Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Mariana California, Palo Alto – Sede de Anchorena Global Holdings ¿Qué hago aquí? Esa fue la pregunta que más fuerte me retumbaba en la cabeza mientras apretaba los dedos contra mi portafolio azul, ya sudado de tantos nervios. Las puertas del ascensor se cerraron frente a mí con ese ding robótico, y por un instante, consideré presionar “L” y escapar como si nunca hubiera estado allí. Pero no. No otra vez. Desde que llegué a California con mi visa de trabajo temporal —y toda la ilusión de que aquí empezaría la vida que siempre soñé— las cosas no han hecho más que ir cuesta arriba. Despedida de la escuela que me ayudó a conseguir la visa porque no acepté que el director se propasara conmigo. Rechazada de dos escuelas por falta de cupo, un contrato cancelado antes de empezar por protestas en la zona, y ahora... esto. Un trabajo de tutora privada en una empresa de oficinas pulcras, silenciosas, de esas donde el aire huele a vidrio templado y a éxito. A lo lejos, las paredes brillaban con pantallas que mostraban gráficos y cifras que no entendía. Todo parecía sacado de una serie de Netflix sobre millonarios y poder.
Leer másPOV: Mariana
Lugar: California, Palo Alto – Sede de Anchorena Global Holdings
¿Qué hago aquí?
Esa fue la pregunta que más fuerte me retumbaba en la cabeza mientras apretaba los dedos contra mi portafolio azul, ya sudado de tantos nervios. Las puertas del ascensor se cerraron frente a mí con ese ding robótico, y por un instante, consideré presionar la “L” y escapar por el Lobby como si nunca hubiera estado allí.
Pero no. No otra vez.
Desde que llegué a California con mi visa de trabajo temporal (y toda la ilusión de que aquí empezaría la vida que siempre soñé), las cosas no han hecho más que ir cuesta abajo. Despedida de la escuela que me ayudó a conseguir la visa porque no acepté que el director se propasara conmigo. Rechazada de dos escuelas por falta de cupo, un contrato cancelado antes de empezar por protestas en la zona, y ahora... Solo me quedaba esta oportunidad.
¿El puesto? Un trabajo de tutora privada en una empresa de oficinas pulcras, silenciosas, de esas donde el aire huele a vidrio templado y a éxito. A lo lejos, las paredes brillaban con pantallas que mostraban gráficos y cifras que no entendía. Todo parecía sacado de una serie de Letflix sobre millonarios y poder. Y yo, con mis zapatos de suela raspada y mi blusa planchada a medias, parecía haberme equivocado de planeta. Definitivamente, yo no encajaba aquí.
Pero tienes que encajar, Mariana. Me repetí como mantra mental por primera vez.
Una recepcionista que parecía una despampanante modelo de catálogo me sonrió con labios rojos perfectos, y cabello castaño impecable.
—¿Mariana Toledo? —preguntó, mirando su iPad.
Asentí.
—El señor Anchorena la recibirá en su oficina. Piso 18.
¿El señor Anchorena ? ¿El CEO? ¿Personalmente?
—Perdona, ¿en qué piso estamos?
Ella sonrió amablemente. Seguro notaba que este sitio parecía un laberinto al que ella se había acostumbrado. Se levantó calmadamente y dijo: — Estamos en el piso número 3. El señor Anchorena no tolera los retrasos, por favor. —Extendió su mano hacia el ascensor, indicándome que lo tomara.
—Sí, claro. Gracias. —Dije y caminé hacia el elevador. Yo pensaba que iba a hablar con alguien de Recursos Humanos, quizás con una psicóloga o una asistente. No con Elías Anchorena, el hombre que según G****e era dueño de una de las empresas tecnológicas emergentes más poderosas de la costa oeste. Un viudo con un hijo pequeño, eso decía el anuncio. ¿Se refería a él? Tomé mi teléfono y busqué su nombre de nuevo. Un artículo decía que era frío, calculador y despiadado. Varios hilos de X lo tildaban como un monstruo sin alma. Y en reddit, muchos opinaban que él había matado a su esposa.
Tragué saliva.
Entré al ascensor, y al levantar la mano para marcar el piso 18, me di cuenta que estaba temblando. Presioné el botón, más por un acto impulsivo que por conciencia. Respiré hondo, y subí, con el corazón latiendo como si alguien me hubiera inyectado Red Bull en las venas.
El ascensor se abrió en un gran salón. Pero no era un gran salón, era su oficina, inmensa, un mundo aparte.
Me fijé en los detalles enseguida, digamos que era el miedo impulsándome de nuevo a guardar todo en mi memoria.
Esta oficina no era nada como lo que había visto en mi vida, para ser tan grande, era minimalista, sin una mota de polvo. Ventanales que iban del piso al techo dejaban ver la bahía de San Francisco a lo lejos, aunque ese día, una neblina opaca cubría la mitad de la ciudad. Lo primero que me llamó la atención fue la ausencia de fotos familiares. Ni una planta. Ni un cuadro con color.
Y en el centro: él. De pie, de espaldas, con un traje gris claro y la mirada fija en la ventana. Era un hombre alto con una espalda ancha y fornida, tenía las manos tomadas a su espalda y se veía, intocable.
Esto era un poco cliché.
—Señor... Señor Anchorena … —balbuceé con duda porque casi digo su nombre.
Se giró lentamente. Era más joven de lo que pensaba. Tal vez no llegaba a los cuarenta. De frente se podía notar la intensidad de su mirada, y esos oscuros ojos color plomo que resaltaban con su cabello. Su mandíbula estaba cincelada por los mismísimos escultores griegos, era definida y firme. Me miró fijamente pero no sonrió, más bien tenía el ceño fruncido. Me observó con una expresión que no sabía si era de escepticismo o simple cansancio, no pude leerlo.
—Señorita Toledo. Siéntese. —ordenó, mientras se sentaba en su enorme silla.
Obedecí. Sentí que mis piernas estaban hechas de gelatina.
—Leí su CV —dijo, sin perder tiempo en cortesías—. Tiene experiencia como maestra en primer grado, buena evaluación de desempeño. También trabajó con niños con necesidades especiales, ¿cierto?
Asentí.
—¿Sabe por qué está aquí?
—Entiendo… —balbuceé de nuevo — Entiendo que es para el puesto de tutora… para su hijo.
Él no respondió de inmediato. Tomó una carpeta que tenía sobre la mesa y la hojeó sin mirarme.
—No necesito una niñera —dijo al fin—. No necesito una profesora común. Necesito a alguien que logre que Matías vuelva a hablar.
Abrí más los ojos.
—¿Su hijo no habla?
—Desde hace más de tres años. Desde que murió su madre.
Sus palabras fueron tan directas, tan planas, que dolieron más que si las hubiera dicho llorando.
—Lo siento mucho —dije, sinceramente.
Él alzó la vista. Me sostuvo la mirada por primera vez.
—No necesito compasión. Necesito resultados.
La frase quedó suspendida entre los dos como un muro invisible. Yo apreté las manos en mi regazo, conteniendo las ganas de contestar que no era una máquina de milagros, pero no lo hice. No aún.
—¿Qué métodos ha intentado antes? —pregunté, manteniendo la voz firme.
—Terapias del habla. Psicólogos. Un internado privado. —Bajó la mirada por un instante.—Nada.
—¿Y qué tipo de vínculo tiene con usted? —pregunté, aunque lo noté tensarse.
—Es mi hijo.
—Sí, pero... ¿se siente cómodo a su alrededor? ¿Hay cercanía?
Una chispa de algo —tal vez enojo— le cruzó los ojos.
—¿Quiere preguntarme si soy un mal padre?
—No —respondí sin retroceder—. Quiero saber si soy su última opción... o la primera en intentar algo distinto.
Silencio.
Por primera vez, vi una grieta en esa fachada de CEO perfecto. Tal vez no era tan de piedra como parecía.
En ese momento, se abrió la puerta sin que nadie tocara. Giré mi cabeza para mirar quién era.
Un niño de unos seis años asomó la cabeza. Tenía el cabello oscuro, igual que él, y los ojos... grandes, tristes, demasiado conscientes para su edad. Vestía un suéter azul con dibujos de cohetes y sostenía un cuaderno como si fuera un escudo.
—Matías —dijo Elías, sin levantar la voz—. Estoy ocupado, regresa .
El niño no respondió. Solo miró hacia adentro de la oficina. Me miró a mí.
—¿Él es...? —susurré, mirando a Elías por un instante.
—Sí. —Elías cambió su atención hacia él—. Anda, hijo, vuelve con Valentina.
Pero Matías no se movió. Se quedó en la entrada, mirándome con una intensidad que me descolocaba.
No lo pensé. Me levanté y caminé todo el recorrido hasta la puerta. Me agaché, al nivel de sus ojos.
—Hola, Matías. ¿Puedo ver tu cuaderno?
Él parpadeó. Luego, lentamente, dio dos pasos y me lo tendió. Lo abrí con cuidado.
Dibujos. Cohetes. Una familia. Tres figuras: un hombre, una mujer y un niño con una capa. En la siguiente página, solo dos figuras: el hombre y el niño.
Mi corazón se conmovió profundamente. De repente, quise abrazarlo.
—¿Este eres tú? —le pregunté, señalando al niño.
Matías no habló. Pero asintió.
—¿Y este...? —apunté al hombre dibujado.
Elías, desde el escritorio, no decía una palabra.
Matías alzó la vista hacia su padre. Luego, con una pequeña sonrisa tímida, extendió su dedo... y me tocó la rodilla.
Era un gesto simple. Pero lleno de significado. Sonreí.
Volteé a mirar a Elías, inmóvil. Vi cómo algo se tensaba en su mandíbula.
—Ya, Matías. Vuelve con Valentina—ordenó en voz baja.
El niño bajó la cabeza y salió, despacio.
Cerré el cuaderno y me levanté, enfocando mi atención al portador de ese despliegue cruel
—Creo que no estoy aquí por casualidad, señor Anchorena.
Él se cruzó de brazos.
—Tiene siete días. Una semana a prueba. Se muda hoy si acepta.
—¿Mudarme?
—Necesito que lo vea a diario. Interactúe. Esté cerca. Si quiere este trabajo, será en mi casa.
¿En su casa? ¿Con él allí también?
—¿Y si digo que no?
—Buscaré a otra persona.
Lo dijo con absoluta frialdad. Pero su tono no ocultaba del todo la urgencia. El miedo.
Miré al piso para sopesarlo por un segundo. La imagen de Matías mirándome con esos ojos tristes se reprodujo en mi mente. Si me negaba, Elías posiblemente aceptaría a la segunda mejor opción que estaría en esa carpeta de postulantes sin importar si se convertía en otra persona más que abandonaría la vida de Matías. No debería importarme, pero la idea de que Matías nuevamente se encontrara frente a otro vínculo roto era una idea que no estaba dispuesta aceptar. Matías requería amor y una persona comprometida en su proceso…
—¿Y bien? ¿Cuál es su resolución?—me apresuró casi con rudeza. Lo miré fijamente.
—Acepto.
POV: MarianaLugar: StanfordEl campus de la universidad se sentía como un tranquilo y pacífico universo paralelo. Mientras el mundo de los Anchorena se desangraba en una sala de operaciones, los estudiantes caminaban con sus mochilas, discutiendo sobre exámenes y proyectos, ajenos al drama que ocupaba los cintillos de todos los noticieros.Caminaba por el pasillo del edificio de Ciencias Sociales cuando una figura familiar se interpuso en mi camino. Era Mauricio. Lucía impecable, como siempre, pero había algo en su expresión —una mezcla de urgencia y una curiosidad casi morbosa— que me puso en guardia.—Mariana —dijo, interceptándome cerca de la entrada del auditorio—. Dios mío, he visto las noticias. Lo de Valentina... es increíble. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo está el niño?—Estamos... a salvo, Mauricio. Gracias por preguntar —respondí, tratando de seguir de largo, pero él puso una mano suave en mi brazo.—Yo estaba en la Torre Anchorena con Elías cuando pasó el accidente —continuó él, ba
POV: Narradora OmnipresenteLa noche cayó sobre la Villa de la Colina con una pesadez asfixiante. A diferencia de la Mansión Anchorena, donde los ecos de la historia y la calidez de la madera antigua solían amortiguar los miedos, esta residencia era un monumento a la modernidad fría. El hormigón pulido, las superficies de cristal que devolvían reflejos distorsionados y el zumbido constante de los sistemas de filtración de aire creaban una atmósfera de laboratorio.Era una fortaleza diseñada para sobrevivir a un asedio, pero no para consolar a quienes estaban dentro.Mariana se encontraba en la cocina, aplicando una compresa fría sobre su sien. El dolor de cabeza había pasado de ser una punzada aguda a un latido sordo y constante que marcaba el ritmo de sus pensamientos. A su lado, Caterina intentaba convencer a Matías de que comiera un poco de sopa, pero el niño apenas movía la cuchara, con la vista fija en la entrada del salón.De repente, el iPad situado sobre la isla de mármol come
POV: Narradora OmnipresenteHelena, dubitativa, miró fijamente a Richard Lewinsky, como suplicándole que sacara a los Anchorena del recinto. Justo cuando Richard iba a expulsar a Elías y Leonor, Leonor dio un paso al frente.—No nos vamos a ir, Richard —dijo Elías, sosteniendo a Leonor de repente, y con una calma que enfureció aún más al patriarca Lewinsky—. Estaremos aquí. Nos guste o no, nuestros destinos están atados a lo que suceda en esa habitación.Richard no respondió. Simplemente le dio la espalda, dejando a los Anchorena en el frío del pasillo, mientras el eco de las máquinas del hospital marcaba el ritmo de una guerra que apenas estaba mudando de piel.—Elías… —murmuró Leonor—.—Dime mamá—¿No quieres que llamemos a Evans? Quizás tiene contactos que pueden decirnos mejor el estado de Valentina.Elías negó con la cabeza, sin dejar de mirar a los Lewinsky a lo lejos.—Lo que menos involucremos a nuestro staff, mejor. Ya viste que nos culpan de cómo está Valentina y también not
POV: Narradora OmnipresenteLeonor lo miró fijamente. Sabía que ir al hospital significaba enfrentarse no solo a la prensa que estaría apostada allí en minutos, sino a la posibilidad de que Valentina, en su agonía, soltara las últimas piezas del rompecabezas que les faltaban.—Sí —asintió Leonor, recuperando su bolso—. Vamos. Si ella sobrevive a esto, tenemos que ser los primeros en estar allí antes de que sus abogados o su familia conviertan esto en un circo protector. Pero Elías... prepárate. Quizás… Quizás lo que vamos a encontrar en ese hospital no se parecerá en nada a la mujer que conociste.Elías caminó hacia la puerta, deteniéndose un segundo para mirar el televisor por última vez. La columna de humo empezaba a disiparse, pero el rastro de destrucción en la autopista era permanente.—Lo sé, mamá —respondió él, con la mano en el pomo de la puerta—. La Valentina que yo conocí murió hace mucho tiempo. Lo que hay en ese helicóptero es solo la sombra de sus propios crímenes.Salier
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