El autobús salía a las ocho y diez.
Valerie lo sabía porque lo había cronometrado tres veces durante la semana anterior. Quince minutos de caminata hasta la parada. Doce en autobús. Tres minutos a pie desde la terminal hasta las puertas de vidrio de la petrolera.
Exactamente treinta minutos de ida.
Se levantó a las seis.
Se vistió con la blusa más formal que tenía: azul marino, sin manchas, sin arrugas porque la había planchado la noche anterior con una precisión que habría parecido excesiva a