El eco de sus propios pasos sobre el mármol pulido parecía desaparecer ante la magnitud de lo que sus ojos intentaban procesar. Yestin se detuvo en el umbral, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. La mansión, que en días normales ya resultaba imponente, se había transformado en un escenario onírico. Miles de flores —rosas, orquídeas y lirios— exhalaban un perfume embriagador que flotaba bajo los techos altos, mezclándose con el brillo de cientos de globos dorados, plateados y ne