El negocio de las hijas

El primer mes fue un descenso al infierno.

Valerie aprendió rápidamente que el silencio era su única armadura. Hablar provocaba la ira de Dimitri. Preguntar provocaba algo peor. Así que se volvió invisible, una sombra que se movía por el departamento sin hacer ruido, sin hacer preguntas, sin existir más de lo estrictamente necesario.

La rutina era siempre la misma. Dimitri salía temprano cada mañana, cuando el sol apenas empezaba a filtrarse por las ventanas sucias, y no regresaba hasta la noche. A veces llegaba con comida: pan duro, queso rancio, alguna lata de conservas que Valerie debía convertir en cena. Otras veces llegaba solo con el olor a alcohol en el aliento y la violencia latiendo en sus puños cerrados.

Valerie aprendió a leer sus estados de ánimo por el sonido de sus pasos en las escaleras. Pasos rápidos significaban que estaba sobrio, de buen humor, y solo le exigiría que cocinara algo con lo poco que hubiera. Pasos lentos, arrastrándose, significaban peligro. En esas noches, Valerie se encogía en la esquina más alejada de la cama, fingiendo dormir, rezando porque él simplemente colapsara antes de llegar a ella.

No había forma de escapar. La puerta siempre estaba cerrada con llave, una cerradura gruesa de hierro que Valerie había examinado cientos de veces buscando debilidades. Dimitri se llevaba todas las llaves consigo, y las ventanas eran demasiado altas, demasiado pequeñas, con barrotes oxidados que parecían garras aferrándose al marco. Valerie había considerado saltar una noche, durante la primera semana, cuando el dolor era tan intenso que la muerte parecía un alivio. Pero algo la detuvo. Algo que todavía no podía nombrar, una fuerza instintiva que le decía que su historia no terminaría así.

En las noches, Dimitri hablaba por teléfono. Pensaba que ella dormía, pero Valerie había perfeccionado el arte de fingir sueño mientras sus oídos registraban cada palabra, cada fragmento de conversación que atravesaba la oscuridad del departamento.

—El pedido está listo para marzo —decía Dimitri, paseándose por la habitación con el teléfono pegado a la oreja, su sombra proyectándose contra la pared como un monstruo deforme—. Sí, una niña. Sana. Rubia si es posible, pero cualquiera sirve.

Valerie mantenía los ojos cerrados, la respiración regular, mientras su mente luchaba por procesar lo que escuchaba. Las palabras se enredaban en su cerebro como serpientes venenosas.

—La clientela es exigente este año. Quieren garantías. Diles que mis productos son de primera calidad.

Productos. La palabra se clavó en su cerebro como un clavo oxidado. ¿Productos? ¿De qué hablaba? El corazón de Valerie empezó a latir más rápido, pero se obligó a mantener la respiración estable. No podía delatarse.

—La entrega se hace en la frontera, como siempre. El dinero por adelantado, sin excepciones. Ya sabes cómo funcionan estas cosas.

Los fragmentos empezaron a formar una imagen. Una imagen tan monstruosa que Valerie tuvo que morderse el interior de la mejilla para no gritar. El sabor metálico de la sangre inundó su boca. Niñas. Pedidos. Entregas. Clientela.

Dimitri no la había comprado para ser su esposa. La había comprado para que le diera hijas. Hijas que él vendería como mercancía.

El horror de esa revelación fue tan absoluto que Valerie perdió la capacidad de respirar durante varios segundos. El aire se negaba a entrar en sus pulmones, su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que Dimitri podría escucharlo, que se daría cuenta de que ella lo sabía todo, que la castigaría por haber descubierto su secreto.

Pero él siguió hablando, ajeno a su descubrimiento, ajeno a cualquier cosa que no fuera el negocio.

—Paciencia —dijo Dimitri, su voz cargada de una confianza repugnante—. Tengo una inversión aquí que va a dar frutos pronto. Muy pronto.

Colgó el teléfono y se acercó a la cama. Sus pasos resonaron en el suelo de madera podrida, cada uno como un golpe de tambor que anunciaba algo terrible. Valerie mantuvo los ojos cerrados, el cuerpo inmóvil, rogando a cualquier dios que quisiera escucharla que él no notara el temblor en sus manos bajo la manta raída.

—Sé que estás despierta —dijo Dimitri, sentándose en el borde de la cama. El colchón se hundió bajo su peso—. Puedo verlo en tu respiración.

El corazón de Valerie se detuvo. Un segundo. Dos. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.

—No importa —continuó él, y su voz tenía ese tono condescendiente que ella había aprendido a odiar—. Pronto entenderás cómo funcionan las cosas aquí. Pronto dejarás de resistirte.

Le acarició el cabello con dedos ásperos, enredándose en los mechones, tirando apenas lo suficiente para que doliera. Un gesto que pretendía ser tierno pero que solo transmitía posesión, control, advertencia silenciosa.

—Eres joven —murmuró cerca de su oído, y su aliento olía a tabaco y a vodka—. Fértil. Perfecta para lo que necesito. Dame hijas, Valerie. Muchas hijas. Y quizás te deje vivir en paz.

Esa noche, Valerie no durmió. Se quedó inmóvil en la oscuridad, con los ojos abiertos, mirando el techo +mientras las palabras de Dimitri resonaban en su cabeza como campanas de funeral que no dejaban de sonar.

Dame hijas. Muchas hijas.

La imagen de lo que esas palabras significaban era demasiado horrible para contemplarla directamente. Niñas arrancadas de sus brazos apenas nacieran. Vendidas a desconocidos para propósitos que Valerie no quería imaginar. Y ella, convertida en una fábrica, en ganado reproductor, en menos que humana.

Pero en algún lugar de su mente rota, una pequeña llama empezó a arder. No era esperanza exactamente. Era algo más oscuro, más persistente, más peligroso. Era la negativa absoluta a convertirse en lo que él quería que fuera.

No sabía cómo, no sabía cuándo, pero Valerie tomó una decisión esa noche. Una decisión que la definiría por los próximos doce años.

Sobreviviría. Aprendería. Y algún día, cuando tuviera la oportunidad, huiría.

Las semanas siguientes fueron una rutina de supervivencia calculada. Valerie aprendió a cocinar con los ingredientes más básicos, convirtiendo pan duro en sopas, estirando las latas de conservas para que duraran días. Aprendió a limpiar el departamento hasta que reluciera, porque un piso sucio provocaba la ira de Dimitri. Aprendió a anticipar los deseos de él antes de que los expresara, a tener el agua caliente lista cuando llegaba, a desaparecer cuando necesitaba estar solo.

Cada acto de obediencia era una máscara, un escudo que le compraba tiempo, que le permitía observar, aprender, planificar. Dimitri empezaba a confiar en ella, a bajar la guardia, a verla como lo que él creía que era: una posesión domesticada.

Dimitri seguía haciendo llamadas. Seguía hablando de pedidos y entregas. Y cada fragmento de información que Valerie lograba captar se convertía en una pieza más del rompecabezas que estaba armando en su mente.

Había una red. Una organización con tentáculos que se extendían más allá de las fronteras. Hombres que compraban niñas en un lugar y las vendían en otro, como si fueran ganado, como si fueran objetos sin alma. Dimitri no era el jefe, solo un intermediario, un proveedor de mercancía humana. Y ella era su granja.

—¿Por qué no me embarazo? —preguntó una noche, sabiendo que la pregunta era peligrosa pero necesitando entender, necesitando saber cuánto tiempo tenía.

Dimitri la miró con ojos entrecerrados, estudiándola como quien estudia un problema matemático.

—¿Eso te preocupa?

—Me preocupa no cumplir con lo que esperas de mí.

La mentira salió de sus labios con una fluidez que la sorprendió a ella misma. En apenas un mes, había aprendido a mentir con la misma naturalidad con la que respiraba. A decir lo que él quería escuchar. A esconder la verdad detrás de una máscara perfecta de sumisión.

Dimitri sonrió. Una sonrisa fría, calculadora, que no llegaba a sus ojos.

—Paciencia —dijo—. Eres joven. Tiene que pasar eventualmente. Estas cosas llevan tiempo.

Eventualmente. La palabra flotó en el aire como una sentencia de muerte aplazada.

Valerie asintió, bajando la mirada, ocultando el alivio que amenazaba con delatarla. Cada mes sin embarazo era un mes de libertad. Cada ciclo menstrual era una pequeña victoria, una prórroga en su condena.

Pero sabía que eso no duraría para siempre. El cuerpo tenía sus propios ritmos, sus propias traiciones. Y Dimitri no era un hombre paciente.

Esa noche, mientras Dimitri dormía con el ronquido pesado del alcohol, Valerie se acercó a la ventana diminuta del baño. El cristal estaba empañado por el frío, y tuvo que limpiarlo con la manga del camisón para poder ver afuera.

La ciudad dormía bajo una capa de nieve sucia. Las luces de los edificios cercanos parpadeaban como estrellas moribundas, y en algún lugar, muy lejos, un perro aullaba a la luna. Era una escena desoladora, pero para Valerie representaba algo más: el mundo exterior. La libertad que algún día alcanzaría.

En algún lugar allá afuera había mujeres que caminaban solas por las calles sin miedo. Mujeres que tomaban sus propias decisiones, que elegían sus propios caminos, que no pertenecían a nadie. Un mundo donde las niñas no eran mercancía, donde las mujeres no eran granjas, donde la vida tenía valor más allá de su utilidad reproductiva.

Y Valerie juró, en silencio, que algún día llegaría a ese mundo.

Pero mientras tanto, necesitaba sobrevivir. Necesitaba aprender todo lo que pudiera. Necesitaba volverse tan invisible, tan inofensiva, tan completamente domesticada en apariencia, que Dimitri olvidara vigilarla.

Regresó a la cama sin hacer ruido, cada paso calculado para evitar las tablas que crujían. Se acostó de espaldas a él, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando su respiración pesada.

Y entonces escuchó algo que heló su sangre hasta los huesos.

La voz de Dimitri, susurrando entre sueños, sus labios moviéndose con la verdad que su mente consciente ocultaba.

—Una niña sana vale más que el oro.

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