Capituló 3

El aire en el comedor de la mansión De la Rua no solo era pesado; era asfixiante. El tintineo de un solo cubierto contra la porcelana sonó como un disparo en medio del silencio sepulcral. Castiel mantenía la mirada fija en su plato, donde la cena gourmet se enfriaba sin haber sido tocada. No quería levantar la vista. Sabía que, si lo hacía, se encontraría con los ojos de acero de su abuelo, Leonardo, un hombre que no solo cargaba con el peso de los años, sino con la autoridad absoluta de un imperio que él mismo había construido.

Castiel apretó los puños bajo la mesa. Sentía una mezcla de traición y desesperación.

Para Leonardo, la situación no era más sencilla. Observaba la coronilla de su nieto con una punzada de dolor en el pecho. Amaba a Castiel; lo había criado para ser su sucesor, para ser el león que protegiera el legado familiar. Pero el muchacho, a pesar de su brillantez en los negocios, era un espíritu errante y alérgico al compromiso. Leonardo sabía que su salud flaqueaba y que el tiempo se agotaba. Si no dejaba a Castiel atado legalmente a la estabilidad de una familia, la empresa caería en las garras de su otro hijo, el tío de Castiel: un hombre cuya ambición solo era superada por su ineptitud. Entregarle el mando a él sería firmar la sentencia de muerte de la compañía en menos de un año.

—No he terminado, Castiel —la voz de Leonardo cortó el silencio como un látigo—. Levanta la cabeza.

Castiel obedeció lentamente, sus ojos oscuros destellando una furia contenida.

—Además —agregó el anciano, entrelazando sus dedos sobre la mesa.

—¿Todavía hay más? —murmuró Castiel con un sarcasmo amargo.

Leonardo lo ignoró, manteniendo un tono gélido y pragmático:

—Debes tener un heredero. Un bebé antes de que se cumplan los dos años de matrimonio. Esa es la cláusula final del fideicomiso.

El impacto de las palabras fue físico. Castiel sintió como si un balde de agua helada hubiera sido derramado sobre sus hombros, entumeciéndole los sentidos. ¿Un hijo? ¿Un contrato de sangre con una desconocida?

—¿Y qué pasa si me niego a seguir este guion de novela barata? —indagó Castiel, su voz subiendo de tono—. ¿Qué pasa si simplemente vivo mi vida como quiero?

—Es simple —contestó Leonardo sin parpadear—. Te destituiré de inmediato y retomaré el mando hasta que encuentre un comprador externo o, en el peor de los casos, dejaré que tu tío tome las riendas. Además, te despojaré de cada activo, cada propiedad y cada lujo al que has estado acostumbrado. Saldrás de esta casa con lo que llevas puesto.

—¡Pero ya estás mayor! —protestó Castiel, poniéndose de pie de un salto, haciendo que su silla chirriara contra el mármol—. No puedes volver a manejar el ritmo de la corporación. ¡Te matará el estrés!

—Lo sé —suspiró el abuelo, y por un segundo, su máscara de hierro se resquebrajó, mostrando el cansancio—. Pero prefiero morir en mi escritorio que ver cómo tu tío desmantela pieza por pieza lo que construí con sudor y sangre. Sería una desgracia para todos, y tú mejor que nadie sabes de lo que él es capaz.

Castiel guardó silencio. La imagen de su tío, una rata oportunista que solo buscaba financiar sus vicios con el dinero ajeno, pasó por su mente. Era verdad. Si Castiel no aceptaba, cientos de familias que dependían de la empresa quedarían en la calle en cuestión de meses. Se sentía atrapado, un animal enjaulado por su propio linaje.

—Hijo, ¿no vas a cenar? —preguntó su abuela, interviniendo con una voz trémula, sus ojos cargados de una tristeza infinita.

—Se me quitó el apetito, abuela —declaró Castiel, su voz ronca por la emoción contenida—. Si me quedo un minuto más, diré algo de lo que me arrepentiré.

La anciana bajó la mirada. Ella también cargaba con el peso de la tradición; los De la Rua eran pocos, y la extinción del apellido era una sombra que los perseguía.

—Lo siento, hijo —dijo Leonardo antes de que Castiel cruzara el umbral—. Si hubiera otra opción que garantizara el futuro, no te pediría este sacrificio.

—No digas eso —escupió Castiel, deteniéndose sin girarse—. Sabes que hay otras opciones, pero siempre eliges la que es más humillante para mí.

Salió del comedor a zancadas, el eco de sus pasos resonando en el gran vestíbulo. El aire nocturno de la calle no fue suficiente para enfriar su rabia. ¿Casarse? ¿Tener hijos? Se había jurado a sí mismo nunca traer a alguien a este mundo de ambiciones desmedidas y afectos condicionados.

Castiel no era un santo. Disfrutaba de la belleza femenina; tenía un tipo muy claro: mujeres estilizadas, de curvas perfectas y piernas infinitas. Podría tener a cualquiera de las modelos que frecuentaba, pero el problema no era el físico. El problema era el "cerebro". Estaba rodeado de mujeres que veían en él una cuenta bancaria con piernas. Encontrar a alguien con quien compartir un contrato de tal magnitud, que fuera inteligente, digna y que no intentara destruirlo después, parecía una misión imposible. Para él, la belleza y la inteligencia eran líneas paralelas que nunca se cruzaban.

—¿Señor, se encuentra bien? —la voz de Adolfo, su chofer y hombre de confianza, lo sacó de su trance. Estaba de pie junto al imponente BMW, observándolo con genuina preocupación.

—Dame las llaves —ordenó Castiel, extendiendo la mano con un temblor de ira.

Adolfo dudó un segundo, pero la mirada de su jefe no admitía réplicas. Colocó las llaves en su palma. Castiel subió al vehículo, el motor rugió como una bestia despertando y los neumáticos derraparon sobre el asfalto, dejando una estela de humo blanco mientras desaparecía por los portones de la mansión.

Mientras conducía al límite de la velocidad, sacó su móvil y marcó a Ángel, el único amigo que no le hacía preguntas incómodas.

—¡Contesta, maldita sea! —masculló.

—¡Hola, amigo! —la voz de Ángel sonaba ya distorsionada por la música de fondo—. ¿Decidiste salir de tu cueva?

—¿La invitación al club sigue en pie? —fue directo al grano.

—Por supuesto. El reservado está listo y las botellas en hielo.

—Llego en veinte minutos. No dejes que nadie se acerque a mi mesa —sentenció y colgó.

Llegó al club nocturno, un lugar exclusivo donde el exceso era la norma. Aparcó el auto de cualquier manera y entró. El ambiente lo golpeó de inmediato: luces rojas profundas, el bajo de la música vibrando en su pecho y el olor a perfume caro mezclado con alcohol.

—¡Castiel! —Ángel agitó la mano desde la zona VIP—. ¡Siéntate! Bebe esto, pareces haber visto a un fantasma.

Castiel tomó la copa de cristal, olió el whisky puro y lo bebió de un solo trago, sintiendo el fuego bajar por su garganta.

—¿Quieres que llame a alguna de las chicas? —preguntó Ángel, señalando a un grupo de mujeres de belleza escultural que los observaban desde la barra.

—No —gruñó Castiel.

—¿Cómo que no? Si nunca te niegas a una buena compañía.

—No estoy de humor, Ángel. Déjame en paz.

Pero en esos lugares, la paz es un lujo inexistente. Una mujer de piel canela, cabello rizado y ojos magnéticos se deslizó tras él. Sus dedos recorrieron sus hombros con una lentitud provocadora y se inclinó para susurrarle al oído:

—Te noto muy tenso, guapo... Déjame hacerte olvidar el mundo.

Sintió el roce de su lengua en su lóbulo y un escalofrío de repulsión lo recorrió. En otro momento, quizá le habría seguido el juego, pero ahora, cada caricia se sentía como una cadena. Apartó las manos de la mujer con brusquedad, dejó la copa vacía y se levantó, mareado por el ruido.

Se refugió en la barra principal, lejos de los reservados.

—Una botella de vodka. La más fuerte que tengas —le ordenó al barman.

—Enseguida, señor.

Castiel ni siquiera esperó a que le sirvieran. Tomó la botella, detuvo la mano del barman y declaró:

—Yo puedo solo. Cárgalo a mi cuenta.

Un trago se convirtió en un vaso lleno, y el vaso en la mitad de la botella. El vodka, frío y despiadado, empezó a adormecer su cerebro. Las imágenes de su abuelo y las cláusulas del testamento empezaron a difuminarse en una neblina blanca. Para cuando terminó la segunda botella, el mundo era un tiovivo desenfocado.

—¡Otra! —gritó, golpeando la barra con la mano. Sus palabras salían arrastradas, pesadas.

—Señor, creo que ha tenido suficiente por hoy —dijo el barman con cautela.

—¡Te pedí... que traigas... otra! —rugió Castiel, tambaleándose.

—No puedo hacerlo, señor. Por su seguridad.

—¡Pésimo servicio! ¡Este lugar es una basura!

Se puso de pie, con el estómago revuelto y la cabeza dándole vueltas como una centrífuga. Necesitaba aire, o quizá un lugar donde vomitar su miseria. Divisó una puerta al fondo que creía que conducía a los baños o a una salida privada. Al cruzarla, el aire frío de la noche lo golpeó, pero no eran los baños. Era un balcón de madera antiguo, apartado de la zona remodelada del club.

Trató de regresar, pero el pomo de la puerta se atascó. La madera estaba hinchada o el seguro se había echado solo.

—¡Maldición! —gruñó, soltando un hipo involuntario—. Ábrete...

El mareo se intensificó. Sentía que el suelo se inclinaba. Buscando estabilidad, se tambaleó hacia la barandilla de hierro y madera, dejando caer todo su peso muerto sobre ella mientras intentaba enfocar la vista en las luces de la ciudad.

Un crujido seco y metálico rasgó el aire.

El soporte oxidado cedió bajo sus cien kilos de peso y desesperación. Castiel no tuvo tiempo de reaccionar; solo sintió el vacío repentino bajo sus pies y el vértigo de la gravedad reclamándolo. Cayó desde una altura de tres metros, directo hacia la oscuridad del callejón inferior.

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