La mañana de la cena formal amaneció con un silencio sepulcral en la casa principal. Para Astraea, el lujo de la habitación de invitados no era más que una vitrina donde se sentía como un animal de exposición. Había pasado la noche en vela, observando las sombras de los dos grandes lobos que patrullaban bajo su ventana, recordándole que, aunque el Rey fuera el dueño del mundo, ellos eran los dueños de su tormento cotidiano.
A media mañana, alguien llamó a la puerta. Esta vez no fue Martha, sino