Astraea permaneció en la penumbra del sótano durante lo que parecieron horas, escuchando el eco de las risas y los brindis que subían desde el Gran Salón. El aire allí abajo era rancio y olía a humedad, pero era el único lugar donde no tenía que esconder su dolor. Sin embargo, esta noche el dolor era distinto. La marca en su nuca, ese pequeño cuarto de luna que todos ignoraban, palpitaba con un calor rítmico, como si tuviera un corazón propio que intentara sincronizarse con el del Rey que estaba unos metros por encima de ella.—No puede ser —susurró, tocándose la piel ardiente—. No tengo lobo. No tengo pareja. Soy nada.Pero su cuerpo decía lo contrario. Sentía una vitalidad extraña recorriendo sus venas, una fuerza que la hacía querer correr, no para huir, sino para cazar. Era una sensación aterradora y embriagadora a la vez.—¡Astraea! —La voz de Martha, la jefa de cocina, rompió su trance—. ¡Sube ahora mismo! El Rey ha pedido más fruta y vino, y los gemelos quieren que tú seas la q
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