Mundo ficciónIniciar sesiónLa oficina del abogado olía a papel viejo y café recalentado.
Valerie entró detrás de Julián, sosteniendo a Daniel contra su pecho. Los otros dos trillizos se habían quedado con una vecina.
El abogado era un hombre de sesenta años con corbata desteñida y gafas que no dejaban de resbalar por su nariz. Llevaba cuarenta años haciendo testamentos en este pueblo. Había visto de todo.
O eso creía.







