El aire en la oficina de Clay no solo era pesado; era rancio, cargado del olor a tabaco barato y el aroma metálico de la lluvia que Yestin traía consigo. Clay, sentado tras su escritorio de madera maciza y maltratada, no le quitaba los ojos de encima. Su mirada recorría a la muchacha con la frialdad de un carnicero evaluando una pieza de ganado. Se detuvo en el gorro que ella apretaba contra su cabeza, ocultando su juventud, y luego descendió hasta sus pies.
—Zapatos empapados —gruñó Clay, su v