El undécimo año llegó sin anuncios, sin fanfarria, sin nada que lo distinguiera de los diez anteriores.
Solo otro año más de encierro. Otra vuelta más en la rueda interminable de supervivencia.
Valerie tenía veintisiete años. Once años cautiva.
Cuatro mil quince días marcados en la pared del baño.
Había dejado de esperar milagros hace mucho tiempo. Había dejado de esperar cualquier cosa excepto el siguiente día idéntico al anterior.
Y entonces su cuerpo empezó a traicionarla.
Comenzó con náuseas.
Al principio fueron sutiles, apenas un malestar en el estómago que Valerie atribuyó a la comida en mal estado. El pan que Dimitri traía a veces tenía moho, las conservas estaban vencidas.
No era raro sentirse mal después de comer.
Pero las náuseas no se iban.
Empeoraban por las mañanas, un oleaje de asco que la hacía correr al baño a vomitar bilis porque no había nada más en su estómago. Se aferraba al inodoro con dedos temblorosos, esperando a que pasara la oleada.
A que su cuerpo dejara de