Yestin estaba allí, en mitad de la calle, bajo el resplandor mortecino de las farolas que luchaban contra la niebla. De pronto, la calidez la asaltó. Unos brazos firmes y decididos rodearon su cintura, tomándola por sorpresa, pero no con miedo.
Giró el rostro por encima del hombro, casi con lentitud, y se encontró con el impacto de esos ojos grises. Eran tormenta y plata a la vez. Sin que su voluntad pudiera intervenir, una sonrisa involuntaria curvó sus labios. Sus manos, pequeñas en comparaci