Mundo ficciónIniciar sesiónLeonard Wessex, un CEO frío y dominante, heredero de un imperio farmacéutico, es un genio de la neurociencia con una condición insólita: su cerebro es incapaz sentir amor. Comprende su lógica, pero no lo siente. Para él, el matrimonio con Abril Mora no es más que un matrimonio por contrato, un acuerdo para salvar los intereses de su empresa. Ella, una mujer apasionada, aceptó con la esperanza de que, con el tiempo, él podría corresponderle. Ella le da amor; él le da estabilidad. Pero nunca una caricia verdadera, nunca una mirada que diga “te quiero”. Hasta que Abril, cansada de vivir en un desierto emocional, lo abandona, y se convierte en una famosa influencer de moda íntima. Sin embargo, el destino juega una carta inesperada. Porque Leonard aparece de nuevo en su vida. Justo cuando ella empieza a rehacerla con otro hombre. De pronto, algo se enciende en Leonard: una punzada aguda, incomprensible. ¿Celos? ¿Rabia? ¿O acaso… esa emoción prohibida que su mente jamás pudo descifrar?
Leer másEl silencio tenía otra textura esa noche.Elena se deslizó dentro de la habitación como si la casa le perteneciera, como si el aire supiera cómo moverse a su favor. Llevaba una bata de satén oscuro, y los pies descalzos.Leonard estaba despierto. Leyendo. O intentando leer.Sus pensamientos eran un enredo difícil de desenredar. Desde que Elena había llegado a su vida, el tiempo parecía girar alrededor de sus visitas. Sus palabras, sus pausas, sus sonrisas. A los quince años, Leonard ya era un genio. Pero no tenía las herramientas emocionales para entender que ser especial no era lo mismo que ser amado.Y Elena lo sabía.—¿No puedes dormir? —preguntó ella, como si se tratara de cualquier noche más.—No. Tengo la mente… en otra parte.Ella sonrió. Le tendió el té.—Bebe. Es de jazmín. Tranquiliza las ideas.Leonard obedeció sin pensar.—Mañana puedo cancelarte la clase. Descansa, Leo. Solo quería verte.—¿Por qué?Elena se sentó a los pies de su cama. Lo miró con esa expresión suya, esa
Horas después. Yorkshire.Leonard fue recibido por la ama de llaves y llevado a una habitación donde el papel tapiz parecía pertenecer a otro siglo.El silencio lo envolvió. Y por primera vez en meses, no supo qué hacer con tanto tiempo muerto.Se sentó frente a la ventana, mirando el jardín. Recordó la peluca sobre la calavera, el teatro ridículo, la risa. La primera carcajada auténtica de su vida.Y ahora todo eso se había acabado.Unos nudillos llamaron a la puerta del salón.Leonard se levantó con desgano.—Sí.La puerta se abrió. Y lo que vio le pareció irreal.Una mujer de unos treinta y tantos, con cabello oscuro recogido en un moño pulcro y una carpeta en la mano, lo observaba desde el umbral. Vestía un conjunto gris perla, elegante pero sobrio. Y lo miraba con reservas.—¿Leonard Wessex? —preguntó, con voz melosa.—Sí.Ella sonrió.—Soy Elena. Vine a conocer al genio del que todos hablan.—¿Eres científica? —interrogó Leonard.—Soy psicóloga, Leonard. También soy prima de tu
Llegaron a la gran puerta del Auditorio Newton justo antes del anochecer. El campus se había vaciado. Solo quedaban las luces parpadeantes del sistema de vigilancia y el eco lejano de una campana.Owen sacó una ganzúa improvisada.—No preguntes cómo conseguí esto —dijo mientras trabajaba la cerradura con precisión sospechosa.—¿Debería preocuparme por tus antecedentes penales? —preguntó Leonard.—Solo si planeas testificar —respondió Owen, triunfante, justo cuando la puerta cedió con un crujido solemne.El auditorio era un anfiteatro gigante, con gradas en semicírculo y un estrado lleno de instrumentos antiguos, bobinas de Tesla oxidadas y pizarras con fórmulas incompletas.Jasmine corrió hacia la vitrina del fondo. Y ahí estaba.Un cráneo real.—Dios mío… no puedo creer que esto exista —murmuró, maravillada—. Tiene hasta una grieta.—Dicen que explotó por dentro —añadió Owen con tono macabro—. La electricidad lo mató. Literalmente. Como si su cerebro hubiera alcanzado demasiada veloc
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, con una sonrisa suave.Leonard asintió.—¿Tuviste un primer amor? ¿En verdad nunca te has enamorado?Él desvió la mirada hacia la calle empedrada, hacia un rincón invisible del pasado. Algo se tensó en su mandíbula. Cerró los ojos un segundo. No sabía si se había enamorado en el pasado. Esos sentimientos no eran fáciles de reconocer en él. Mucho menos luego de haber pasado por un trauma.Y entonces, recordó.[…]15 años atrás.Leonard caminaba con una carpeta repleta de fórmulas, ajustándose el cuello de la camisa demasiado grande para su cuerpo flaco. Sus zapatos eran nuevos. Le dolían. Pero no se quejaba.No sabía cómo quejarse.Todas las mañanas bajaba los escalones de la mansión con el uniforme de colegio planchado por la señora Dunhill, una empleada muda que aparecía y desaparecía como un fantasma útil. En el comedor principal, las sillas siempre estaban vacías. El té se enfriaba sin que nadie lo bebiera.Un mayordomo sin nombre le servía dos
Alexander se acercó. La tomó por la cintura. Su mano era firme, pero algo titubeaba en su contacto.—No estás conmigo —susurró él, solo para ella.—Estoy aquí —contestó Abril, sin mirarlo.—Pero no conmigo —insistió Alexander. Sus ojos eran dos preguntas abiertas.—¿Aún lo amas? —murmuró con los labios rozando los de ella, sin tocarlos.—No hablemos de eso —susurró Abril, alejándose para observar las fotos en su celular.—No puedo seguir fingiendo, Abril. No con esa intensidad entre nosotros. No si tú sigues mirando hacia otro lado.—¿Qué estás diciendo?—Estoy diciendo que me estás rompiendo. Y ni siquiera te das cuenta.Abril tragó saliva. Dio un paso atrás.—Alexander…—Dime que no estás pensando en él cada vez que me tocas. Que no lo ves cuando me ves. Que ese maldito beso no te asustó porque fue él quien te lo dio.Ella no supo responder.Y entonces, su celular vibró de nuevo. Era Leonard.“Lo siento, Abril. Quiero verte. Estoy aquí.”[...]La sesión finalmente había terminado.E
En el pent-house, solo se oía el latido acompasado de dos respiraciones. Leonard aún no dormía. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, tenía la cabeza inclinada hacia atrás. Abril estaba de pie junto al ventanal, mirándolo de reojo, como si quisiera descifrarlo.Finalmente, ella giró el rostro.—Leonard… hay algo que quiero preguntarte.—Dilo —susurró él, sin moverse.Ella bajó la mirada.—¿Alguna vez… has pensado en tomar terapia?El silencio que siguió fue como una cuerda tensa en medio de la noche.Leonard giró el rostro lentamente hacia ella.—¿Terapia? —repitió con una sonrisa rota, sin rastro de burla, pero sí de incredulidad—. ¿Para mí?—Sí —respondió Abril con firmeza—. Como un acto de amor propio.Leonard bajó la mirada a sus propias manos, que descansaban sobre sus rodillas. No estaban temblando. Ya no.—Durante años, Abril, he aprendido a fragmentar cada emoción. A traducirla en impulsos, en sinapsis, en reacciones químicas. La idea de sentarme frente a alg
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