El doctor vivía en un sótano al otro lado de la ciudad, en un edificio que parecía a punto de colapsar sobre sí mismo.
Dimitri la arrastró por calles que Valerie no reconocía. Once años encerrada la habían vuelto una extranjera en la ciudad donde era prisionera.
Las luces, los sonidos, la gente, todo la abrumaba.
Caminaba con la cabeza baja, siguiendo los pasos de Dimitri. Su mano cerrada como un grillete alrededor de su brazo.
Bajaron escaleras húmedas que olían a moho y a algo peor. A desinfectante barato mezclado con desesperación.
El doctor los esperaba en una habitación que pretendía ser una clínica pero que solo era un sótano con una camilla oxidada y un equipo médico que parecía sacado de una película de terror de los años setenta.
Era un hombre de unos sesenta años.
Calvo, con lentes gruesos que magnificaban sus ojos hasta volverlos grotescos. Vestía una bata blanca manchada de amarillo por el tiempo.
Sus manos temblaban ligeramente cuando estrechó la mano de Dimitri.
—Ella —d