Mundo ficciónIniciar sesiónEl callejón estaba sumido en una penumbra densa, apenas interrumpida por el parpadeo moribundo de una farola lejana que bañaba el asfalto mojado con un brillo aceitoso. Castiel, cuya mente era una neblina de whisky y frustración, dejó caer su mano derecha sobre lo que intuía era la cintura de la joven que lo sostenía. El abrigo que ella vestía era una masa de tela informe, una barrera textil tan vasta que ocultaba cualquier rastro de feminidad. Sin embargo, Castiel no era un novato; su instinto, pulido por años de observar y poseer la anatomía femenina más selecta de la alta sociedad, le dictó el lugar exacto.
Al cerrar el brazo con una confianza posesiva, el impacto lo golpeó con más fuerza que el alcohol. Debajo de esa prenda gigantesca y raída, sus dedos se hundieron en la curvatura de una cintura diminuta, casi irreal. Era como encontrar un diamante tallado dentro de una bolsa de carbón. El contraste entre la rudeza del exterior y la fragilidad de lo que escondía lo dejó sin aliento, obligándolo a inclinarse más, buscando el equilibrio o quizás, buscando algo más profundo. Su rostro se hundió en el hueco del cuello de la joven. La vista de Castiel fallaba, desenfocada por la embriaguez, pero su olfato se agudizó de manera casi animal. Percibió la piel de porcelana, tensa y fina, y un aroma que lo desarmó: no era el perfume caro y sofocante de las galas, sino un olor limpio, suave, peligrosamente adictivo. El deseo, esa chispa eléctrica que solía quemar sus venas cuando decidía qué mujer ocuparía su cama esa noche, rugió en su interior con una intensidad desconocida. Apretó el agarre. Sus dedos se hundieron en la suavidad que el abrigo intentaba proteger, y una punzada de calor familiar y apremiante comenzó a irradiar desde su entrepierna. Era una mezcla de placer e irritación; el recordatorio de que, si no fuera por el veneno del alcohol recorriendo su sangre y la debilidad de sus piernas, esa joven ya estaría contra el metal frío de aquel contenedor de basura, sintiendo el peso de su cuerpo mientras gritaba su nombre entre gemidos. —¡Señor, por favor compórtese o lo dejaré tirado aquí y se tendrá que ir arrastrando hasta su vehículo! —La voz de ella cortó el aire como un látigo de hielo. Castiel parpadeó, la sorpresa actuando como una bofetada. —Disculpe… es que usted es muy linda… —balbuceó, interrumpido por un hipo que odió al instante. Estaba impactado. No solo por su físico, sino por esa lengua afilada que no mostraba ni un ápice de sumisión. Ella no le tenía miedo; le tenía asco, o peor aún, indiferencia. —Típico de hombres como usted —escupió la joven, reajustando el peso del hombro de Castiel con un esfuerzo evidente—. Solo ven a una escoba con falda y corren tras ella. Una carcajada ronca escapó del pecho de Castiel. La analogía era tan ridícula como acertada. —¿Sabe quién soy? —preguntó él, intentando discernir si la valentía de ella nacía de la ignorancia o de una seguridad férrea. —Un hombre borracho, prepotente y arrogante —contestó ella de inmediato, sin siquiera dignarse a mirarlo, manteniendo la vista fija en la salida del callejón. —Es verdad —aceptó Castiel con una sonrisa torcida—. ¿Pero sabe mi nombre? Yestin se detuvo en seco. El silencio se volvió pesado, solo roto por el goteo de una tubería cercana. Giró la cabeza lo justo para mirarlo de reojo. A la escasa luz, el rostro de Castiel era una escultura de perfección masculina: una nariz recta y noble, cejas pobladas que enmarcaban unos ojos de un azul grisáceo tormentoso, y un cabello color marrón miel que caía con un descuido estudiado sobre su frente. Sus labios eran delgados, hechos para dar órdenes o para pecar. —No. Y no me interesa saberlo —sentenció ella con una sinceridad que dolió más que un insulto—. Además, es como si yo le preguntara si me conoce. Usted no tiene idea de quién soy. Solo somos dos extraños ayudándose. —Tiene razón —murmuró él, hipnotizado. Por primera vez en sus treinta años, Castiel sintió una frescura purificadora. No era el heredero del imperio De la Rua, no era el soltero de oro, no era el peón de su abuelo. Era solo un hombre. Sin máscaras, sin el peso de la "perfección" que le habían tatuado en el alma desde la cuna. —Me presento —dijo, lanzando su última carta con una mezcla de temeridad y curiosidad—. Mi nombre es Castiel De la Rua. —Esperó la reacción habitual: la sorpresa, la ambición brillando en los ojos, el cambio de tono. Pero el rostro de Yestin permaneció como una máscara de piedra. —Mucho gusto, Castiel. Mi nombre es Yestin Valenzuela —respondió ella con la misma naturalidad con la que se pide la hora—. Pero continuemos, o no llegaremos a su auto esta noche. Él asintió, dejándose guiar, pero su mente trabajaba a mil por hora. Había algo en esa chica, en su forma de caminar y de hablar, que lo obligaba a desnudarse emocionalmente. —He estado tomando por problemas familiares —confesó, las palabras saliendo sin filtro—. Me están obligando a casarme en menos de un mes. —Creo que ese no será un problema para usted —dijo ella en tono seco, casi aburrido. —¿Por qué lo dice? —indagó él, cautivado por el misterio de sus razonamientos. Yestin suspiró, sintiendo la mirada de Castiel quemándole la mejilla. Al principio, la envergadura del hombre y su aura de poder la habían intimidado, pero Yestin no era de las que se achicaban ante un traje caro o una mandíbula cuadrada. —Es un hombre bastante atractivo —dijo, como quien describe el clima—. No creo que le falten miles de mujeres dispuestas a perseguirlo. —Tiene razón, pero no quiero a cualquier mujer —confesó Castiel, sintiendo que un peso muerto se desprendía de sus hombros—. Quiero a una mujer que sepa usar su cerebro, alguien decidida… que tenga el carácter necesario para sobrevivir a la adversidad de mi mundo. —Es un poco exigente, ¿no cree? —añadió ella con una pizca de sarcasmo. —No me conformo con poco —declaró él, clavando sus ojos grises en ella—. ¿O usted sí aceptaría a cualquiera? —Cierto —concedió Yestin, sintiendo que el cuerpo de Castiel se volvía más pesado, pero también más cercano—. Pero supongo que es capaz de encontrar a alguien que cumpla sus expectativas. Aunque… me surge una duda. —¿Cuál? —¿Por qué lo obligan? No estamos en el medievo. No parece el tipo de hombre enigmático que se deja manipular así de fácil. Aquello fue una bofetada con guante blanco. Castiel sintió que ella veía a través de su armadura. —No me gusta ser manipulado… hip… pero las razones son pragmáticas. Mi abuelo no confía en nadie más para dejar su emporio. Mi tío es un vividor. —Entonces, si el problema es el tío… ¿qué tiene que ver una boda rápida? —Yestin seguía tirando del hilo, desmantelando la lógica de la élite con una simplicidad aplastante. —Porque soy el único descendiente varón. Si algo me pasara, mi tío reclamaría todo. El matrimonio es la garantía… —Castiel hizo una pausa, asombrado de estar contando secretos corporativos a una desconocida en un callejón—. Es para asegurar un heredero. Un hijo. —Ya veo —murmuró Yestin—. ¿No tiene hermanas? —Una… (hip). —Y su abuelo no acepta a una mujer al mando —concluyó ella con amargura—. Qué machista. Una mujer vale igual que un hombre. Castiel la miró, fascinado por el fuego silencioso en su voz. —Tiene ideas interesantes, señorita Valenzuela. Y eso que pertenece a un… —Se detuvo, temiendo ofenderla. —Dígalo. A un burdel —escupió Yestin, su orgullo herido—. No se preocupe, estoy acostumbrada. Creen que por estar en un lugar así no tenemos sueños, ni cerebro. Que solo servimos para sus deseos más bajos. Castiel guardó silencio. La observó con detenimiento, ignorando el mareo. Bajo la luz amarillenta, vio su cabello recogido con sencillez, su nariz pequeña, sus labios carnosos que destilaban verdades incómodas. Era inteligente, valiente, sincera y poseía una belleza cruda que no necesitaba joyas. En su estado de ebriedad, una idea descabellada, peligrosa y absolutamente perfecta germinó en su mente. Se detuvo, obligándola a parar también. La tomó por los hombros, fijando su mirada azul grisácea en los ojos de ella con una intensidad que hizo que el aire vibrara. —Señorita Valenzuela… ¿se casaría conmigo?






