Yestin estaba allí, en mitad de la calle, bajo el resplandor mortecino de las farolas que luchaban contra la niebla. De pronto, la calidez la asaltó. Unos brazos firmes y decididos rodearon su cintura, tomándola por sorpresa, pero no con miedo. Giró el rostro por encima del hombro, casi con lentitud, y se encontró con el impacto de esos ojos grises. Eran tormenta y plata a la vez. Sin que su voluntad pudiera intervenir, una sonrisa involuntaria curvó sus labios. Sus manos, pequeñas en comparación, buscaron las de él, entrelazando sus dedos sobre su vientre. El frío de la noche desapareció, reemplazado por una respiración que golpeaba rítmicamente contra su cuello, erizando cada vello de su nuca. Un escalofrío eléctrico recorrió su columna. Él se inclinó, acortando la distancia centímetro a centímetro. Yestin pudo percibir esa fragancia tan particular: una mezcla embriagadora de loción de alta gama, maderas y el rastro punzante del alcohol. —Sé mi esposa —susurró él. La voz fue un te
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