El frío del suelo de cemento se filtró a través de su ropa como una advertencia tardía. Yestin sintió el tirón violento en sus tobillos, un agarre tosco y desprovisto de cualquier rastro de humanidad. Sus zapatos salieron disparados, golpeando la oscuridad del recinto, mientras su cuerpo era arrastrado por la superficie rugosa. El pánico, ese ácido que quema la garganta, intentó paralizarla, pero su instinto de supervivencia fue más rápido.
—¡Suéltame! —el grito se desgarró en su pecho, pero el