La mañana siguiente al altercado en el Gran Salón amaneció envuelta en una niebla densa y pegajosa, como si el mismo bosque quisiera ocultar las tensiones que hervían dentro de la Manada de la Luna Plateada. Astraea no había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión gélida de la mano de Valerius sobre la de Kaelen y el eco de esa voz profunda que la había llamado "pequeña".
En el mundo de los licántropos, el respeto se ganaba con sangre o con rango. Ella no tenía ninguna de las