Mundo ficciónIniciar sesiónYestin, con apenas veinte años, había llegado a un punto de quiebre. Su vida, en lugar de ser un florecimiento, era un jardín marchito bajo la constante sombra de su madre. La prostituta más cotizada del club nocturno donde viven ambas. Las palabras de su madre, eran más afiladas que cuchillos, y los silencios, más pesados que losas, habían sido su pan de cada día desde que podía recordar. Cada gesto, cada mirada, cada respiración de su progenitora venía cargada de desprecio, de juicios que la reducían a menos que nada. No había afecto, ni consuelo, solo una presión asfixiante que la ahogaba lentamente, robándole el aire, los sueños y la esperanza. Un día, en medio de la desesperación que la consumía por estar a punto de vender su virtud al mejor postor y condenar toda su vida a ser una prostituta. Apareció una oferta inusual, casi fantasiosa: un matrimonio concertado. No por amor, ni por tradición. Convertirse en la novia de un hombre que no conoce. Alguien, un completo extraño llamado Castiel De la Rua, buscaba una esposa exprés por razones propias, quizá tan desesperadas como las de ella. Yestin no lo conocía para nada. Apenas y había cruzado una palabra con él y una integración en medio de la noche. Solo recordaban su olor a alcohol. Era un desconocido, un enigma, una figura sin contornos en el lienzo de su vida. La lógica gritaba que era una locura, un salto al vacío sin red. Yestin ya no tenía nada que perder. La vida que llevaba no era vida; era una supervivencia miserable. La idea de un futuro con Castiel, por incierto que fuera, se presentó no como una elección, sino como la única salida posible. A cambio de darle un hijo barón. Así fuera lo último que hiciera…
Leer más—¿A dónde vas?
Se dio la vuelta con el corazón martilleando contra sus costillas. A través de sus lentes empañados, vio al chico de cabello rizado. Era el mismo que, segundos antes, le había arrebatado las bebidas con arrogancia. Ahora, su mirada recorría el cuerpo de Yestin con una lujuria depredadora, una que la hacía sentirse desnuda y sucia bajo las luces de neón. —¿Disculpe? —logró articular. Un escalofrío gélido le recorrió la espina dorsal. —No te he dicho que te vayas. Quédate aquí, hazme compañía —ordenó él. No era una invitación; era un decreto. Se mordió el labio inferior, clavando sus ojos en ella—. Eres demasiado linda para andar dando vueltas sola. Siéntate. —Yo... yo no estoy disponible —respondió Yestin, intentando que su voz no flaqueara. Sabía dónde vivía, conocía cada rincón de ese antro de perdición, pero ella no era una mercancía. No todavía. —¡Todas en este lugar tienen un precio! —rugió el hombre, atrayendo las miradas de las mesas contiguas—. ¿¡Crees que no tengo el maldito dinero para pagarte!? —No dije eso, señor... —El terror empezó a asfixiarla. —¡Puedo comprarte diez veces si quiero! ¡Ven aquí! —El hombre señaló su regazo con un gesto obsceno. A pesar de la penumbra, Yestin quedó paralizada al notar el bulto pronunciado en sus pantalones. El asco le revolvió el estómago, dejándola helada, como un ciervo ante los faros de un auto. —Pero... —El tartamudeo se perdió en su garganta. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre se lanzó sobre ella. La rodeó por la cintura con brazos que se sentían como cadenas de hierro. Yestin sintió el aliento caliente y alcoholizado cerca de sus labios y comenzó a forcejear desesperadamente. Empujó su pecho, arañó sus brazos, pero era como intentar mover una montaña. Su cuerpo menudo era aplastado por la fuerza bruta de aquel desconocido. —Por favor... no lo haga... se lo advierto —suplicó, aunque la amenaza sonó vacía en medio de sus sollozos. A su alrededor, el club seguía latiendo. Algunos hombres vitoreaban, disfrutando del "espectáculo" de la caza. Las otras mujeres apartaban la vista con una mezcla de lástima y miedo; intervenir era firmar su propia sentencia. Al fondo, Yestin divisó a su madre. Alma ni siquiera parpadeó. Continuó cabalgando en el regazo de su cliente, devorándole la boca, ignorando los gritos de auxilio de su propia carne y sangre. Esa indiferencia fue la chispa. El miedo de Yestin se transformó en una rabia ciega. Reuniendo cada onza de fuerza, logró liberar un brazo y, con un movimiento seco, le cruzó la cara al agresor. El estallido de la cachetada silenció la música por un segundo. —¡Estúpida! ¡Ahora verás! —el hombre rugió, con la mejilla encendida, alzando la mano para devolver el golpe. Yestin cerró los ojos, esperando el impacto, pero este nunca llegó. Una mano enguantada o firme —surgida de las sombras— atrapó la muñeca del agresor en el aire. —Acepta cuando una mujer dice que no —sentenció una voz profunda y calmada, proveniente de un extraño cuya presencia parecía absorber la luz del lugar. El de cabello rizado forcejeó, pero el misterioso salvador no se inmutó. La tensión era una cuerda a punto de romperse. Fue entonces cuando la figura de Clay, el dueño del lugar, emergió de la oscuridad con una sonrisa gélida. —¿Ocurre algo aquí? —preguntó Clay, aunque sus ojos solo mostraban fastidio hacia Yestin. —¡Esta mujer se niega a atenderme! —se quejó el cliente, recuperando su arrogancia. Clay miró a Yestin con absoluto desagrado. —Disculpe el inconveniente, caballero. Lo que dice la chica es cierto: aún no ha hecho su "debut". No puede tocarla... todavía. Pero le enviaré a Sol, mi mejor pieza, y la casa invita. El hombre aceptó a regañadientes, y Clay arrastró a Yestin del brazo hacia un rincón oscuro. —Largo de aquí —le siseó al oído, con un tono que prometía consecuencias—. Y dile a Sol que tiene trabajo en la mesa cinco. Yestin corrió. Corrió hasta que sus pulmones ardieron, entregó el mensaje y se refugió tras la barra, dejándose caer en el suelo, abrazando sus rodillas. —Todos son unos animales —sollozó. —Acostúmbrate —dijo Joseph, el barman, mientras pulía un vaso con una indiferencia mecánica—. Cuando sea tu debut, habrá una fila de animales pagando por cada centímetro de tu cuerpo. —No quiero esto, Joseph. Tiene que haber una salida —insistió ella, buscando un rastro de esperanza en el hombre mayor. —¿Afuera? No tienes a nadie, niña. ¿A dónde irías? —Joseph se encogió de hombros—. Solo te quedan dos años antes de los veintiuno. Clay no es tonto; te cuida como a un tesoro porque sabe que tu "primera vez" vale una fortuna. Una vez que firmes ese papel de "voluntad propia", estarás encadenada de por vida. Antes de que pudiera responder, una figura envuelta en lencería roja sangre se acercó a la barra. Era su madre, Alma. Yestin se levantó con torpeza, buscando consuelo, buscando un abrazo tras el horror vivido. Pero lo que recibió fue un golpe seco que la mandó de vuelta al piso. —¡Mamá! —gritó Yestin, tocándose la mejilla ardiente—. ¿Por qué? —¿Todavía lo preguntas? —Alma escupió las palabras con veneno—. ¿Cómo te atreves a rechazar a un cliente así? —¡Él quería abusar de mí! ¡Sabes que no soy parte de esto todavía! La respuesta de Alma fue una patada en el costado. —¡No seas insolente! ¡El cliente es Dios! Si fueras lista, subastarías tu virginidad al mejor postor hoy mismo. Pero no tienes cerebro. Fuiste un estorbo desde el día que te engendré. Alma se dio la vuelta, dejándola rota en el suelo. Yestin se levantó, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Joseph la rodeó con sus brazos y ella lloró hasta quedarse sin lágrimas, refugiada en el único gramo de humanidad que le quedaba al bar. Al finalizar el turno, mientras limpiaba el rastro de suciedad y alcohol, Clay la interceptó en el pasillo. Sin mediar palabra, le cruzó la cara de un golpe. Yestin cayó contra la pared, mareada. —Hoy me hiciste perder mucho dinero —le advirtió Clay con voz gélida—. Eso se sumará a tu deuda. —No fue mi culpa que él fuera un pervertido... —¡Cállate! —Clay se acercó a su rostro—. Rezo para que llegue el día de tu debut. Voy a sacar el triple de lo que me hiciste perder hoy en esa subasta. Disfruta tu integridad mientras dure, Yestin. El tiempo se te acaba. Él se marchó, dejándola sola en el pasillo silencioso. Yestin apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. El miedo seguía ahí, pero ahora había algo más: una necesidad desesperada de escapar. No iba a permitir que la vendieran como carne. Tenía que huir antes de que el martillo de la subasta cayera sobre su vida.El eco de sus propios pasos sobre el mármol pulido parecía desaparecer ante la magnitud de lo que sus ojos intentaban procesar. Yestin se detuvo en el umbral, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. La mansión, que en días normales ya resultaba imponente, se había transformado en un escenario onírico. Miles de flores —rosas, orquídeas y lirios— exhalaban un perfume embriagador que flotaba bajo los techos altos, mezclándose con el brillo de cientos de globos dorados, plateados y negros que flotaban como burbujas de champaña suspendidas en el aire. En el fondo, presidiendo el salón, unas letras de caligrafía elegante rezaban: “Feliz Cumpleaños”. Yestin parpadeó, incrédula. Se suponía que sería una cena familiar íntima, un compromiso más en su agenda de apariencias. Sin embargo, al mirar al frente, se encontró con una multitud vestida de gala: sedas, encajes y trajes a medida que resplandecían bajo las lámparas de cristal. El centro de atención era un pastel monumental
A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana con una falta de respeto total. Yestin sintió los rayos quemándole los párpados y, de solo pensar en moverse, sintió que todas sus ganas de vivir se desplomaban al piso. Le dolía todo. El cuerpo le pesaba como si estuviera hecho de plomo y es que no había dimensionado el daño que ese animal, el Pantera, le había hecho a su diminuto cuerpo. Era una agonía sorda, constante.Pero luego se acordó de Castiel. Entendió que, dentro de la tragedia, ella era la "estable". Con un suspiro que le desgarró el pecho, se levantó de la cama. Al girarse, vio a su esposo. Estaba ahí, semidesnudo, envuelto en sábanas de seda que contrastaban con la violencia de sus moretones. Tenía el rostro marcado, casi irreconocible bajo la luz natural. Verlo así le provocaba una mezcla amarga de rabia y una tristeza que no sabía dónde meter.Los recuerdos de la madrugada volvieron como oleadas, golpeándola justo cuando intentaba mantener el juicio. La imagen de Cast
—Señor, el Pantera está aquí —soltó Jaime, rompiendo el pesado silencio del despacho.Donatello no se movió. Seguía ahí, hundido en su trono de cuero, dándole la espalda al mundo. Desde donde Jaime estaba, solo se alcanzaba a ver el humo del puro elevándose en espirales lentas, filtrándose entre los escasos rayos de luz que lograban atravesar las persianas. El ambiente estaba cargado, no solo de tabaco, sino de esa tensión eléctrica que precede a una tormenta de sangre.Donatello no respondió. Ese silencio... a Jaime le calaba en los huesos. Sabía que cuando el viejo no decía nada, era porque por dentro estaba quemándose vivo.Finalmente, Donatello movió la muñeca con una parsimonia casi insultante. Aplastó el puro contra el cenicero de cristal, donde ya descansaban los restos de otros tantos cigarrillos consumidos en su espera. Giró la silla. Su rostro, marcado por los años y el peso de un imperio construido sobre cadáveres, se iluminó un poco al encontrarse con Jaime. El muchacho te
El silencio en la habitación se volvió denso, casi sólido. Castiel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del aire acondicionado. Se quedó helado, con la mirada fija en un punto inexistente de la alfombra, procesando las palabras de Yestin. ¿Cómo podía ser tan perspicaz? Él creía haber enterrado ese episodio en lo más profundo de su memoria, bajo llave.—¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo? —indagó al fin. Su voz sonó más dura de lo que pretendía, con una seriedad que rozaba la actitud defensiva de un animal acorralado.Yestin no se amilanó. Lo observó con esos ojos que parecían leerle el alma, manteniendo una calma que a él le faltaba en ese momento.—Nadie me lo dijo, Castiel. Pero no soy tan tonta para no darme cuenta de las cosas —respondió ella con suavidad, aunque con firmeza—. Esa noche que fuiste por mí a la guarida de los Armani... el comportamiento de ambos era extraño. Había una tensión que no era solo de "negocios". Incluso recuerdo que el señor D
El aroma a tabaco caro y cuero viejo siempre inundaba la oficina de Donatello Armani, pero esa tarde, el aire se sentía especialmente pesado, cargado de una electricidad estática que presagiaba tormenta. Donatello, un hombre cuya sola presencia solía congelar el flujo de cualquier conversación, mantenía la vista fija en un pisapapeles de mármol.—¡Jefe! ¡Jefe!El grito de Jaime rompió el silencio como un cristal estallando contra el suelo. El joven entró tropezando con sus propios pies, con el rostro desencajado y una palidez que rozaba lo cadavérico. Sus pulmones silbaban en un intento desesperado por recuperar el aliento.Donatello no se movió. Solo sus ojos, fríos como dos cuentas de ónice, se elevaron para clavar la mirada en su ayudante.—¿Qué demonios ocurre como para que vengas así? —preguntó Armani. Su voz era un susurro ronco, pero contenía una autoridad que hizo que Jaime se irguiera por puro instinto, a pesar del temblor de sus rodillas. Jamás lo había visto perder la compo
El frío del suelo de cemento se filtró a través de su ropa como una advertencia tardía. Yestin sintió el tirón violento en sus tobillos, un agarre tosco y desprovisto de cualquier rastro de humanidad. Sus zapatos salieron disparados, golpeando la oscuridad del recinto, mientras su cuerpo era arrastrado por la superficie rugosa. El pánico, ese ácido que quema la garganta, intentó paralizarla, pero su instinto de supervivencia fue más rápido.—¡Suéltame! —el grito se desgarró en su pecho, pero el hombre de piel oscura que la retenía ni siquiera parpadeó.Él era una muralla de músculos y sudor, una fuerza bruta que la superaba con creces. Con una eficiencia aterradora, las manos del agresor buscaron el botón de su pantalón. Yestin lanzó patadas desesperadas, golpes ciegos que buscaban cualquier punto débil, pero el hombre solo gruñó, intensificando su asedio.Lo que más dolía no eran los golpes, sino la audiencia. Alrededor del círculo de violencia, los rostros de los espectadores se def
Último capítulo