Las otras mujeres

El séptimo año de cautiverio llegó con una novedad que Valerie no esperaba: compañía.

No del tipo que habría deseado.

Dimitri empezó a traer mujeres al departamento, una variedad rotativa de amantes que desfilaban por la puerta como maniquíes en un escaparate. Cada una más joven y arreglada que la anterior. Cada una ignorando deliberadamente a la sombra silenciosa que les servía café y limpiaba las manchas de lápiz labial de las copas cuando se iban.

Valerie tenía veintitrés años. Siete años cautiva. Dos mil quinientos cincuenta y cinco días contados en el calendario invisible de su mente.

Su cuerpo había aprendido a moverse por el departamento como un fantasma, eficiente e inexistente. Una presencia que solo cobraba forma cuando Dimitri necesitaba algo y que desaparecía en cuanto dejaba de ser útil.

La primera amante llegó un viernes de marzo.

Dimitri la trajo del brazo, riendo de una forma que Valerie nunca le había escuchado. Una risa casi juvenil que sonaba falsa, ensayada, como si estuviera interpretando el papel de hombre encantador y no supiera del todo cómo hacerlo.

La mujer era rubia, alta, con un abrigo de piel que probablemente costaba más que todo lo que había en ese departamento miserable. Sus tacones repiqueteaban contra el suelo de madera podrida con un ritmo que hacía que Valerie pensara en cascos de caballos.

—Prepara café —ordenó Dimitri sin mirarla.

Su atención estaba completamente absorbida por la rubia que examinaba el lugar con una expresión que oscilaba entre la curiosidad y el disgusto apenas disimulado.

Valerie obedeció.

Puso agua a hervir en la pequeña cafetera abolida, la única que funcionaba después de años de uso. Sacó las dos tazas menos astilladas que tenían. Sus manos se movían con eficiencia automática mientras sus oídos registraban cada palabra de la conversación que se desarrollaba a sus espaldas.

—¿Vives aquí?

La voz de la mujer tenía ese tono de incredulidad que Valerie había escuchado antes en las pocas veces que Dimitri traía visitas.

—Es temporal —respondió Dimitri.

Valerie reconoció la mentira instantáneamente, esa inflexión particular que adoptaba cuando estaba inventando.

—Estoy invirtiendo en un negocio. Pronto nos mudaremos a algo mejor.

La rubia no parecía convencida pero tampoco parecía importarle demasiado. Se sentó en la única silla que no cojeaba y cruzó las piernas con un movimiento estudiado. Diseñado para mostrar los zapatos caros, las medias sin enganchones, la piel bronceada que nunca había conocido el frío de un departamento sin calefacción.

Valerie sirvió el café con manos que ya no temblaban.

Había perfeccionado el arte de servir sin derramar, de estar presente sin ser vista. Colocó las tazas en la pequeña mesa con un clic suave y retrocedió hacia la cocina, hacia las sombras, hacia el lugar donde pertenecía.

—¿Ella quién es?

La rubia la señaló con un gesto casual de la mano que sostenía la taza, como quien señala un mueble o una mancha en la pared.

—Nadie importante —respondió Dimitri—. La sobrina de mi casero. Vive aquí temporalmente.

Mentira.

Pero Valerie no reaccionó, no por fuera. Su rostro mantuvo la expresión neutra que había perfeccionado, esa máscara de inexistencia que la hacía invisible.

Por dentro, sin embargo, algo se contraía. Un músculo emocional que todavía no estaba completamente muerto y que dolía cuando lo forzaban a moverse.

La rubia perdió interés en ella inmediatamente. Su atención volvió a Dimitri, a sus promesas de restaurantes caros y viajes futuros que Valerie sabía que nunca se materializarían.

Escuchó la conversación fragmentada mientras lavaba los platos que se habían acumulado durante días. Mientras sus manos se sumergían en agua fría porque no había gas para calentarla. Mientras su mente catalogaba cada detalle.

La rubia se llamaba Svetlana. Trabajaba en un salón de belleza. Tenía un hijo de seis años que vivía con su madre. Le gustaba el vino tinto y odiaba el frío. Había conocido a Dimitri en un bar tres semanas atrás.

Valerie absorbía la información como una esponja.

Sin saber para qué le serviría. Sin entender todavía que cada fragmento de conocimiento era una herramienta potencial, una pieza en un rompecabezas que algún día armaría.

Svetlana no fue la última.

Vinieron otras.

Irina, que olía a perfume barato y hablaba demasiado alto. Natasha, que fumaba constantemente y dejaba colillas por todo el departamento. Olga, que miraba a Valerie con algo parecido a la lástima pero nunca lo suficiente como para preguntar, para ofrecer ayuda, para ver realmente lo que estaba pasando.

Cada una de ellas duraba semanas, a veces meses.

Dimitri las llevaba al pequeño apartamento como trofeos temporales. Las exhibía frente a una audiencia de una sola persona que se suponía no debía importar pero cuya presencia claramente servía algún propósito retorcido en su mente.

Valerie aprendió a leer las microexpresiones de esas mujeres. Las pequeñas señales que revelaban incomodidad, desconfianza, codicia.

Aprendió que Irina era propensa a robar pequeños objetos cuando pensaba que nadie miraba. Que Natasha había dejado a un marido violento y buscaba en Dimitri algo que él nunca podría ser. Que Olga tenía deudas de juego y veía en Dimitri una solución temporal a problemas permanentes.

Observaba cómo interactuaban con él.

Cómo modulaban sus voces para ser más suaves, más complacientes. Cómo sus cuerpos se inclinaban hacia él en busca de aprobación.

Reconocía esos patrones porque ella los había ejecutado mil veces. Esa danza de supervivencia que las mujeres aprenden cuando el poder está desigualmente distribuido.

Era humillante.

Ver a esas mujeres sentarse donde ella dormía, reír donde ella lloraba, besar al hombre que la golpeaba cuando ellas no estaban.

Pero también era educativo.

Cada visita era una clase magistral en manipulación, en lectura de personas, en supervivencia social.

Valerie aprendió que las personas revelaban más verdades cuando pensaban que nadie importante las escuchaba.

Dimitri hablaba de sus negocios turbios frente a esas mujeres con una despreocupación que nunca mostraba cuando estaban solos. Mencionaba nombres, lugares, detalles sobre transacciones que Valerie memorizaba con la misma diligencia con la que había memorizado las palabras del libro quemado.

Marina fue diferente.

Llegó una tarde de noviembre, cuando el séptimo año estaba por terminar y el invierno empezaba a morder con dientes afilados.

Era más joven que las otras, tal vez veinte años. Tenía ojos oscuros que se movían por el departamento con una curiosidad genuina que las demás no habían mostrado.

Valerie le sirvió té, porque Dimitri había salido a comprar vodka y Marina había llegado temprano.

Por primera vez en siete años, se quedó a solas con una de las amantes de su captor.

El silencio se extendió entre ellas, denso e incómodo.

Marina sorbía su té con pequeños ruidos que llenaban el vacío. Sus ojos no dejaban de estudiar a Valerie con una intensidad que la ponía nerviosa.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó finalmente Marina.

Su voz era suave pero cargada de algo que Valerie no podía identificar del todo.

—Tiempo.

—¿Eres su hermana? ¿Su prima?

—Algo así.

Marina dejó la taza en la mesa. El líquido oscuro salpicó ligeramente el borde astillado.

Se inclinó hacia adelante, su expresión transformándose en algo más serio, más urgente.

—Puedo ver las marcas.

Susurró, señalando apenas con un movimiento de barbilla hacia el cuello de Valerie, donde un moretón viejo se desvanecía en tonos amarillentos.

—Los moretones viejos. La forma en que caminas, como si te doliera. La forma en que desapareces cuando él está cerca.

El corazón de Valerie se aceleró.

El pánico trepó por su garganta como una enredadera venenosa. Nadie había dicho nada en siete años. Nadie había notado. Nadie había preguntado.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

La voz de Marina tenía ese tono de alguien que había visto cosas similares antes. Que reconocía los patrones porque tal vez los había vivido.

—¿Por qué sigues aquí?

La pregunta flotó en el aire frío del departamento como humo de incienso. Visible y etérea al mismo tiempo.

Valerie abrió la boca para responder, pero las palabras se atascaron en su garganta, negándose a salir.

¿Por qué seguía ahí?

Porque la puerta estaba cerrada con llave. Porque no tenía dinero. Porque no sabía dónde estaba exactamente, en qué ciudad, en qué país donde no hablaba el idioma más allá de frases básicas.

Porque después de siete años, parte de ella se había olvidado de que había un afuera. De que existía un mundo más allá de esas paredes que la encerraban.

Porque no sabía a dónde ir.

Pero no pudo decir eso en voz alta. No pudo admitir esa derrota absoluta frente a una extraña que probablemente desaparecería de su vida en cuestión de semanas como todas las demás.

—Es complicado —murmuró finalmente.

Bajó la mirada hacia sus manos agrietadas, hacia las uñas rotas de tanto limpiar, hacia la piel que nunca veía el sol.

Marina la estudió un momento más. Sus ojos oscuros llenos de algo que podría haber sido compasión o tal vez solo curiosidad mórbida.

Abrió la boca como si fuera a decir algo más, pero en ese momento la puerta se abrió.

Dimitri entró con una ráfaga de aire frío y el tintineo de botellas en una bolsa de plástico.

Su mirada se clavó en ambas inmediatamente. Sus ojos entrecerrados, evaluando la escena con la suspicacia de quien está acostumbrado a buscar traiciones.

—¿De qué hablaban?

—De nada.

Marina respondió, su tono transformándose instantáneamente en ese registro coqueto y superficial que todas las demás usaban.

—Solo del clima. Hace mucho frío afuera.

Dimitri las miró a ambas un segundo más antes de aceptar la mentira con un gruñido. Dejó las botellas sobre la mesa con un golpe que hizo saltar el té de la taza de Marina.

—Valerie, vete al baño. Marina y yo tenemos que hablar.

Valerie obedeció sin decir palabra.

Caminó hacia el pequeño baño y cerró la puerta detrás de ella. Pero no antes de captar la última mirada que Marina le dirigió.

Era una mirada llena de preguntas que nunca serían respondidas.

Esa noche, después de que Marina se fuera y Dimitri colapsara en su borrachera habitual, Valerie se sentó en el borde de la cama.

Pensó en la pregunta que nadie le había hecho en siete años.

¿Por qué sigues aquí?

Y la respuesta que no había podido dar en voz alta resonaba en su cabeza con una claridad brutal que dolía más que cualquier golpe.

Porque no sé a dónde ir.

Pero esa respuesta, admitirla incluso en el silencio de su propia mente, era inaceptable.

Porque si no sabía a dónde ir, significaba que había aceptado este lugar como su destino. Significaba que había dejado de buscar la salida. Significaba que Dimitri había ganado.

Y algo en el fondo de su alma rota susurró una verdad diferente.

Algo pequeño pero obstinado que se negaba a morir.

Todavía no sabes a dónde ir. Pero lo averiguarás.

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