El quinto año de cautiverio llegó con un invierno particularmente cruel, el tipo de frío que se metía en los huesos y no salía nunca, que convertía el departamento en una caja de hielo donde el aliento se volvía niebla y los dedos se entumecían aunque estuvieras bajo tres mantas.Valerie tenía veintiún años. Cinco años cautiva. Mil ochocientos veinticinco días desde que su madre la vendió por un sobre lleno de billetes. Había dejado de contar hace tiempo, pero su cuerpo llevaba la cuenta de otra forma: en las cicatrices que cruzaban su espalda, en los huesos que nunca sanaron del todo bien, en los ojos que habían olvidado cómo brillar.La rutina era siempre la misma. Dimitri salía temprano, regresaba tarde, y en las horas intermedias, Valerie existía en un limbo de tareas domésticas y silencio. Limpiar, cocinar, remendar, esperar. Los días se fundían unos con otros en una masa gris e indiferenciada, y a veces Valerie se sorprendía sin poder recordar si era lunes o viernes, enero o mar
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