Yestin sentía que las paredes se cerraban sobre ella. Sus dedos tamborileaban frenéticamente contra el borde de la mesa de madera astillada, mientras sus ojos escaneaban cada rincón del pasillo sombrío.
De pronto, un vibrido seco rompió el silencio. El teléfono de Joseph, que ella sostenía con manos temblorosas, iluminó la penumbra. Una dirección apareció en la pantalla, una serie de números y calles que representaban su pasaporte al mundo exterior. Con un movimiento desesperado, Yestin tomó un