Mundo ficciónIniciar sesiónTodos creyeron que Catalina Delcourt estaba loca… o muerta. La encerraron en un hospital psiquiátrico tras una crisis fingida y un video manipulado. Con informes falsificados, le arrebataron lo que quedaba de la empresa familiar, la declararon incapaz y manipularon a sus propios hijos para que la tomaran por loca. Pero ella no estaba demente… estaba despertando. Ahora ha regresado al mundo que la dio por muerta, solo para descubrir que su esposo está a punto de casarse con su ex y sus hijos ya no la reconocen. Catalina vuelve por justicia. Por sus hijos. Por su nombre. Y si para recuperar su vida debe destruir a quienes la traicionaron… que empiece la guerra. Ahora mando yo, exmarido.
Leer másTres años después, la Casa de los Cerezos parecía otro lugar.O quizá era ella quien había cambiado.Las flores rosadas caían con suavidad sobre el sendero como si la naturaleza misma celebrara ese día, y Catalina respiraba hondo para que el aire no se le quedara atrapado en el pecho por la emoción.El vestido blanco se movía con calma sobre la grava, ligero, sencillo, hermoso sin intentar serlo demasiado. Cabello recogido, algunos mechones sueltos que el viento acariciaba, y esa curva dulce en su vientre que lo decía todo sin pronunciar una sola palabra: seis meses… un milagro creciendo ahí, justo donde antes solo había dolor.Se detuvo un momento antes de avanzar hacia el jardín. Miró la mansión, la entrada, los cerezos… cada rincón tenía memoria: lágrimas, miedo, huida, regreso, renacimiento.Si alguien le hubiese dicho que un día caminaría hacia el altar aquí, en su casa… con paz en la respiración, habría jurado que era imposible.Pero ahí estaba.Recordó a Sebastián en aquel juic
El edificio de Grupo Moreau parecía en calma.El hombre que se acercaba a la entrada principal caminaba con paso firme, aunque la tensión se le notaba en los hombros, disfrazada tras unas gafas oscuras y un pasaporte diplomático falso.Llevaba barba, un abrigo largo y documentos sellados por una empresa offshore que ya no existía en ningún registro formal.Su rostro había cambiado con inyecciones de bótox, una máscara nueva sobre los mismos huesos de siempre, pero el porte... el porte seguía siendo el mismo.Sebastián Moreau, había vuelto.Volvió convencido de que Julián estaba muerto, de que Catalina ya no representaba una amenaza real y de que el imperio podía volver a sus manos sin grandes obstáculos.Regresó al país como quien se presenta a reclamar una herencia olvidada, esa que el tiempo había dejado sin dueño, creyendo que bastaba con presentarse para que todo volviera a su sitio.Su plan, al menos en su mente, era simple: recuperar unas joyas escondidas, encontrar cuentas que
Bastien tomó las fotos con concentración, enfocado en el encuadre, la luz y los detalles, como si estuviera en una sesión profesional, no en medio de una falsa masacre.Sin embargo, no pudo evitar una carcajada entre toma y toma, más por lo absurdo de la situación que por verdadero humor.—Nunca creí que terminaría haciendo de fotógrafo una masacre. Esto sí que será material de anécdota. De armas a cámara —Su tono pretendía ser ligero, pero en el fondo había respeto; sabía que se jugaban demasiado.Catalina lo fulminó con la mirada, afilando los ojos con esa expresión que reservaba para cuando alguien cruzaba una línea que no debía. Era una mezcla de fastidio y complicidad, porque en el fondo sabía que Bastien lo hacía para aliviar la presión del momento.Aun así, no pudo evitar que el gesto arrancara una leve sonrisa a Julián, quien observaba la escena con ese brillo en los ojos que solo aparecía cuando ella recuperaba el control.—Solo hazlo bien, Bastien —replicó ella, con un tono
La noche había caído, y con ella, el silencio se había apoderado de la Casa de los Cerezos.Sin embargo, en el sótano, aquel silencio no era de paz, sino de respiraciones contenidas, de miedo y tensión.Los atacantes capturados permanecían bajo estricta vigilancia, esposados, custodiados por dos escoltas armados que no apartaban la vista ni un segundo de ellos. La luz tenue apenas iluminaba sus rostros, lo suficiente para que se vieran... y recordaran el miedo que ahora los dominaba.Julián se encontraba frente al líder del grupo, un hombre de mirada vacía, con sangre seca en la frente y los labios partidos. Tenía el rostro de alguien que había visto demasiado, pero no lo suficiente como para entender en qué clase de infierno se había metido.No dijo su nombre; no importaba.Lo único que importaba ahora era lo que tenía para decir.Julián se agachó lentamente hasta quedar frente a él y sus ojos, fríos, lo estudiaron como quien mide el pulso de una bomba a punto de estallar.—¿Quién te





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