Mundo ficciónIniciar sesión—Sí, acepto —dije con firmeza—. Aunque sabía que me estaba condenando, no desaprovecharía la oportunidad de poner todo a mi favor. Le haré pagar a Larry Green cada lágrima que me obligó a derramar. *** Catalina Fuentes creyó haber escapado del infierno. Tras huir de Dominic, su exesposo violento, solo deseaba empezar de nuevo junto a su pequeña Sophie, lejos del miedo y de las cicatrices que aún marcaban su alma. Pero la paz que tanto anhelaba se derrumba cuando conoce a Larry Green, un hombre que aparenta ser noble, protector, alguien en quien por fin puede confiar… hasta que la máscara cae. Enfermo y obsesivo, Larry la somete a una cruel manipulación emocional y la obliga a aceptar un matrimonio que ella no desea. Catalina acepta, convencida de que podrá girar el juego a su favor, sin medir el precio que deberá pagar: convertirse en la madrastra del hombre que ama en secreto. Viktor, el mismo que la ha amado durante años en silencio, queda atrapado entre la lealtad, el deseo y un amor prohibido. Entre ambiciones, juegos de poder y una pasión que desafía lo imposible, la vida de Catalina será sacudida cuando el pasado regrese para reclamar lo que nunca terminó de arder. Porque algunas decisiones no liberan… condenan.
Leer másPov Catalina
Renacer no es tan fácil como muchos lo hacen parecer. Después de haber luchado incontables veces, las fuerzas se agotan… y llega un punto en el que sientes que ya nada tiene sentido.
Recibí mi título como doctora en 2014. Un años después, decidí mudarme a Nueva York junto a mi pareja de ese entonces, Dominic García, a quien había conocido, cuando estaba en la universidad.
Desde la primera vez que me vio, Dominic supo que sería una presa fácil para él. No le tomó mucho tiempo conquistarme. Durante el noviazgo se mostró como un hombre dulce, atento y comprensivo. Su actuación fue tan convincente, que jamás imaginé el oscuro plan que escondía detrás de esa sonrisa perfecta. Lo que realmente quería era encerrarme… tenerme completamente a su merced.
Cuando me propuso irnos a vivir a Nueva York, dudé. Tenía miedo. Pero él, con su habilidad para manipular, terminó convenciéndome. Yo creí que empezar una nueva vida junto al hombre que amaba sería mi salvación. No sabía que estaba a punto de entrar en el peor calvario de mi vida.
Con el paso de los meses, el mostró su verdadero rostro: manipulador, celoso y violento. En un país completamente desconocido para mí, busqué ayuda en Augusto García, su padre, quien nos había conseguido todos los papales necesarios para entrar como ciudadanos legales a Estados Unidos. Pero en lugar de ayudarme, Augusto me despreció.
Recuerdo perfectamente esa tarde. El cielo estaba gris, como si supiera lo que iba a ocurrir. Llame a Augusto con la esperanza de encontrar un poco de consuelo, o al menos comprensión. Había pasado otra noche sin dormir, con los brazos llenos de moretones que intentaba cubrir.
—¿Catalina? —dijo al reconocer mi voz, con ese tono que usaba cuando algo le incomodaba—. ¿Por qué molestas tan temprano?
—Necesito hablar con usted, señor García. Es sobre Dominic
Pude sentir como suspiro con fastidio.
—No sé cómo decir esto… —balbuceé, sintiendo que las palabras se me quebraban—. Dominic… él no está bien. Me grita, me insulta, a veces… —me detuve antes de decirlo—. A veces me hace daño. No sé qué hacer. Yo solo quiero entender por qué…
—Mira, Catalina —dijo—. Las mujeres como tú siempre creen que pueden cambiar a un hombre. Pero dime, ¿qué esperabas? Te metiste con alguien que está muy por encima de ti.
—No entiendo… yo lo amo, solo quiero que pare, que me escuche…
—¿Amor? —rio con una amargura seca—. No hables de amor cuando lo que hiciste fue aprovecharte de su debilidad. Una muchacha sin apellido, sin clase, creyendo que puede pertenecer a esta familia.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo no me aproveché de nadie. He trabajado duro, estudié, me gané mi lugar— respondí, aunque mi voz temblaba.
—Tu lugar, Catalina, está donde te dejen estar. Y si mi hijo te eligió, es su problema. Pero no esperes que yo te proteja de las consecuencias. Una mujer provocadora siempre encuentra su propio castigo.
Las palabras me atravesaron como cuchillas. No supe qué responder. Solo sentí que algo dentro de mí se apagaba lentamente.
Al terminar ella llamada, comprendí que estaba completamente sola. Cargar con la vergüenza de ser una mujer profesional, con la capacidad de abrirme paso y, aun así, estar atrapada en una relación tan destructiva, me destrozaba. No quería mostrar mi fragilidad. No quería dar pie a que la sociedad me juzgara. Así que decidí resistir. Callar. Soportar.
Pero no solo fueron los golpes ni las humillaciones. En manos de Dominic, volví a ser víctima de abuso sexual… tal como me ocurrió cuando tenía trece años.
Mi autoestima estaba hecha pedazos, y terminé normalizando todo. Aguanté más de dos años de maltratos, pensando que no merecía algo mejor. Hasta que, como consecuencia de tantas agresiones, quedé embarazada.
En 2017 nació mi hija Sophie, y fue ella quien me dio el valor para decir basta. Estando en el hospital, lo denuncié. Pero, gracias a las influencias de su padre, Dominic quedó en libertad y desapareció de nuestras vidas.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí una sensación de libertad. Decidí empezar de nuevo, solo con mi hija en brazos. Una trabajadora social del hospital me ayudó a contactar con una fundación para mujeres maltratadas. Permanecí allí nueve meses, recibiendo terapia y reconstruyendo poco a poco los pedazos de mi vida.
Cuando por fin me sentí lista, me mudé a un pequeño vecindario en Manhattan. Los primeros meses no fueron fáciles. No encontraba trabajo, y la ayuda económica que me había dado la fundación se estaba acabando. Hubo días en los que me sentí completamente derrotada, pero bastaba mirar a Sophie para recordar que tenía una razón para seguir adelante.
Seguí buscando empleo por todos los medios, hasta que, tiempo después y —gracias a la intervención de Ágata Walker, directora de la fundación—, fui contratada en el hospital Monson Center, por Larry Green director general.
Han pasado ocho años desde que llegué al Monson Center, y aún recuerdo el miedo con el que crucé esas puertas por primera vez. Hoy soy la jefa del área de urgencias, una posición que me gané con esfuerzo, noches sin dormir y una voluntad que solo una madre desesperada puede tener.
Hoy es el cumpleaños de Sophie. Así que me levante temprano para sorprenderla.
—¡Mamá, no mires! —me grita desde la sala, intentando cubrir el pastel con sus pequeñas manos.
—Pero si tú eres la cumpleañera —le respondo sonriendo—. Yo debería ser quien te sorprenda, no al revés.
Ella suelta una risa traviesa, esa que siempre consigue ablandarme el corazón. Me acerco despacio, fingiendo no ver nada, mientras acomodo los globos que colgué anoche. La cocina huele a chocolate y a esperanza. Hice su pastel favorita —bizcocho de tres chocolates con trocitos de fresa—, aunque me tardé más de la cuenta. No soy buena cocinera, pero ella dice que mis pasteles “saben a amor”, y eso basta.
Recuerdo las noches en que dormía abrazando mi vientre, con miedo, pensando que mi hija nacería en medio de la oscuridad. Pero ella llegó con luz. Con su primer llanto, me devolvió el aire. Sophie fue la razón por la que me atreví a denunciar, por la que decidí no seguir callando.
—Mami, ¿puedo poner las velas yo? —me pregunta de pronto, sacándome de mis pensamientos.
—Claro, princesa. Pero ten cuidado, ¿sí?
La miro con ternura mientras acomoda las velitas rosadas en el pastel. Sus manitas tiemblan un poco, pero su sonrisa ilumina todo el lugar. Cada gesto suyo me recuerda que la vida, pese a todo, puede ser hermosa.
Enciendo las luces del salón y preparo mi celular para grabar el momento. La música de fondo —una canción infantil que ella adora— suena bajito, y el eco de su risa me llena el alma.
—¡Feliz cumpleaños, mi amor! —le digo mientras comienzo a aplaudir.
Sophie cierra los ojos, junta las manos y sopla las velas.
—¿Qué pediste? —le pregunto con curiosidad.
—Un deseo secreto —responde con una sonrisa pícara—. Pero te doy una pista: tiene que ver contigo.
Y ahí, frente a esa niña que nació en medio de la tormenta, siento que todo valió la pena. Las cicatrices siguen ahí, invisibles a veces, latentes otras. Pero ya no me duelen igual. Han pasado ocho años desde que entré al hospital Monson Center con miedo y temblor. Hoy, soy la jefa del área de urgencias. He salvado vidas, pero ninguna tan importante como la mía y la de Sophie.
Ella corre hacia mí, se lanza a mis brazos y me envuelve con su abrazo cálido.
—Te amo, mamá —susurra con su vocecita dulce.
—Y yo a ti, mi cielo. Más de lo que imaginas.
La beso en la frente y cierro los ojos. Por un instante, todo el ruido del pasado desaparece. Ya no hay gritos, ni miedo, ni dolor. Solo ella y yo. Dos sobrevivientes celebrando la vida.
—¿Sabes, Sophie? —le digo mientras le sirvo un pedazo de pastel—. Cuando naciste, creí que había vuelto a nacer contigo. Y no me equivoqué. Tú eres mi renacer.
Ella ríe, con el rostro manchado de chocolate, y me abraza de nuevo.
—Bueno amor, es hora de arreglarnos —le digo—. Te prometo que este fin de semana, te llevare de paseo.
—¡Yupi! —exclamó ella con emoción.
Ambas nos duchamos. Y cuando estuvimos listas salimos, deje a mi hija como siempre en la puerta del colegio. subí a mi auto, y conduje hasta llegar al hospital, al entrar quise saludar a Blanca llevamos más de tres años siendo amigas. Pero me fue imposible hablar con ella. Poque de inmediato fui llamada por Larry.
Lo encontré sentado frente a su enorme escritorio de roble, con la mirada perdida y un sobre en la mano. No era el mismo hombre fuerte, enérgico y autoritario de siempre. Su rostro se veía pálido, los ojos hundidos, y la voz… temblaba.
—Siéntate, Catalina —me dijo con un tono tan grave que me erizó la piel.
Obedecí, intentando descifrar lo que ocurría.
—¿Todo bien, señor Green? —pregunté, rompiendo el silencio.
Él soltó un suspiro largo, apoyó los codos sobre el escritorio y se frotó el rostro con cansancio.
—No. No, Catalina… no está bien. Me han diagnosticado un cáncer terminal. Dicen que no hay nada que hacer. —Su voz se quebró al pronunciarlo.
Por un momento no supe qué decir. Larry siempre había sido una figura firme, casi invencible. Escuchar eso fue como ver desmoronarse una montaña.
—Lo siento mucho —murmuré sinceramente, con un nudo en la garganta.
—Gracias… —asintió débilmente—. Pero no te llamé solo para eso. Necesito pedirte algo. Algo importante.
Tragué saliva, nerviosa. Su tono me inquietó.
—Lo que necesite, sabe que puede contar conmigo.
Él me miró fijamente, con esa mirada penetrante que usaba cuando estaba a punto de decir algo que cambiaría las reglas del juego.
—He tomado una decisión, Catalina. Viktor, mi hijo no está listo para asumir nada. Ese muchacho solo piensa en fiestas, mujeres y dinero. Si muero ahora, todo lo que construí quedará en sus manos… y se irá a la ruina.
—Larry, eso no tiene nada que ver conmigo… —empecé a decir, nerviosa.
—Sí tiene. —Su mirada se clavó en la mía—. Quiero que te cases conmigo.
El aire se me escapó del pecho.
—¿Qué… qué está diciendo?
—Lo que oíste. Necesito a alguien que cuide de mi apellido, de mis empresas y, sobre todo, de Viktor. Eres la única persona en la que confío.
—No puedo aceptar eso. Sería…
—Escúchame bien, Catalina —me interrumpió, con una dureza que no le conocía—. No te estoy dando una opción.
Mi corazón empezó a latir estrepitosamente.
—Larry, yo lo respeto, le tengo aprecio, pero casarme con usted… eso no tiene sentido.
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio. Su mirada se volvió fría.
—Entonces tendré que decirle a Dominic dónde estás.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué? —murmuré, apenas respirando—. ¿Cómo es que sabe sobre él? Yo…
—Para mí no hay recursos, antes de contratarte la directora me contó todo sobre ti. Sabes que tengo los medios para encontrarlo. Y si lo hago, vendrá por ti… y por Sophie. ¿Eso quieres?
El silencio se volvió insoportable. Las lágrimas comenzaron a picarme los ojos, pero me obligué a mantenerme firme.
—¿Por qué me hace esto? —pregunté con la voz quebrada.
—Porque eres la única que puede mantener esto en pie cuando yo me vaya —respondió con una mezcla de desesperación y autoridad—. No quiero dejarlo todo en manos de un idiota, ni permitir que mi legado desaparezca.
Aparté la mirada, intentando procesar sus palabras. No podía creer lo que escuchaba. Larry, el hombre que me dio una oportunidad, me estaba chantajeando con lo más sagrado que tenía: mi hija.
—Piénsalo bien, Catalina. No tienes mucho tiempo —añadió con voz baja—. Yo tampoco.
Me levanté despacio, con el corazón hecho pedazos. Antes de salir, me giré hacia él.
—No sé qué clase de persona se ha convertido, Larry… pero le aseguro que no voy a permitir que nadie vuelva a controlar mi vida.
Cerré la puerta con fuerza, sabiendo que ese día… mi mundo volvía a tambalearse.
En ese instante, comprendí que el infierno no siempre tiene forma de puños o gritos… a veces viene disfrazado de promesas y chantajes.
Habían pasado tres años desde aquellas noches de bodas que marcaron el inicio de sus nuevas vidas. Tres años donde el sol no siempre brilló, pero el amor sirvió de paraguas en cada tormenta. En el penthouse del centro, la vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no era solo el refugio de dos enamorados; ahora, el eco de unos pasitos rápidos y risas infantiles llenaba cada rincón.Sophie se miraba al espejo del hospital, acomodándose la bata blanca que llevaba bordado su nombre y la especialidad que tanto le costó alcanzar: Pediatría. Se había convertido en la doctora más buscada del país, no solo por su inteligencia, sino por esa ternura que solo una madre conoce. Cristian, por su parte, seguía diseñando edificios que desafiaban la gravedad, pero su mejor obra siempre sería la misma: Escarlet.Escarlet tenía apenas dos años y era el vivo retrato de su padre, con los ojos curiosos de Sophie. Cada vez que Cristian llegaba del trabajo y la pequeña gritaba "¡Papá!", el exitoso
El penthouse de Cristian ocupaba toda la última planta de la torre más alta del centro. Desde allí se veía la ciudad entera brillando como un mar de luces. Las cortinas estaban abiertas de par en par, dejando que la luna y las luces lejanas entraran a bañar la habitación principal. La cama, con sábanas blancas impecables que todavía olían a nuevo. Una lámpara de pie daba una luz tenue, dorada, suficiente para verse sin deslumbrarse.Cristian cerró la puerta del ascensor privado con un movimiento suave. Se giró y vio a Sophie parada junto al ventanal, todavía con el vestido de novia, aunque ya se había quitado los tacones y el velo. El pelo le caía suelto, un poco revuelto por la fiesta, y la luz de la ciudad le dibujaba sombras suaves en la cara.—Ven —dijo él, extendiendo la mano sin hablar más alto de lo necesario.Sophie caminó hacia él descalza, el vestido susurrando contra el piso de madera oscura. Cuando llegó, Cristian le tomó las manos y las puso sobre su pecho, justo donde lat
Habían pasado cuatro meses desde que la tormenta se alejó de sus vidas. Cuatro meses en los que Cristian y Sophie aprendieron que para construir una casa firme, primero había que limpiar el terreno de los escombros del pasado. Por eso, sin miedos y de la mano, fueron ante un juez para firmar aquel divorcio que, lejos de ser un final triste, era el permiso que necesitaban para empezar de cero. Querían una boda que no supiera a conveniencia ni a planes de otros; querían una fiesta que supiera a libertad.La imponente catedral de la ciudad. No se escatimó en detalles: el pasillo central estaba cubierto por una alfombra de terciopelo blanco y flanqueado por arreglos de orquídeas y lirios que llegaban hasta el techo. El aroma a flores frescas y a incienso suave llenaba el aire, dándole al lugar un toque de paz y elegancia absoluta.En la parte de atrás, el ambiente era de puros nervios y risas. Sophie y Angélica se miraban al espejo, compartiendo ese secreto que solo las amigas que se vuelv
El eco de los gritos de Bernardo todavía parecía rebotar en las paredes blancas del cuarto. Sophie estaba sentada en la orilla de la cama, con la mirada perdida en un punto fijo del piso, como si estuviera viendo una película de terror que no terminaba. Tenía las manos heladas y el cuerpo le temblaba de forma imperceptible.Cristian, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se estiró y le rodeó los hombros con el brazo.—Sophie, mírame —le pidió con suavidad—. No dejes que las palabras de ese hombre se te metan en la cabeza.—Es que... es una vida, Cristian —susurró ella, con la voz quebrada—. Armando cometió muchos errores, pero terminar así... me duele pensar que todo terminó en sangre. Siento que, de alguna forma, si yo no me hubiera enamorado de ti, él no habría buscado a Sandra y...—¡No! —Cristian la interrumpió, obligándola a que lo mirara a los ojos—. Ni se te ocurra cargar con ese muerto, porque no te corresponde. Suena feo, suena cruel, pero cada uno es dueño de sus pasos. Armando n
La noche cayó sobre la ciudad, y con ella, el ruido del hospital se fue calmando. En la habitación, solo se escuchaba el pitido suave de las máquinas y la respiración de Cristian, que poco a poco iba despertando del todo. El efecto de los calmantes ya se estaba pasando, y aunque el cuerpo le pesaba como si le hubieran pasado encima mil camiones, su mente estaba más clara que nunca.Sophie no se había movido de su lado. Estaba allí, con los ojos hinchaditos de tanto llorar, pero con una ternura que a Cristian le partía el pecho. Él la miró y, con un esfuerzo que le caló en los huesos, se acomodó un poco en la almohada.—Sophie… —la llamó con la voz ronca—. Ven más cerquita, por favor. Necesito soltar todo esto que traigo cargando, porque si no lo hago, siento que me voy a ahogar.Sophie arrastró la silla y le tomó la mano, apretándola fuerte.—No te esfuerces, mi amor. Ya habrá tiempo de hablar —dijo ella, acariciándole el pelo con suavidad.—No, tiene que ser hoy. Ya me cansé de escond
Cristian apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos le ardían. Las lágrimas le nublaban la vista mientras manejaba a toda velocidad por la carretera oscura hacia la mansión Fuentes. El dolor de haber perdido la confianza de Sophie lo estaba volviendo loco; sentía que el pecho se le partía en dos. En ese momento, el celular chilló en el asiento del pasajero. Al ver el nombre de Armando en la pantalla, la rabia le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.—¿Qué quieres, maldito? —ladró Cristian al contestar.—¡Vaya, pero qué humor! —la risa de Armando sonó cargada de veneno a través del parlante—. Solo llamaba para saber cómo te fue con el "regalito" que te dejé. ¿Ya te echó Sophie a la calle? Me imagino que sí. A las mujeres como ella no les gusta la basura, y tú no eres más que un perro callejero, hijo de un criminal. ¿Ya te dio la patada que te mereces?—¡Cállate la boca! —gritó Cristian, perdiendo los estribos. Con una mano golpeó el volante una, dos, tres veces, hac
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