fue un torbellino de ansiedad para Astraea. Tras lavarse el barro del foso en el arroyo helado —ya que Martha le prohibió usar el agua caliente de la cocina como castigo por "provocar" al Rey—, se recluyó en su rincón del sótano. Sus dedos estaban entumecidos, pero su mente ardía.
La orden del Rey era clara: mañana patrullaría con él. Para cualquier otro lobo de la manada, eso sería un honor supremo, una oportunidad para ascender en la jerarquía. Para ella, era caminar directamente hacia la boca del lobo más grande que jamás había conocido.
—¿Por qué yo? —se preguntaba, frotando su brazo donde el calor de la mano de Valerius parecía persistir como una marca invisible—. Él sabe que no soy nada. Solo quiere burlarse de la manada usándome a mí.
Mientras tanto, en el piso superior, el ambiente era tóxico. Kaelen y Killian estaban encerrados en su habitación privada, el olor a su furia era tan denso que incluso los omegas que pasaban por el pasillo bajaban las orejas.