—Señor, el Pantera está aquí —soltó Jaime, rompiendo el pesado silencio del despacho.
Donatello no se movió. Seguía ahí, hundido en su trono de cuero, dándole la espalda al mundo. Desde donde Jaime estaba, solo se alcanzaba a ver el humo del puro elevándose en espirales lentas, filtrándose entre los escasos rayos de luz que lograban atravesar las persianas. El ambiente estaba cargado, no solo de tabaco, sino de esa tensión eléctrica que precede a una tormenta de sangre.
Donatello no respondió.