Mundo ficciónIniciar sesiónValerie tenía dieciséis años cuando su madre la vendió a un extranjero por un sobre lleno de billetes. Era Nochebuena. Lo que siguió fueron doce años de encierro, violencia y una verdad que helaría la sangre de cualquiera: Dimitri no la compró para amarla. La compró para que le diera hijas. Hijas que él vendería al mejor postor. Pero el destino tenía otros planes. Cuando finalmente quedó embarazada, no nació una niña. Nacieron tres varones. Tres bebés que destruyeron el negocio de Dimitri y encendieron en Valerie una llama que nadie podría apagar: la determinación de escapar. Con la ayuda de Matilde, una vecina que esconde secretos tan oscuros como los de su captor, Valerie huirá hacia un pueblo perdido donde la esperan nuevos aliados y nuevos enemigos. Un profesor que oculta una fortuna y un pasado misterioso. Un hermano depredador que amenaza con delatarla. Una rival que usará cada arma social para destruirla. Y en el horizonte, siempre acechando, Dimitri. Porque los hombres como él no perdonan. Y no olvidan. Esta es la historia de una mujer que fue vendida como mercancía, tratada como ganado y subestimada por todos. Una mujer que aprenderá a leer en secreto, a sobrevivir entre depredadores y a construir un imperio desde las cenizas de su cautiverio. Porque hay jaulas que no tienen barrotes. Y hay mujeres que deciden romperlas. Me dijeron que no era nadie. Yo decidí quién soy.
Leer másEl olor a vodka barato impregnaba la cocina como una maldición permanente. Valerie tenía dieciséis años, las manos agrietadas por el frío de diciembre, y una certeza absoluta: la Navidad no traía milagros a casas como la suya.
Su padre roncaba en el destartalado sofá de la sala, una botella vacía entre los dedos. Su madre, Elena, se movía con una urgencia extraña esa mañana, peinándose frente al espejo roto del baño, aplicándose un lápiz labial que Valerie nunca le había visto usar.
—Ponte el vestido azul —ordenó Elena sin mirarla—. El que te regaló tu tía.
—¿Para qué?
—Para que te veas presentable. Viene alguien importante.
Valerie no preguntó más. Había aprendido que las preguntas en esa casa solo traían problemas, gritos, y a veces algo peor. Se puso el vestido azul, el único que no tenía remiendos, y esperó sentada en la cocina mientras el frío se colaba por las rendijas de la ventana.
El hombre llegó a las once de la mañana. Alto, de hombros anchos, con un abrigo negro que parecía costar más que todo lo que había en esa casa. Tenía veintiséis años, tal vez menos, pero sus ojos oscuros cargaban una dureza que lo envejecía. Hablaba con acento extranjero, arrastrando ciertas consonantes de una manera que a Valerie le resultó incómoda, como piedras raspando contra metal.
—Ella es —dijo Elena, señalándola como quien muestra una mercancía—. Sana. Joven. Muy trabajadora.
El hombre caminó alrededor de Valerie, observándola. La mandíbula apretada, los labios finos curvados en algo que no era exactamente una sonrisa. Sus ojos recorrieron su cuerpo con la frialdad de quien evalúa ganado en una feria.
—¿Cuántos años?
—Dieciséis. Cumplió en septiembre.
—Parece menos.
—Es menuda, pero fuerte. Nunca se enferma.
Valerie quiso hablar, pero la mirada de su madre la silenció. Una advertencia filosa, cargada de amenaza.
El hombre sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo. Grueso. Lo dejó sobre la mesa de la cocina con un golpe seco que despertó a su padre, que murmuró algo ininteligible antes de volver a hundirse en el sueño.
—La cantidad acordada —dijo el hombre—. Contada.
Elena tomó el sobre con dedos temblorosos. Lo abrió apenas un centímetro, lo suficiente para ver los billetes apilados en su interior, y algo cambió en su rostro. Una mezcla de alivio y vergüenza que desapareció tan rápido como llegó.
—Es toda tuya —susurró Elena.
Valerie no comprendió. No todavía. Las palabras flotaban en el aire como humo, sin forma concreta, hasta que el hombre le extendió la mano.
—Ven conmigo.
No era una invitación, era una orden. Valerie miró a su madre buscando explicación, buscando ayuda, buscando algo que le dijera que esto no era lo que parecía.
—Vete con él —dijo Elena, sin mirarla—. Es tu esposo ahora. Te dará una vida mejor.
El suelo desapareció bajo sus pies. El mundo se inclinó como un barco en tormenta, y Valerie tuvo que agarrarse del borde de la mesa para no caer. ¿Esposo? ¿Vendida? Las palabras no tenían sentido juntas, eran piezas de un rompecabezas monstruoso que su mente de dieciséis años se negaba a armar.
—Mamá...
—No hagas esto más difícil.
El hombre la tomó del brazo. Sus dedos se cerraron como grilletes de hierro sobre su piel, y la jaló hacia la puerta. Valerie intentó resistir, pero él era demasiado fuerte, demasiado seguro, demasiado todo.
—¡Mamá! ¡Papá!
Su padre ni siquiera se movió. Elena se dio la vuelta, dándole la espalda, contando los billetes del sobre.
El frío de diciembre la golpeó en la cara cuando salió a la calle. Un auto negro esperaba en la acera, con las luces encendidas y el motor ronroneando. El hombre abrió la puerta trasera y la empujó dentro con una brusquedad que le sacó el aire de los pulmones.
El interior olía a cuero nuevo y a perfume cara. El contraste con el olor a vodka y miseria de su casa fue tan violento que Valerie sintió náuseas.
—Me llamo Dimitri —dijo él, sentándose a su lado—. Eres mía ahora. Si obedeces, vivirás bien. Si no...
Dejó la frase suspendida, pero la amenaza era clara como cristal.
El viaje al aeropuerto fue un borrón de luces navideñas y carteles festivos que parecían burlarse de ella. Papá Noel en cada esquina, villancicos sonando en alguna radio distante, familias entrando y saliendo de tiendas con bolsas llenas de regalos. Valerie presionó la frente contra la ventanilla fría, tratando de memorizar las calles, los nombres, cualquier cosa que le sirviera para encontrar el camino de regreso.
Pero el auto seguía avanzando, alejándola cada vez más de todo lo que conocía.
En el aeropuerto, Dimitri la guio con mano firme a través de controles de seguridad que pasaron sin problema, como si él hubiera hecho esto muchas veces antes. Le entregó un pasaporte que ella nunca había visto, con su foto pero un nombre diferente.
—No hables —le ordenó—. Si te preguntan algo, yo respondo.
Nadie preguntó nada.
El avión despegó a las tres de la tarde, justo cuando el sol empezaba a descender sobre la ciudad que había sido su hogar. Valerie miró por la ventanilla cómo las casas se volvían puntos diminutos, cómo las calles se convertían en líneas grises, cómo todo lo que conocía desaparecía bajo un manto de nubes.
No lloró. Todavía no entendía completamente lo que estaba pasando, y una parte de ella se aferraba a la esperanza absurda de que esto fuera un malentendido, un error que se corregiría pronto.
El vuelo duró horas. Dimitri no habló, no comió, no durmió. Se limitó a mirar al frente con esa expresión pétrea que empezaba a ser familiar. En algún momento, una azafata le ofreció a Valerie una manta y un vaso de jugo. Ella aceptó ambos solo porque sus manos necesitaban aferrarse a algo.
Aterrizaron de noche en una ciudad cuyo nombre no reconoció. El aeropuerto era enorme, frío, lleno de carteles en un idioma que no comprendía. Dimitri la tomó del brazo nuevamente y la guio hacia la salida, donde otro auto negro esperaba.
El viaje en auto fue largo. Valerie intentó memorizar las calles, pero todo le parecía igual: edificios grises, luces amarillentas, nieve sucia acumulada en las aceras. No había decoraciones navideñas aquí. No había familias sonrientes. Solo oscuridad y frío.
Finalmente, el auto se detuvo frente a un edificio de apartamentos decrépito. La fachada estaba descascarada, las ventanas eran pequeñas y sucias, y el portal no tenía puerta, solo un hueco oscuro que parecía tragarse la luz.
—Llegamos —dijo Dimitri.
El departamento estaba en el quinto piso, sin ascensor. Las escaleras crujían bajo sus pies, y el olor a humedad y a comida rancia se intensificaba con cada escalón. Cuando Dimitri abrió la puerta, Valerie esperaba encontrar algo mínimamente habitable.
Lo que encontró fue una habitación única, pequeña, con una cama de hierro oxidado, una cocina diminuta llena de grasa vieja, y un baño cuya puerta colgaba de una sola bisagra. No había calefacción. No había agua caliente. No había nada que sugiriera que alguien pudiera vivir allí dignamente.
—¿Esto es...?
—Tu nuevo hogar —interrumpió Dimitri—. Acostúmbrate.
Cerró la puerta detrás de ellos. El sonido de la llave girando en la cerradura fue el ruido más aterrador que Valerie había escuchado en su vida.
Dimitri caminó hacia ella. Sus pasos resonaban en el suelo de madera podrida, lentos, deliberados, como los de un depredador acercándose a su presa.
—Ahora eres mía —repitió, y esta vez no había ninguna ambigüedad en su voz—. Y me darás muchas hijas.
El mundo se oscureció en los bordes. Valerie quiso gritar, correr, desaparecer, pero no había a dónde ir. La puerta estaba cerrada. Las ventanas eran demasiado pequeñas y daban a un callejón de cinco pisos de altura. Estaba atrapada.
Y en ese momento, con dieciséis años, un vestido azul arrugado y el sabor metálico del terror en la boca, Valerie dejó de ser una niña.
La Nochebuena llegó con una tormenta de nieve que enterró la ciudad bajo un manto blanco que hacía que todo pareciera limpio desde la ventana, una mentira visual que ocultaba la podredumbre que yacía debajo.Valerie tenía ocho meses de embarazo.El vientre era una montaña imposible que hacía que caminar fuera una tortura, que dormir fuera imposible, que respirar fuera un privilegio que tenía que negociar con los tres bebés que peleaban por espacio dentro de ella.El departamento estaba más frío que nunca.La calefacción se había roto hacía semanas y Dimitri no se había molestado en repararla, demasiado ocupado con sus planes para el "gran día" cuando finalmente pudiera cobrar su inversión de doce años.Valerie se envolvía en todas las mantas que tenían, que no eran muchas, y se acurrucaba en la única esquina del departamento donde el frío no mordía tan fuerte.Dimitri estaba de buen humor esa noche, algo raro en él, algo que hacía que Valerie estuviera aún más alerta porque el buen hu
Los días siguientes a la revelación fueron una metamorfosis grotesca de la rutina establecida.Dimitri, que durante once años había alternado entre la indiferencia cruel y la violencia explosiva, se transformó en algo peor: un guardián obsesivo que monitoreaba cada movimiento de Valerie como si fuera ganado valioso que finalmente había empezado a producir.Llegaba cada noche con bolsas de comida. Pan fresco, no el duro y mohoso de antes. Latas de conservas caras. Frutas que Valerie no veía desde su adolescencia: manzanas rojas que brillaban bajo la luz amarillenta del departamento, naranjas que perfumaban el aire rancio con un aroma casi obsceno de normalidad.—Come —ordenaba, dejando todo sobre la mesa con un golpe que hacía temblar los platosaa—. Todo. Cada maldita cosa.Valerie comía.No porque le importara su propia supervivencia, sino porque cada bocado alimentaba a los tres seres que crecían dentro de ella, a los tres que necesitaban fuerza para lo que fuera que les esperaba.El
El doctor vivía en un sótano al otro lado de la ciudad, en un edificio que parecía a punto de colapsar sobre sí mismo.Dimitri la arrastró por calles que Valerie no reconocía. Once años encerrada la habían vuelto una extranjera en la ciudad donde era prisionera.Las luces, los sonidos, la gente, todo la abrumaba.Caminaba con la cabeza baja, siguiendo los pasos de Dimitri. Su mano cerrada como un grillete alrededor de su brazo.Bajaron escaleras húmedas que olían a moho y a algo peor. A desinfectante barato mezclado con desesperación.El doctor los esperaba en una habitación que pretendía ser una clínica pero que solo era un sótano con una camilla oxidada y un equipo médico que parecía sacado de una película de terror de los años setenta.Era un hombre de unos sesenta años.Calvo, con lentes gruesos que magnificaban sus ojos hasta volverlos grotescos. Vestía una bata blanca manchada de amarillo por el tiempo.Sus manos temblaban ligeramente cuando estrechó la mano de Dimitri.—Ella —d
El undécimo año llegó sin anuncios, sin fanfarria, sin nada que lo distinguiera de los diez anteriores.Solo otro año más de encierro. Otra vuelta más en la rueda interminable de supervivencia.Valerie tenía veintisiete años. Once años cautiva.Cuatro mil quince días marcados en la pared del baño.Había dejado de esperar milagros hace mucho tiempo. Había dejado de esperar cualquier cosa excepto el siguiente día idéntico al anterior.Y entonces su cuerpo empezó a traicionarla.Comenzó con náuseas.Al principio fueron sutiles, apenas un malestar en el estómago que Valerie atribuyó a la comida en mal estado. El pan que Dimitri traía a veces tenía moho, las conservas estaban vencidas.No era raro sentirse mal después de comer.Pero las náuseas no se iban.Empeoraban por las mañanas, un oleaje de asco que la hacía correr al baño a vomitar bilis porque no había nada más en su estómago. Se aferraba al inodoro con dedos temblorosos, esperando a que pasara la oleada.A que su cuerpo dejara de
El noveno año empezó con una tormenta de nieve que duró tres días.Enterró la ciudad bajo un manto blanco que hacía que todo se viera limpio desde la ventana del departamento. Una mentira visual que ocultaba la podredumbre que yacía debajo.Valerie tenía veinticinco años. Nueve años cautiva.Tres mil doscientos ochenta y cinco días.Sabía el número exacto porque había empezado a llevar la cuenta de forma obsesiva. Una necesidad casi compulsiva de marcar el paso del tiempo para que no se fundiera todo en una masa indistinguible de días idénticos.Las marcas vivían en la pared del baño, detrás del tanque del inodoro donde Dimitri nunca miraba. Rayas minúsculas hechas con un clavo oxidado que había encontrado en la escalera meses atrás.Cada mañana, después de que Dimitri se iba, Valerie añadía una nueva marca.Un ritual sagrado que le recordaba que seguía siendo humana. Que todavía existía como algo más que una sombra en un departamento olvidado.Tres mil doscientos ochenta y cinco raya
El séptimo año de cautiverio llegó con una novedad que Valerie no esperaba: compañía.No del tipo que habría deseado.Dimitri empezó a traer mujeres al departamento, una variedad rotativa de amantes que desfilaban por la puerta como maniquíes en un escaparate. Cada una más joven y arreglada que la anterior. Cada una ignorando deliberadamente a la sombra silenciosa que les servía café y limpiaba las manchas de lápiz labial de las copas cuando se iban.Valerie tenía veintitrés años. Siete años cautiva. Dos mil quinientos cincuenta y cinco días contados en el calendario invisible de su mente.Su cuerpo había aprendido a moverse por el departamento como un fantasma, eficiente e inexistente. Una presencia que solo cobraba forma cuando Dimitri necesitaba algo y que desaparecía en cuanto dejaba de ser útil.La primera amante llegó un viernes de marzo.Dimitri la trajo del brazo, riendo de una forma que Valerie nunca le había escuchado. Una risa casi juvenil que sonaba falsa, ensayada, como s
Último capítulo