El aroma a tabaco caro y cuero viejo siempre inundaba la oficina de Donatello Armani, pero esa tarde, el aire se sentía especialmente pesado, cargado de una electricidad estática que presagiaba tormenta. Donatello, un hombre cuya sola presencia solía congelar el flujo de cualquier conversación, mantenía la vista fija en un pisapapeles de mármol.
—¡Jefe! ¡Jefe!
El grito de Jaime rompió el silencio como un cristal estallando contra el suelo. El joven entró tropezando con sus propios pies, con el