Capitulo 6

La mañana siguiente al altercado en el Gran Salón amaneció envuelta en una niebla densa y pegajosa, como si el mismo bosque quisiera ocultar las tensiones que hervían dentro de la Manada de la Luna Plateada. Astraea no había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión gélida de la mano de Valerius sobre la de Kaelen y el eco de esa voz profunda que la había llamado "pequeña".

En el mundo de los licántropos, el respeto se ganaba con sangre o con rango. Ella no tenía ninguna de las dos cosas, y que el Rey hubiera intervenido a su favor no era una bendición; era una sentencia. Sabía que los gemelos no perdonarían la humillación pública que habían sufrido.

—Astraea, deja de mirar las musarañas y termina de desplumar esas perdices —ladró Martha, dándole un golpe en el hombro con un trapo de cocina—. El Rey se queda una semana más para supervisar el entrenamiento de los guerreros, y el Alpha Thomas está de un humor de perros. Si te cruzas en su camino hoy, no habrá Rey que te
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