Mundo ficciónIniciar sesiónDos años. Veinticuatro meses. Setecientos treinta días de espera, de intentos fallidos, de sangre que llegaba puntual cada veintiocho días como una pequeña victoria secreta que Valerie celebraba en silencio y que Dimitri recibía con furia creciente.
El departamento seguía siendo el mismo agujero miserable de siempre, pero Valerie había cambiado. A los dieciocho años, su cuerpo había madurado, las curvas de la adolescencia se habían asentado en formas de mujer, pero su rostro había perdido algo esencial. La luz. Esa chispa de esperanza ingenua que todavía brillaba cuando subió al avión dos años atrás se había extinguido, reemplazada por una cautela permanente, una vigilancia que no descansaba ni siquiera en sueños.
Dimitri entró esa noche con el paso pesado de quien carga una noticia que no quiere dar. Traía una botella de vodka en una mano y un papel arrugado en la otra. Sus ojos, enrojecidos por el alcohol y la frustración, la encontraron de inmediato, clavándose en ella como cuchillos oxidados.
—Dos años —dijo, su voz raspando el silencio del departamento—. Dos malditos años y nada.
Valerie estaba junto a la cocina, removiendo una sopa aguada que era lo único que había podido preparar con las sobras del día anterior. No levantó la mirada. Había aprendido que el contacto visual en momentos así solo empeoraba las cosas.
—Quizás necesito más tiempo —murmuró, manteniendo el tono sumiso que él esperaba—. El médico dijo que a veces tarda.
—El médico era un imbécil.
Dimitri cruzó la habitación en tres zancadas. Su mano se cerró alrededor del brazo de Valerie, girándola con brusquedad, obligándola a mirarlo. El olor a vodka era tan intenso que los ojos le ardieron.
—Vamos a ver a otro médico —anunció—. Uno de verdad. Uno que sepa lo que hace.
El "médico de verdad" resultó ser un hombre de unos sesenta años en un sótano húmedo, sin licencia, sin consultorio, sin nada que sugiriera legitimidad médica. Tenía instrumentos oxidados dispuestos sobre una mesa que alguna vez fue blanca, y sus manos temblaban ligeramente cuando encendió una lámpara que proyectó sombras grotescas en las paredes de cemento.
Valerie tuvo que desnudarse frente a desconocidos. Dimitri la observaba desde una esquina, con los brazos cruzados, como un granjero supervisando la inspección de una vaca que no produce leche. El médico clandestino la examinó con dedos fríos y ásperos, murmurando para sí mismo mientras tomaba notas en un cuaderno manchado.
La humillación quemaba más que el frío del sótano. Valerie fijó la mirada en una grieta del techo, contando los segundos, separando su mente de su cuerpo, una técnica de supervivencia que había perfeccionado en los últimos dos años. No estaba allí. No era ella. Era solo carne siendo inspeccionada, evaluada, catalogada.
—Está sana —dictaminó el médico finalmente, quitándose unos guantes de látex amarillentos—. Fértil. No hay ningún problema con ella.
Dimitri se tensó. Valerie pudo verlo aunque no lo estuviera mirando directamente. La forma en que sus hombros se elevaron, cómo sus manos se cerraron en puños a los costados del cuerpo.
—¿Entonces por qué no se embaraza?
El médico se encogió de hombros con una indiferencia que sugería que había tenido esta conversación muchas veces antes.
—A veces el problema no está en la mujer.
El silencio que siguió fue el tipo de silencio que precede a las tormentas. Denso, cargado de electricidad, vibrando con la promesa de destrucción. Valerie contuvo la respiración.
—¿Qué está insinuando? —La voz de Dimitri era un susurro peligroso.
—No insinúo nada. Solo digo que si ella está sana, las opciones son limitadas. Podría hacerse usted algunos exámenes...
—Yo no necesito exámenes.
—Entonces tendrá que ser paciente. O buscar otra solución.
Dimitri no respondió. Sacó un fajo de billetes del bolsillo, los arrojó sobre la mesa sin contarlos, y agarró a Valerie del brazo con una fuerza que dejó marcas moradas que durarían semanas.
El viaje de regreso al departamento fue un infierno silencioso. Valerie podía sentir la rabia emanando de Dimitri como calor de un incendio, una fuerza tangible que llenaba el pequeño espacio del auto hasta hacerlo irrespirable. No se atrevió a hablar. No se atrevió a moverse. Solo existió, lo más pequeña e invisible posible, rogando por llegar al departamento sin que la tormenta estallara.
No tuvo tanta suerte.
La primera bofetada llegó antes de que la puerta terminara de cerrarse. El impacto la lanzó contra la pared, estrellas explotando en su visión, el sabor metálico de la sangre llenando su boca donde se había mordido la lengua.
—El problema podría ser él —escupió Dimitri, imitando la voz del médico con un falsete cruel—. ¡Él! ¡El problema soy yo!
La segunda bofetada fue peor. Valerie cayó al suelo, sus rodillas golpeando la madera podrida, el dolor irradiando por sus piernas como relámpagos.
—Tres años esperando —continuó Dimitri, pateando una silla que se estrelló contra la pared y se partió en pedazos—. Tres años alimentándote, vistiéndote, manteniéndote. ¿Y para qué?
Valerie se arrastró hacia la esquina, haciéndose un ovillo, protegiendo su cabeza con los brazos. Había aprendido que resistir solo prolongaba el castigo. Que rogar solo lo excitaba más. Lo único que funcionaba era volverse pequeña, invisible, esperar a que la tormenta pasara.
—El problema eres tú —gruñó Dimitri, inclinándose sobre ella—. Tu cuerpo inútil. Tu vientre vacío. Invertí todo en ti, ¿entiendes? Todo. Y no me has dado nada.
El tercer golpe fue un puñetazo en las costillas que le robó el aire de los pulmones. Valerie jadeó, incapaz de gritar, incapaz de respirar, el dolor tan intenso que por un momento deseó que la matara de una vez, que terminara con todo.
Pero Dimitri no la mató. Nunca lo hacía. Siempre se detenía justo antes del límite, justo antes de romper algo que no pudiera repararse. Necesitaba su cuerpo intacto. Necesitaba su vientre funcional. Ella era una inversión, y aunque estuviera furioso, no destruiría su propia propiedad.
Las semanas siguientes fueron un ciclo interminable de violencia y silencio. Dimitri la golpeaba cuando bebía. La ignoraba cuando estaba sobrio. Y cada mes, cuando la sangre llegaba puntual, la furia volvía a estallar.
Valerie aprendió a predecir los ciclos de violencia como quien predice el clima. Desarrolló una sensibilidad casi sobrenatural para detectar los cambios de humor de Dimitri, las pequeñas señales que precedían las tormentas: el tic en su mandíbula, la forma en que cerraba los puños, el brillo particular en sus ojos cuando el alcohol empezaba a hacer efecto.
En esos momentos, se volvía invisible. Se escondía en el baño, en la cocina, en cualquier rincón donde pudiera desaparecer. A veces funcionaba. A veces no.
Los moretones se convirtieron en parte de su cuerpo, marcas que florecían y se desvanecían en un ciclo perpetuo. Aprendió a caminar de formas que disimularan las costillas magulladas, a maquillarse los ojos hinchados con las pocas cosas que Dimitri le permitía tener, a sonreír cuando él traía invitados aunque cada movimiento del rostro le causara dolor.
Pero algo más estaba cambiando dentro de ella. Algo que Dimitri no podía ver, que nadie podía ver. En el silencio de las noches, cuando él dormía su borrachera y ella permanecía despierta mirando el techo, una parte de Valerie que había estado dormida empezaba a despertar.
Era rabia.
No la rabia explosiva de Dimitri, que destruía todo a su paso. Era algo más frío, más paciente, más peligroso. Una rabia que se acumulaba gota a gota, como agua erosionando piedra, invisible pero imparable.
Cada golpe que recibía alimentaba esa rabia. Cada humillación, cada insulto, cada noche de dolor. Valerie empezó a guardar todo en un lugar secreto de su mente, un cofre invisible donde almacenaba cada ofensa, cada herida, cada promesa de venganza que algún día cumpliría.
Pasaron más meses. Un año. Otro. La esperanza de embarazo de Dimitri se transformó lentamente en resignación amarga. Dejó de llevarla a médicos clandestinos. Dejó de mencionar el tema durante semanas enteras. Pero la violencia no disminuyó; simplemente cambió de forma, de motivación. Ya no la golpeaba por no darle hijas. La golpeaba porque podía. Porque ella estaba ahí. Porque era suya.
Y una noche, después de una paliza particularmente brutal que la dejó incapaz de levantarse del suelo durante horas, Dimitri se inclinó sobre su cuerpo magullado y pronunció las palabras que quedarían grabadas en su memoria para siempre.
—Si no me sirves para esto —susurró, su aliento caliente contra su oído, apestando a vodka y desprecio—, no sirves para nada.
Valerie no respondió. No podía responder. Tenía la mandíbula tan hinchada que hablar era imposible. Pero en algún lugar profundo de su ser, en ese cofre secreto donde guardaba su rabia, agregó una nueva entrada.
Algún día, le demostraría para qué servía.
Algún día, él pagaría por cada golpe, cada palabra, cada noche de terror.
Algún día.







