Capítulo 3

La noche no traía descanso, solo un tipo diferente de fatiga. Cuando Astraea finalmente regresó a la casa principal, sus pulmones aún ardían por el esfuerzo de no romperse a llorar en el bosque. El silencio de la cocina, roto solo por el chisporroteo del fuego que nunca debía apagarse, era su único refugio.

Se quitó la camisa rota con manos temblorosas. Al verse en el pequeño y astillado trozo de espejo que guardaba bajo su jergón, soltó un suspiro entrecortado. Los moretones en sus hombros, producto de los empujones de Killian, ya estaban pasando de un violeta oscuro a un amarillo pálido. Era demasiado rápido. Astraea pasó sus dedos por la piel, sintiendo un calor inusual. Un lobo normal sanaría así, pero ella se suponía que no tenía esa fuerza.

—Es el miedo —se mintió a sí misma en un susurro—. Es solo que mi cuerpo quiere sobrevivir.

Se lavó la cara con agua helada, tratando de borrar el rastro de la tierra y la sangre seca de su mejilla. El corte que Kaelen le había provocado al estrellarla contra el árbol apenas era ya una línea rosada. Le aterraba. En una manada donde la pureza lo era todo, ser "diferente" era una sentencia de muerte. Si los gemelos descubrían que tenía capacidades regenerativas sin tener un lobo despierto, la entregarían al Consejo Supremo para ser experimentada o ejecutada como una aberración.

—¡Astraea! ¡La cena no se va a servir sola, estúpida rata! —El grito de la jefa de cocina, una mujer Beta amargada llamada Martha, retumbó desde la planta superior.

Astraea se puso una túnica vieja, la más holgada que tenía para ocultar su figura y sus marcas, y subió las escaleras.

El Gran Salón de la Manada de la Luna Plateada era un despliegue de opulencia rústica. Largas mesas de roble estaban repletas de carnes asadas, jarras de cerveza y hogazas de pan que ella misma había horneado esa mañana. En la mesa presidencial, el Alpha Thomas presidía con una expresión de orgullo, flanqueado por sus hijos, Kaelen y Killian, quienes reían mientras Sasha y Miriam se colgaban de sus brazos.

Astraea comenzó a repartir las fuentes pesadas. El olor a comida mezclado con el sudor de los guerreros y los perfumes caros de las mujeres le revolvía el estómago.

—Cuidado, huérfana —siseó Killian cuando ella pasó por su lado para servir más vino—. Tus manos tiemblan. ¿Todavía tienes miedo de los "juegos" de esta tarde?

Astraea no respondió, concentrada en no derramar ni una gota. Pero Sasha, que disfrutaba de la atención de Kaelen, no iba a dejarla pasar tan fácilmente.

—Kae, cariño —dijo Sasha, con una voz lo suficientemente alta para que la escucharan las mesas cercanas—, ¿no crees que Astraea necesita un nuevo uniforme? Este parece que se lo robó a un cadáver. Aunque, claro, considerando su olor, quizás el cadáver se sentiría insultado.

Las risas estallaron a su alrededor. Kaelen miró a Astraea de arriba abajo. Sus ojos azules se entrecerraron. Había algo en ella esta noche que lo irritaba; no era solo su presencia, era la forma en que su piel parecía brillar bajo la luz de las antorchas, a pesar de la mugre.

—No malgastes palabras en ella, Sasha —respondió Kaelen con frialdad—. Es solo una herramienta. Y las herramientas no necesitan verse bien, solo necesitan funcionar.

En ese momento, las puertas principales del salón se abrieron de par en par. El viento frío del norte entró como una exhalación, apagando algunas de las antorchas periféricas. El silencio cayó sobre el lugar como una losa de granito. Los guerreros se pusieron en pie, sus instintos de lobo gritándoles que un depredador de rango superior acababa de entrar en su territorio.

El Alpha Thomas se levantó lentamente, su rostro palideciendo.

—Rey Valerius... —murmuró, su voz cargada de una mezcla de reverencia y terror—. No esperábamos su visita hasta dentro de tres lunas.

Astraea, atrapada en medio del pasillo con una jarra de plata en las manos, se quedó petrificada. Nunca había visto al Rey Lycan, pero la energía que emanaba del hombre que caminaba por el centro del salón era abrumadora. Era alto, mucho más que cualquier Alpha de la manada, vestido con ropa de viaje negra que parecía absorber la luz. Su cabello era oscuro como la medianoche y sus ojos... sus ojos eran pozos de oro fundido que parecían ver a través de las paredes, de los secretos y de las almas.

Valerius no miró al Alpha Thomas. Sus ojos barrieron el salón con una indiferencia real, hasta que se detuvieron.

Astraea sintió que el mundo se detenía. Por un segundo, la mirada del Rey se clavó en la suya. Fue como una descarga eléctrica que recorrió cada fibra de su ser, haciendo que la marca en su nuca ardiera con una intensidad dolorosa. Por primera vez en su vida, su lobo inexistente pareció dar un vuelco, un susurro de reconocimiento que la dejó sin aliento.

Valerius apretó la mandíbula, sus fosas nasales dilatándose. El aroma que había rastreado desde el bosque estaba aquí. Era más fuerte, más dulce, pero estaba manchado por el olor del miedo y el desprecio de los que la rodeaban. Vio el moreno amarillento en su brazo, que asomaba por la manga de su túnica rota. Vio la delgadez de sus manos.

—La hospitalidad de la Luna Plateada parece haber decaído —dijo Valerius. Su voz era un barítono profundo que vibraba en el pecho de todos los presentes—. O quizás es que sus sirvientes son tan incompetentes que no merecen ni una túnica entera.

El Alpha Thomas tragó saliva, mirando con odio hacia Astraea.

—Es solo una huérfana, Majestad. Una sin rango. No es representativa de nuestra manada. Por favor, tome asiento. Astraea, ¡lárgate de mi vista! —rugió el Alpha.

Astraea hizo una reverencia apresurada, con el corazón martilleando contra sus costillas, y casi corrió hacia las sombras de la cocina. Podía sentir la mirada del Rey quemándole la espalda, una mirada que no era de desprecio como la de los demás, sino de algo mucho más pesado y peligroso.

Valerius se sentó en el lugar de honor que Thomas le cedió a regañadientes. Kaelen y Killian observaban al Rey con una mezcla de envidia y asombro. Querían ser como él, pero algo en la forma en que el Rey miraba hacia la dirección por la que Astraea se había ido los ponía nerviosos.

—Dime, Thomas —dijo Valerius, aceptando una copa de vino pero sin quitar la vista de la puerta de la cocina—, ¿cómo es que una manada tan próspera tiene a una de sus jóvenes en tales condiciones? El Consejo Supremo tiene leyes muy estrictas sobre el trato a los huérfanos antes de su mayoría de edad.

Kaelen intervino, tratando de sonar seguro.

—Ella no es como nosotros, Majestad. Es... un error. No tiene lobo, no tiene link. Es poco más que una humana que ocupa espacio.

Valerius giró la cabeza hacia Kaelen. La presión en la habitación aumentó de repente. Kaelen sintió que sus rodillas flaqueaban bajo la mesa.

—¿Un error? —Valerius esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Los errores suelen ser los más interesantes de estudiar, joven Alpha. Especialmente cuando sobreviven en lugares donde todo parece diseñado para destruirlos.

En el sótano, Astraea se dejó caer contra la pared de piedra, abrazando sus rodillas. Sus manos no dejaban de temblar. El encuentro con el Rey había despertado algo en ella que no podía controlar. Una sed. Un hambre. Y un miedo atroz a que el reloj del destino estuviera corriendo mucho más rápido de lo que ella podía manejar.

88 días, pensó frenéticamente. Pero la sensación de la mirada del Rey sobre ella le decía que los días de ser invisible habían terminado. Y eso era lo más aterrador de todo.

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