El eco de las puertas metálicas deslizándose fue el primer aviso. Castiel no desvió la mirada de inmediato; le gustaba saborear el poder de su posición, el silencio de su oficina de techos altos y la luz que bañaba los muebles de diseño. Pero lo que vio entrar no fue a una mujer de negocios, sino a una figura que avanzaba a ras de suelo, gateando con una mezcla de pánico y torpeza que rozaba lo absurdo.
Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. Ver a Yestin Valenzuela, la mujer que usualme